Carlos Santamaría y su obra escrita

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El Occidente es tardígrado

 

El Diario Vasco, 1958-02-02

 

      En su último discurso en Minsk, el señor Kruschev ha dicho lo siguiente: «Hay quienes llegan a proponer que los pueblos de los países socialistas sean consultados acerca de la forma política que prefieren. Yo tengo que decir a esos señores que han olvidado las lecciones de la Historia».

      En esta apelación al magisterio de la Historia, Kruschev se manifiesta como marxista consecuente. No debemos olvidar que para el marxismo la Historia tiene un sentido inmanente, es decir, que su significación no hay que buscarla en un extramundo exterior o trascendente a su propio marco, sino en el ahora y en el aquí del tiempo y del espacio.

      En la terminología marxista las calificaciones de «progresista» y de «reaccionario» hacen referencia a un proceso profundo, casi diríamos metafísico: la evolución del enorme ser que llamamos Humanidad, vanguardia del cosmos.

      El tránsito de la democracia de sufragio universal a la dictadura del proletariado constituye, pues, para el marxista, un progreso irreversible y no un episodio del que quepa salir en cualquier momento. Contar con la posibilidad de que en los pueblos del este europeo vuelvan a implantarse regímenes de libre expresión sería un contrasentido tan grande como el de renunciar a la luz eléctrica y volver a alumbrarse con candelas y quinqués.

      «¿Quién piensa hoy en consultar a los pueblos sobre la forma política que prefieren cuando una voluntad firme y una idea clara les conducen en el sentido del progreso histórico?», diría un marxista convencido.

      La idea expuesta por Kruschev se aproxima demasiado a las de ciertos totalitaristas occidentales para que sus palabras no nos hayan saltado a la vista. También ellos ofrecían a los pueblos la libertad, pero colectivizándola, es decir, considerándola como libertad no de los individuos, sino de las colectividades. Pero, ¿de qué me sirve a mi pertenecer a un pueblo libre y grande si dentro de él no me alcanza nada de grandeza ni de libertad personales y se me impone una existencia extraña a mí mismo?

      El marxismo no sólo colectiviza la industria, los transportes y la Banca. Esto, para mí, no tendría demasiada importancia; lo más grave y lo más importante de todo es que pretende colectivizar el alma humana, y en esto se parece al totalitarismo como un piñón a otro piñón.

      De esa manera el comunismo logra una unidad de acción, una potencia técnica y una capacidad de maniobra política muy superiores a las de los regímenes que tratan de realizar la unidad moral de los pueblos, es decir, la unidad de conjuntos de hombres y de comunidades libres. Unidad, potencialidad técnica, seguridad de maniobra, del bloque marxista, llegan a impresionar a bastantes observadores que echan en cara a las democracias su lentitud de acción y su debilidad. Y, en efecto, las democracias son tardígradas. Las hemos visto muchas veces maniobrar con lentitud y al parecer torpemente; pero las hemos visto también llegar a aplastar a sus poderosos enemigos totalitarios.

      El aparato de los regímenes comunistas prescinde de la libertad personal considerándola como un signo de reminiscencia burguesa reaccionaria. Moviliza a los hombres, los obliga a poner en juego toda su actividad mediante una fuerte sacudida psicológica y, un rígido encuadramiento; pero al mismo tiempo se priva de aquel poderoso fermento. A la larga esta desvitaminización tiene que producir fenómenos de envejecimiento a los que el mundo podrá asistir en un plazo no muy lejano.

      Entre tanto, los pueblos que hayan confiado en la fuerza creadora de la libertad personal, continuarán ciertamente moviéndose de un modo aparentemente torpe e inseguro, pero en el fondo mucho más humano, más seguro y más realista.

      Un ejemplo: la unidad europea. Hitler la hubiera hecho de un plumazo. Rusia la haría también en el momento en que su dominio se extendiese a todo el continente. Pero para los occidentales semejante unidad ha de ser eminentemente dialogante y debe realizarse con un gran respeto de todas las comunidades humanas, grandes y pequeñas, que se integran en la vieja cultura europea. El Mercado Común no es sino el comienzo de esa gran empresa que resultará larga y lenta para muchos, pero que en último extremo será fruto de la voluntad real de los propios europeos.

 

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