Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Un mundo sin poesía

 

El Diario Vasco, 1958-10-05

 

      «En caso de bombardeo atómico de los Estados Unidos, habrá que contar con unos treinta millones de bajas», ha dicho un experto americano con encantadora y realística simplicidad.

      De esta brutal noticia nos consuela otra, según la cual los hospitales americanos dispondrán, en tal caso, de un sistema automático de control y de distribución de heridos, del cual formarán parte máquinas capaces de manejar billones de fichas y de escribir cinco mil líneas por minuto. Es de suponer —aunque no nos dice— que el servicio de enterramientos no se vea tampoco privado, por su parte, de tan potentes medios de organización.

      Si la civilización técnica presenta, pues, algunos inconvenientes, no deja de ofrecer determinadas ventajas, como, por ejemplo, esta de ser hospitalizado o enterrado, según convenga, por procedimientos de elevada automación.

      A pesar de ello, el panorama no resulta demasiado atrayente. No tiene nada de extraño que un americano de cada tres haga regularmente consumo de «tranquilizantes», sedantes; «neurolépticos» y «píldoras de la felicidad», para deshacerse de sus preocupaciones, temores y alucinaciones diversas.

      El hecho no es, desde luego, exclusivo de América; el número de ansiosos, deprimidos, alucinados, aburridos y angustiados de todas clases es enorme en cualquiera de las grandes y progresivas ciudades del mundo civilizado.

      Sin embargo, el problema de la desesperación no parece que pueda ser resuelto a base de elixires farmacopéticos.

      La desesperación, si es algo, es sin duda algo que va más allá, que intencionalmente sale fuera del dominio estrictamente biológico, algo que no es cuestión de píldoras ni de química fisiológica.

      El filósofo francés Raymond Ruyer ve la causa de todos los males en la insuficiente «alimentación psíquica» que padece el hombre de hoy. «Los bostezos del tedio anuncian la necesidad de alimento psíquico del mismo modo que los bostezos del hambre proclaman la necesidad de alimento orgánico».

      En qué pueda consistir para M. Ruyer ese «alimento psíquico» es lo que no está, sin embargo, muy claro en la expresión —incompleta— que de su pensamiento me ha llegado.

      Quizás lo que hay que echarle al mundo técnico sea un poco de poesía. Como dice el escritor inglés C.M. Bowra, «se podría perfectamente concebir un mundo sin poesía, pero no valdría la pena de vivir en él».

      He aquí la cosa más terrible que a mi entender cabe decir de nuestro mundo: «un mundo sin poesía».

      La cual calificación no está tampoco muy lejos de esta otra: «un mundo sin religión». Porque la religión es, en verdad, el dominio «en que más admirablemente se encuentran y conciertan poesía y realidad».

 

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