Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Muy exigente

 

El Diario Vasco, 1960-10-02

 

      El profesor R.C. Zachner, en un estudio muy interesante publicado en la colección «Esquema del conocimiento contemporáneo», de Alan Pryce-Jones, hace consistir el instinto religioso en cuatro necesidades fundamentales del hombre: fe, esperanza, aspiración a formar parte de un todo y necesidad de adoración.

      Quienquiera que se haya asomado al universo religioso, tan misterioso, tan profundamente humano, conoce la vitalidad secreta de estas cuatro raíces de la actitud religiosa.

      Claro está que aquella enumeración es discutible. Quizás no resulta completa ni rigurosa, pero, en todo caso, se aproxima bastante a la esencia de la religiosidad y puede sernos útil.

      Observemos con Zachner, en efecto, que ciertos grandes movimientos contemporáneos, aparentemente emplazados en el campo político-social, como el nazismo o el marxismo, no son extraños, en realidad, a dicha cuádruple exigencia de la naturaleza. No son fenómenos políticos, sino radicalmente religiosos, y en esto consiste su enorme fuerza y el «ímpetu avasallador» con que se manifiestan.

      No puede negarse, por ejemplo, que en el hitlerismo había un fervor místico, un ansia de comunión y de adoración, capaz de estimular al hombre a los más grandes sacrificios, a comenzar por el de su propia personalidad. Arrancando, como en el caso del marxismo, de una especie de fe inexorable, absoluta —aunque quizás más instintiva, menos reflexiva, que la de éste—, la personalidad tiende a diluirse en el seno de la colectividad. Como la abeja en la colmena, el individuo no conoce objetivo ni razón particular de existir. La parte es para el todo y debe ser sacrificada siempre que sea necesario. Su felicidad suprema consiste en esta suprema entrega: la destrucción del yo particular en aras del yo total.

      No debe creerse —dicho sea entre paréntesis— que el nazismo haya pasado definitivamente al pretérito. La Humanidad lo verá tal vez renacer un día con fuerza acumulada —no faltan síntomas de ello—, si no en Alemania, en Rusia, en China, en África o en América, porque es una reacción instintiva, y hasta cierto punto necesaria, frente a la privación de auténticas creencias.

      Del carácter «religioso» del marxismo se ha hablado también a menudo y es patente en muchos aspectos.

      A estos movimientos «proféticos» de gran envergadura, a estas «religiones» materialistas, que intentan transferir al mundo los caracteres de la divinidad, hay que interpretarlos, por muy paradójico que ellos parezca, en función de las constantes del alma religiosa a que hemos hecho mención al comienzo de este artículo.

      Sólo un cristianismo genuino, socialmente muy exigente, llevado hasta las últimas consecuencias en todos los dominios de la vida humana, un cristianismo «engagé», sin componendas, puede evitar a nuestra sociedad el peligro de verse aplastada por totalitarismos de uno u otro signo.

 

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