Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Horror a lo desconocido

 

El Diario Vasco, 1958-03-09

 

      En una conferencia recientemente pronunciada en la Universidad de Goetingen, el científico alemán, de fama universal, Werner Heisenberg, ha declarado haber puesto a punto una ecuación a partir de la cual pueden ser explicadas todas las leyes físicas y la estructura misma de la materia.

      «Leibnitz —ha dicho el profesor Heisenberg— creía que este mundo era el mejor de los mundos. Yo no comparto esta creencia, pero sí estimo que es el más simple que pueda haber existido».

      La pretensión de reducir lo múltiple a lo uno, lo complejo a lo simple, es una exigencia perenne de la inteligencia humana.

      No es la primera vez que el hombre cree haber llegado a poseer la clave del universo físico. Hubo un tiempo en que se pensó que la ley de Newton, la ley de la gravitación universal, era capaz de explicarlo todo. Los átomos moviéndose, como los planetas sobre sus órbitas, a impulsos de la fuerza de atracción de las masas, debían dar cuenta de los fenómenos físicos conocidos. Pero como esta explicación resultaba insuficiente y, en muchos casos, irrealizable, hubo que echar mano de otra: la hipótesis ondulatoria. Entre ambas teorías, la corpuscular y la ondulatoria, se han debatido los físicos hasta ahora, apelando a la una o a la otra, según resultasen más adecuadas a los distintos fenómenos con lo que había que enfrentarse. El principio de contradicción se lo saltaban a la torera, mediante otro famoso principio llamado de complementariedad.

      Ahora bien, todo esto condujo a la Física a una crisis que —digámoslo entre paréntesis— no dejó de causar cierta secreta satisfacción a los detractores del «mundo moderno» —los que estiman que la cultura contemporánea «nacida de la rebelión y del libre examen» tiene que terminar en catástrofe—. «Para que vean ustedes el lío en que se han metido». Los científicos no tienen, sin embargo, el menor propósito de retornar a las «claridades aristotélicas», extremadamente pobres frente a la complejidad del Universo 1958.

      ¿La ecuación de Heisenberg, ya perfilada por Einstein poco antes de su muerte, dará fin a la crisis? ¿La antinomia entre corpúsculos y ondas habrá sido definitivamente superada? Es demasiado pronto aún para juzgarlo.

      Al hombre de la calle estas cuestiones le tienen, como es natural, completamente sin cuidado.

      Más apasionante es el propósito de los científicos rusos —anunciado por un periodista francés recién llegado de Moscú— de ensayar un experimento en que se daría origen a seres vivos a partir de la materia muerta, mediante la acción de los rayos cósmicos.

      No parece que este propósito, de evidente valor propagandístico, sea inmediatamente realizable, al menos por el procedimiento, un poco ingenuo, que el periodista en cuestión ha descrito. Pero nada impide que tenga realidad en un futuro más o menos próximo.

      Hay personas que ante estas noticias se horrorizarán y hasta sentirán tambalearse sus más íntimas convicciones.

      No hay ningún motivo para ello. Nada hay en el dogma o en la creencia religiosa que permita afirmar o negar semejante posibilidad.

      A este respecto, las actitudes recelosas o condenatorias, fruto en su mayor parte de la pereza y de la ignorancia, no pueden conducirnos a nada bueno. La sensación de catástrofe que debieron experimentar muchos honrados ciudadanos del mundo renacentista al tener noticia de que un tal Galileo afirmaba que la Tierra no estaba fija en el centro del universo, sino que se movía como una pelota en el espacio, estaría hoy también completamente fuera de lugar.

 

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