Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Tesis y Antítesis

 

Revista Gran Vía de Actualidades, Artes y Letras, 418 zk., 1960-04-16

 

      No sé hasta qué punto es legítimo adentrarse en la doble intimidad de un epistolario para espiar o sorprender estados secretos de conciencia.

      Parece, de todos modos, que ello puede tener fácil excusa si se hace con el respeto piadoso y peregrinal con que yo lo he intentado al asomarme a la correspondencia entre don Miguel de Unamuno y don Juan Maragall.

      Pese a la «epistolomanía» que padecía don Miguel, y que él mismo declara en diferentes ocasiones, asistimos en estas cartas a un diálogo sencillamente amistoso, casi fraterno, sin ficción ni fraude entre dos hombres sinceros. Por una parte, el catalán, ardorosamente enamorado del alma ibérica. Por otra, el vasco, arraigado en tierra castellana, aunque nunca tanto que llegara a olvidar su propia sangre.

      Maragall, el pacífico. Unamuno, el luchador. Dos almas encendidas en amores sublimes, que buscaron en la verdad poética —porque no cabe duda de que existe una verdad poética—, la suprema y, tal vez, única consolación de sus dolores.

      ¡Quién sabe lo que lleva un poeta dentro del alma ni lo que pretende expresar en sus rítmicas o arrítmicas estrofas!

      Cuando Maragall escribe «La vaca cega», que Unamuno vierte con mimo al castellano, ambos poetas acaso comulgan, sin saberlo, en el trasfondo de la obra —toda obra poética lo tiene, quiéralo o no su autor—, con la idea de que la vaca ciega no es otra cosa que el símbolo subconsciente o el mito representativo del pueblo ibérico.

      «De una pedrada, harto certera, n ojo le ha deshecho el boyero, y en el otro se le ha puesto una tela: es vaca ciega». «A la triste bestia la vemos ir a abrevarse, solitaria, topar de morros en la gastada pila, doblar la frente al agua y beber en calma». «Beu poc, sens gaire set». Y, tras haber levantado con un gran gesto trágico «l'embayada testa», la vemos volverse, sola siempre, blandiendo en languidez la larga cola».

      Sea de ello lo que quiera, yo me finjo aquella hipótesis, y releyendo una y otra vez «La vaca ciega» me acomete una pena terrible que apenas puedo dominar.

      Unamuno, el batallador, siente a menudo un cansancio y una acedía infinitos. La misma dicha familiar se le torna vacío de la vida y angustia metapsíquica. Se encuentra «solo, solo, solo». Cuando esto le ocurre, oprímele una terrible necesidad de volcar su corazón en alguien que le comprenda. Recuerda entonces a Maragall, su discreto, sereno y bondadoso amigo, y le escribe una carta que empieza, por ejemplo: «¿Por qué se interrumpió nuestra correspondencia?»; o bien: «¿Cuánto tiempo hace, querido amigo, que no nos comunicamos?».

      Luego le expresa, sin rebozo, sus más íntimas experiencias espirituales.

      «Siento cuanto me rodea como una esfinge infinita» —dícele a su confidente—. Y éste se apresura a consolarle, a curarle sus heridas, las heridas que le ha hecho la vida y las otras, más profundas, que él se hace a sí mismo en su permanente afán de hurgar en el misterio: «¡Oh, mi amigo, mi amigo! ¿Por qué está usted siempre tan triste y desespera tanto?».

      Emprende don Miguel mil aventuras, propinando, con aire desabrido a tirios y troyanos, las verdades del barquero. Arremeten con él y le dejan malparado el corazón, descalabrado por trastazos de aspa de gigante, pedrisco de galeote, paliza de yangüés o varapalo de vulgar mozo de mulas. El buen catalán hace entonces el oficio de samaritano, no sin recriminarle suavemente por su osadía: «No cree usted en los bárbaros que le rodean, ni en sus hermanos, ni en nosotros ya todos les dice las verdades; pero sólo las amargas, que son las únicas que siente».

      Maragall no está triste «porque espera». Alguna vez, incluso, siente tanta alegría y tanta paz ante una romántica puesta de sol —«nubes de encendido carmín en fondo de cielo claro y verdoso»— que no puede resistir la tentación de escribir a su amigo Unamuno para contarle lo que experimenta y decirle cómo se lo imagina en lejano horizonte «complaciéndose fuertemente en su desolación», «hurgando despiadadamente en su propia alma para encontrar a Dios en ella y no en otra parte alguna».

      Mas por mucho que admire y ame a su mediterráneo corresponsal, Unamuno no renuncia a su angustia. A cada uno lo suyo, lo que se le ha dado: «Amigo: Dios le conserve su serenidad y me conserve mi inquietud a mí».

      Don Miguel se entristece, se amohína, se abate, pero nunca se rinde del todo; jamás se entrega. «De esta tristeza y de este abatimiento sacaré fuerzas para luchar. Me he de hartar de llamar a este pueblo ramplón y ñoño».

      A Unamuno, hombre reconcentrado y centrado en sí mismo, como suele serlo muy a menudo el vasco —aunque también se da con cierta frecuencia el tipo bullicioso y superficial— no le agrada «la Barcelona bullanguera y jactanciosa». También Bilbao lo es «con jactancia de 'parvenue'; pero Unamuno no reconoce como propios estos caracteres. El prefiere la «acción lenta e íntima: y confía en hombres como Maragall, 'de vida interior y recogida', cuya labor «debe arraigar en el silencio». «¿Podrán ustedes, los espíritus serenos, encauzar eso?».

      «Nuestra furia barcelonesa —contesta Maragall— no se la puedo explicar ahora, ni nunca podría juzgarla, sino con mi corazón de catalán». Como Unamuno no es catalán, sino castellano de adopción, no podría entenderlo. Pero ambos pueden comprenderse como poetas, porque poesía es todo o casi todo lo que a los dos les brota, les nace o les renace, dentro. «¿Cómo, si no, pudimos habernos conocido y amado a través de todo lo que nos separa?».

      Y aún les queda otra vena común honda: el alma religiosa.

      La religión de Unamuno es angustiosa y atormentada por dudas y torturas de fe. Su creencia se diluye a veces en un vago y plácido ensueño; otras, se expresa en gritos y clamores de desesperación.

      La religión de Maragall es quieta, ingenua y simple como la de los niños. A veces también él experimenta el temor de que paz sea sólo «una tregua impuesta por el temor de lo desconocido». Pero se tranquiliza pronto, entrándose a rezar un padrenuestro por su lejano amigo en la catedral cuajada de tinieblas. En el baptisterio están bautizando a un niño.

      A Maragall le asustan las complicaciones teológico-místicas de don Miguel y su amor de Dios, tan rebuscado y difícil. «¡Por Dios, que no sea un amor tormentoso, nacido en aquella angustia metafísica, que dice usted con acuidad terrible!». Le apena el sentimiento que Unamuno tiene de Dios, «porque es un sentimiento depresivo, y, para quien no sea depresivo, será tal vez de una exaltación feroz».

      Acaso pensando en todo esto, cuando llega en la Nochebuena se acuerda de don Miguel más especialmente —«me gusta estar con usted en estas ocasiones»—. Pide al Niño que le dé a don Miguel una alegría eterna e inocente y se lo escribe a éste, recordándole la palabra evangélica: «En verdad os digo que el que no sepa hacerse niño como ellos no entrará en el reino de los cielos».

      Unamuno ya lo sabe. Lo sabe todo, porque se ha pasado la vida estudiando teología.

 

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