Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El misterio

 

El Diario Vasco, 1959-10-04

 

      La clásica Semana del Centro católico de los intelectuales franceses, en París, ha elegido este año como tema «El misterio». Buen tema, dirán los espirituales. Tema para escaparse, afirmarán los positivistas.

      En ella tomarán parte los habituales de estas sesiones de grandes conferencias, entre otros Jean Guitton, el P. Dubarle, François Mauriac, Gabriel Marcel, el P. Chenu y Jean Lacroix, nombres todos ellos de primera fila y bien conocidos entre nosotros. Pese a todas sus dificultades, la acción del catolicismo francés en el campo intelectual que comienza con Lacordaire, no ha perdido todavía vigor.

      El público del Quartier Latin —un público particularmente sensible a toda novedad, único, quizás, en el mundo por su particular vibración y sensibilidad para esta clase de temas— no debe quedar defraudado.

      Ahora bien, la primera impresión que la cuestión del Misterio ha de causar en ese público y contra la que los conferenciantes tendrán que luchar desde el primer momento es, a mi juicio, la de que se trata de un tema «escapista». «Para no tener que afrontar los problemas reales graves y acuciantes que el catolicismo francés tiene en estos momentos planteados, estos señores se nos ponen ahora a hablar del Misterio. Buen recurso para evitar la cuestión de Argelia o la de los sacerdotes obreros». En estos términos u otros parecidos se expresarán muchos estudiantes en los cafés del Boul, Saint Mich y del Saint Germain.

      No es ese sin embargo el espíritu que anima a la Semana en cuestión. Cuando se habla del Misterio como es debido, se plantea la necesidad de hablar de todo lo humano y lo divino. El misterio será tratado en esa semana como la cosa más real, urgente e interesante que pueda existir para el hombre de hoy. No al margen de nuestras realidades políticas, culturales, económicas y sociales, como se acostumbraba a hacerlo muy a menudo, sino como algo latente dentro de todas ellas, algo que se halla en la raíz misma de todos nuestros problemas más angustiosos. No como un mundo separado del nuestro, sino como la esencia misma de nuestro mundo.

      La exigencia crítica y el análisis serán llevados hasta su último extremo porque hay un verdadero y un falso concepto del misterio que hay que separar cuidadosamente.

      Por misterioso se puede comprender lo maravilloso, lo fantástico, lo inefable, lo poético y también lo desconocido que escapa a nuestras investigaciones, lo que resiste a nuestra acción, lo que se enfrente con nuestra existencia.

      ¿Qué lugar ocupa en relación con todas estas cosas el misterio propiamente dicho, el misterio religiosos, para unos fuente de luz y de vida, para otros piedra de escándalo y motivo de desesperación?

      Lo que resulta intolerable es que se nos hable del misterio de una forma infantil. Hemos de hacernos como niños si queremos entrar en el reino de los cielos. Pero esto no nos autoriza a confundirlo todo, a mezclar la credulidad con la creencia, a transformar en cuentos de hadas aquello que debe ser el alimento de nuestra dura existencia.

      Esperemos que la Semana que se anuncia pueda salvar estos escollos y dar al tema toda la dignidad y la profundidad que le corresponde. No será fácil en la agitada atmósfera que hoy se respira en estos medios.

 

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