Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Los inocentes

 

El Diario Vasco, 1958-12-28

 

      Aún quedan inocentes en el mundo. La ciencia no ha podido acabar con ellos.

      Sigue habiendo, según parece, unos pocos, o quizás muchos —¿quién sabe?—, quizás muchos más de los que creemos; pero su misma pequeñez, su misma insignificancia les hace invisibles y hay que aguzar mucho la vista para descubrir alguno que otro.

      La verdad es que no hace falta contar con ellos para nada y es como si no existieran.

      ¿Para qué sirve un inocente? Decidme. ¿Para qué sirve? Para nada.

      Ni tiene influencia en la política, ni amistades en el mundo de los negocios, ni es estrella de nada, ni puede hacer carrera en ninguna parte.

      ¡Si al menos fuera un criminal o un estafador importante, puede que le viéramos retratado! Pero ni eso siquiera.

      Así, resulta que es como si no existieran estos pobres inocentes. Como si no existieran.

      Sin duda Dios se ocupa un poco de ellos. ¿No se ocupa también de los pájaros y de las flores y hasta de los pececillos más pequeños que se cuentan por billones en los océanos? Seguro que Dios se ocupa también de los inocentes a ratos. Pero sólo a ratos, porque tiene mucho que hacer con la gente de peso y con los personajes que verdaderamente hacen y deshacen las cosas sonadas en este mundo. ¡Si hasta para los asuntos de su Iglesia les necesita a éstos! Al atardecer debe complacerse en las almas de los inocentes, para descansar un poco de su inmensa faena, lo mismo que los padres juegan con los niños cuando vuelven a casa.

      Pero que vaya a encargarles de algo importante, eso no hay ni qué pensarlo.

      Pobrecillos inocentes, que aún creen en la fidelidad, en la generosidad, en el amor desinteresado... Pobrecillos inocentes que aún confían en la justicia, en la mansedumbre, en la humildad...

      Pero, ¿no estarán locos? ¿No estarán locos de remate? Porque resulta que creen en la pobreza. Figuraos que creen más en la pobreza que en la riqueza y que son partidarios de sufrir la injusticia antes que hacérsela a los demás. figuraos que creen que los pacíficos podrán vencer a los guerreros y los «no-violentos» a los fabricantes de cañones atómicos y los humildes a los soberbios.

      Esto se llama estar locos de veras. Si al menos aprendieran a andar un poco por este mundo, pero, de esta manera, ¿a dónde va usted con un inocente?

      Por otra parte, quién sabe si no son tan inocentes como parecen. Estos también irán a lo suyo, como todos.

      Y lo primero que hacen es fastidiarnos. fastidiarnos con su inocencia, con su insignificancia y su pequeñez.

      En el fondo ¿no nos estarán acusando? Así como quien no quiere la cosa.

      Habría que acabar con ellos. Eso: acabar con los inocentes, «desinocentar» al mundo, que viene a ser algo así como despiojarlo.

      Que acepten el juego limpio, o mejor dicho, el juego sucio, el que hacemos todos los demás, y que se dejen de inocentadas.

      Después de todo, aquel Herodes no era ningún tonto, sabía bien lo que se hacía.

 

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