Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Objetivismo

 

El Diario Vasco, 1965-05-30

 

      El cardenal Bea, en una conferencia sobre el tema de la libertad religiosa, proclamaba recientemente «el derecho del hombre a ser él mismo, es decir, a escoger por sí, sin interferencia alguna, su propio destino, de acuerdo con los dictados de su conciencia».

      Una idea así concebida, formulada de esta manera, hubiera sido impensable hace cuatrocientos años. En cualquier caso, la afirmación de que el hombre tenga «derecho a ser él mismo» habría conducido a su autor al manicomio, antes incluso que a los calabozos de la Inquisición. Y es que cada tiempo tiene su signo y cada idea su hora dentro de la evolución, histórica de la Humanidad.

      Los primeros teólogos medievales habían insistido sobre los aspectos «objetivos» de la verdad. Esto no significa, naturalmente, que ignorasen que el acto de fe constituye un hecho personal y, por lo tanto, libre. pero es evidente que la participación de la voluntad activa del sujeto individual en el logro de la verdad y la misteriosa batalla de cada hombre con su problema religioso, les interesaban menos que la afirmación objetiva de la doctrina y sus manifestaciones externas.

      Al iniciarse el Renacimiento se abre paso una nueva concepción que inclina su atención al hombre individual, y esta concepción se desarrolla de un modo importante con la Reforma, hasta alcanzar en los tiempos modernos las formas más acentuadas del subjetivismo religioso y filosófico.

      Según estas formas extremas del subjetivismo, de las que Unamuno es para nosotros un buen ejemplo, la verdad deja de existir como una realidad objetiva: existe «mi» verdad, y «tu» verdad, pero no «la» verdad en sí. La idea religiosa más bien que «creída» es «creada» por cada hombre.

      Finalmente resulta que todo en la vida es un sueño y nosotros también un sueño de Dios, a quien nosotros, a nuestra vez, soñamos.

      La ruptura del sujeto con el mundo objetivo tiene amplísimas manifestaciones en muchos órdenes del saber y de la actividad humanos. El fenómeno subjetivista se manifiesta en todas las ramas del arte, en el pensamiento filosófico y teológico, y hasta en el campo de las concepciones políticas y sociales. Al hombre singular ya no le interesa «el» mundo, sino «su» mundo.

      Ahora bien, en nuestro tiempo, y como reacción a la crisis subjetiva de la verdad se produce con gran fuerza, en la derecha y en la izquierda, un fenómeno contrario, al que muy bien podríamos llamar «objetivismos» y que no es sino la pretensión de imponer la verdad objetiva o, si se quiere, una «verdad colectiva» más o menos extraña a la conciencia singular de cada hombre.

      El «objetivismo» se desentiende de los problemas interiores del sujeto. Lo importante es que la cosa colectiva marche, que la verdad sea públicamente afirmada. Lo importante es la «fe de los pueblos». Se parte, pues, del supuesto de que los individuos seguirán en este aspecto el camino que la sociedad les marque, y que una vez «salvadas» las estructuras, el resto irá como la seda. Según creo, el marxismo, o al menos cierta clase de marxismo, participa también de estos mismos principios objetivistas.

      «Aquella misma concepción —dice Aubert, refiriéndose a la fe de los «simples»— justificaba el método misionero de la Edad Media que no buscaba tanto persuadir a los individuos como conducir naciones enteras a aceptar el bautismo, de tal suerte que la asimilación se produjera «luego» en el interior de la Iglesia».

      Lo menos que puede decirse de todo esto es que tales métodos misioneros no son los adecuados a nuestra civilización, porque el hombre occidental exige un respeto absoluto en este terreno. Ante ciertas formas de salvación estructural y semiautomática que nos proponen, uno no puede menos de sentir una especie de escalofrío. Quien sabe lo que reserva el porvenir a la Humanidad en este orden de cosas.

      Este segundo frente del «objetivismo» es, hoy por hoy, más peligroso aún, si cabe, que el ya clásico del subjetivismo.

 

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