Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Prisa

 

El Diario Vasco, 1958-05-04

 

«Todo placer requiere eternidad». (NIETZSCHE).

 

      Sesenta años dura la vida del hombre; ochenta, ciento a lo sumo. Pero no es la brevedad del tiempo lo que al hombre le oprime, sino la prisa.

      Quisiera uno vivir despacio, mas hay un ritmo inexorable dentro de uno mismo. Es una tarantela; una disparatada, agotadora danza, la vida.

      Quisiera uno ser hombre de una sola idea, de un solo libro, de un solo amor. La vida nos obliga a ser hombres de mil ideas, de mil libros, de mil amores.

      Y al fin no somos nada. Nada, no somos. El mundo está lleno de hombres sin idea, ni libro, ni amor. Uno se dice: «¡Si al menos pudieran tener un perro!».

      El tiempo si que no tiene prisa. Ese, ni se apresura ni se retrasa. Ni se obsesiona, ni se entretiene.

      Tampoco la Naturaleza tiene prisa. El pez en el huevo, la crisálida en su envoltura, el mamífero en el claustro materno... su tiempo estarán.

      Es el hombre —este demonio de hombre— quien ha traído la prisa al mundo.

      Con el pecado vino la prisa, y es uno de los más grandes males que la culpa lleva consigo.

      Para pecar se tiene prisa. Nunca se peca en paz. Nunca se peca tranquilo.

      En la contemplación, en cambio, el hombre se detiene; suprimida la prisa, el tiempo se vuelve eternidad.

      «Confundimos la celeridad con la prisa», decía aquel hombre prosopopéyico y grandioso que fue Eugenio d'Ors.

      (Trescientos mil kilómetros por segundo parece que recorre la luz. Es la velocidad absoluta, el techo de la velocidad, según Einstein. La luz, empero, nunca tiene prisa. La prisa es sólo una dimensión humana de la celeridad).

      Y uno se pregunta: ¿Pero de dónde sale esta condenada prisa? ¿De dónde sale y qué significa este aguijón que aguija al alma humana?

      La prisa existencial reclama una explicación metafísica. Más allá de todo lo que es y pudo no haber sido. Más allá de todo lo que existe y pudo no haber existido.

      Partiendo del fenómeno de la prisa acaso se puedan descubrir muchas cosas importantes.

      Y el alma se pone a explicarse y a explicar. Y vuelve a la rueda de la prisa. Y otra vez se enreda en ella. Porque es fatigoso querer explicárselo todo.

      «Ho bios brakhus, hé de tekhné makra». «El arte es largo, la vida breve», dice el primer aforismo de Hipócrates.

      Y este «ars longa, vita brevis» parece que nos acosa y es la forma imperativa de nuestro vivir-de-prisa.

      Ars longa vita brevis. Ars longa vita brevis. Ars longa vita brevis... Muletilla de un viejo tren que zarandea mucho a los viajeros, y que apenas camina.

      «Tren: no me dejas dormir. Contigo no sabe uno qué postura tomar. ¿Acaso tus ruedas se han clavado en mis espaldas?».

 

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