Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El papel de los intelectuales

 

El Diario Vasco, 1966-01-23

 

      Los especialistas en la política internacional se dedican estos días a hacer el balance del año 65.

      Sin caer en un excesivo optimismo, puede afirmarse que el saldo de este año ha sido ligeramente favorable a la paz.

      Es cierto que queda pendiente el sangriento conflicto del sudeste asiático, verdadero callejón sin salida para unos y otros combatientes. Y que la paz y el orden aparentes re reinan en muchas regiones del mundo, no son sino la máscara de hierro que encubre un rostro llagado de toda suerte de injusticias. Bajo esa misma máscara, una gran parte de la Humanidad sufre hoy miseria, hambre, ignorancia y subdesarrollo, mientras el capitalismo internacional, renovado y perfeccionado por las técnicas modernas, sigue extendiendo sus enormes tentáculos, cada vez más amplios y poderosos.

      Pero la visita del Papa Paulo VI a la ONU ha servido para reforzar el prestigio moral de este organismo y los hombres que trabajan por la paz se van aproximando, poco a poco, unos a otros, intentando formar un frente común contra la guerra, pese a las enormes diferencias ideológicas que los separan.

      Cabe preguntarse, ante este incierto panorama, cuál debe ser el papel de éstos, a los que se ha dado en llamar «intelectuales».

      La misión de los intelectuales no es, evidentemente, una misión estrictamente política. Cuando los intelectuales se meten a gobernar, las cosas no suelen andar demasiado bien. Don Julio Rey Pastor recordaba, hace ya bastantes años, el caso de Laplace, el formidable matemático y astrónomo francés que fue ministro del Interior bajo el mando de Napoleón. Según Rey Pastor, al sabio Laplace las «comunas» francesas le resultaron bastante más difíciles de manejar que los planetas y cometas en sus órbitas seculares y ante el riesgo de desorden cósmico-político, Bonaparte se vio obligado a relevarle de su cargo al cabo de pocas semanas.

      Tampoco Unamuno, Marañón, Ortega y Gasset y otros intelectuales españoles dieron demasiado jugo como políticos representativos en la época republicana.

      Seguramente podrían citarse ejemplos de signo contrario, de intelectuales metidos con éxito a políticos, pero, en general la misión del intelectual, con estar íntimamente ligada al quehacer y al saber políticos, no es exactamente la de ejercer la política, sino la de investigar, pensar y enseñar todas las ciencias del hombre.

      Ante la paz del mundo el intelectual de hoy tiene un deber fundamental que es el de juzgar objetivamente, expresar sus juicios con imparcialidad, en la medida en que se lo permitan, y sobre todo, permanecer ecuánime, no dejarse llevar por ningún género de maniqueísmo.

      Los maniqueísmos, de derechas o de izquierdas, que para el caso todos son iguales, consisten precisamente en la pretensión de clasificar a los hombres en dos bandos, los buenos y los malos.

      El intelectual no debe caer en este error y si cae y arrastra a otros al mismo, hace un daño enorme a la sociedad.

      «He aquí el sino, duro y trágico, del intelectual, afrontar por deber al servicio de la verdad desagradable y sufrir las consecuencias», decía Marañón. Porque «el pecado mayor cuando la violencia se ha encendido es el de ser ecuánime». Y esto es lo que no se les perdona a los intelectuales: «el no querer hacer el papel de monaguillos que manejan el incensario». Tenía razón el gran médico e historiador liberal.

      Ante las crisis que agitan el mundo de hoy el intelectual tiene el deber de mantenerse fiel a la verdad de cada cosa, de no convertirse en un sectario, en un hombre de partido.

      Tal es al menos mi punto de vista, aunque quizás resulta esto mucho pedir en esta tierra miserable que pisamos.

 

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