Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El cristiano en la tecnópolis

 

Escuela de Teología para Seglares, 1969-12

 

      La tecnificación de la cultura y el fenómeno urbano llevan las sociedades modernas a la tecnópolis, donde se opera el «desencantamiento» y la desacralización total de las relaciones humanas.

      ¿Exagera Cox? Así lo piensan algunos como el Padre Greeley y el rabino Rubinstein, los cuales afirman que no es esta la situación de Norteamérica y que la religión se mantiene en las urbes mucho mejor de lo que Cox dice, ya que su tradición es mucho menos rural que en Europa.

      Podemos sin embargo aceptar el modelo de la «Ciudad secular» de Cox como una hipótesis de trabajo ya que en gran parte responde a una realidad que estamos viviendo incluso aquí. Aunque todavía estamos en la fase «burgo», nuestra sociedad va, en muchos aspectos, adoptando cada vez más el carácter de la tecno-polis.

      ¿Qué tienen que hacer el cristiano y la Iglesia en una sociedad así? Evidentemente no deben mirar mucho hacia el pasado. Su mirada debe volverse sobre todo hacia el futuro.

      En la idea cristiana de trascendencia se conjugan el «ya» (ya ha ocurrido el hecho central de la salvación) con el «todavía no» (todavía no se ha consumado la obra, ni podrá consumarse plenamente en el interior del tiempo).

      En cada momento se trata de construir una nueva realidad (imperfecta) partiendo de la inmediata realidad (también imperfecta). Decir que el mensaje evangélico tiene un carácter histórico, que se realiza (aunque imperfectamente) en la historia, puede inducir a una confusión, es decir que hace pensar en el pasado, porque la gente relaciona la idea de historia con la idea de pasado. Una teología de la historia ve el mensaje realizándose constantemente en el presente, como trabajo permanente de construcción de un futuro mejor.

      Cox prefiere emplear el término «teología política», teología de la «polis», de la ciudad temporal. Es ahí donde se ha de construir el futuro y no al margen de la misma.

      La expresión no parece tampoco muy feliz porque asimismo induce a confusión. En suma, de lo que queremos hablar es de una teología del devenir humano, del proceso en permanente desarrollo y actualidad que es el vivir de la humanidad.

      Ahora vivimos en una época revolucionaria, es decir, una época en la que el cambio social es sumamente rápido.

      No se puede vivir teológicamente en una época de cambio acelerado cuando no se cuenta más que con una teología estática y a-histórica. Como consecuencia de esto los cristianos suelen ser en su mayoría conservadores. Para «conservar» los valores espirituales que la civilización actual pone en peligro se trata para ellos ante todo de «conservar el pasado». Esta actitud generalizada de los cristianos da lugar a que los mismos sean desplazados en los países sometidos a evolución rápida y más o menos violenta (es el caso de Cuba y de otros países de América Latina y de África).

      Pero no hay razón alguna para que nos consideremos desplazados de la Ciudad secular. Nuestro quehacer está ahí. Es en ella donde se debe manifestar hoy el Reino de Dios, pero no según la fórmula clerical o teocrática, como en el pasado, sino por la evolución-revolución adecuada, propia de esa Ciudad secular. Cox descubre algunos aspectos de la Ciudad Secular que le permiten ver en ella algo que pertenece al Reino de Dios. Sobre todo ve en la Ciudad secular que se realizan la responsabilidad y la madurez social del hombre. Según Cox se verifica así el plan divino expuesto en el libro del Génesis («pon nombre a los animales», aduéñate de la tierra, humanízalo todo, crea tu mundo). También ve Cox antecedentes en las parábolas del mayordomo de las minas y de los talentos.

      El hombre es puesto delante de un quehacer: construir el mundo, humanizarlo. En la ciudad secular el hombre es dueño y responsable. Ya no está limitado por ideas o factores extra-mundanos. Llega a la plenitud de su responsabilidad como Dios ha querido.

      Antes de estudiar el papel de la Iglesia en el seno de esa sociedad secular, absolutamente a-religiosa, Cox analiza el proceso de los cambios históricos. Para ello introduce cuatro categorías: catálisis, catalepsis, catarsis y catástrofe.

      En toda situación hay un aspecto conflictual. Esta «brecha catalítica» (catálisis es una palabra que se ha empleado primero en química para designar las sustancias que pueden animar una reacción, es decir servir de «catalizadores») es lo que proporciona la energía histórica para el cambio. Así, por ejemplo, la existencia de pueblos subdesarrollados y de suburbios (en conflicto con la urbe); de razas dominadas (conflictos raciales); de desequilibrio entre lo técnico y lo político (tecnocracia, sociedad superindustrializada) son ejemplos de «brechas catalíticas» en las sociedades actuales. En todos estos casos lo que está verdaderamente en juego es el hombre, el hombre libre, tal como nos ha sido revelado por Cristo.

      El cristianismo nos obliga a estar siempre en la «brecha catalítica». Ahora bien a la catálisis se opone la catalepsis (paro, detención, adormecimiento). El cristiano no puede nunca dejarse dominar por la catalepsis: debe estar siempre avizor, siempre pendiente de la visita del Esposo.

      Donde quiera se descubre que el hombre o la sociedad están dormidos, dominados por los mitos, los ídolos, las fuerzas instintivas, el subconsciente (los residuos desconocidos del pasado) el cristiano tiene que librar batallas para que el hombre sea hombre. El cristianismo excluye todo mito, toda transposición de Dios a las criaturas. El proceso de secularización es una lucha continuada contra los mitos y las fuerzas ocultas que encadenan al hombre.

      «Cumplido es el tiempo, el reino de Dios está cercano, arrepentíos y creed en el Evangelio». Esta frase de San Marcos (1,15) tiene para Cox un valor permanente. El cristiano siempre en la brecha catalítica.

      Cox hace una exégesis de esta frase dentro del orden de sus ideas. Apela también a San Pablo: «Olvidando lo que queda atrás me lanzo en persecución de lo que tengo delante, corro hacia la meta» (Philip. 3,13).

      Tensión, grieta entre lo que es y lo que será inmediatamente. Es una noción de trascendencia que comparten algunos marxistas como Bloch (ontología del «todavía no») mejor, según Cox, que la tensión entre lo que es y lo que debe ser. Idea peligrosa pues ¿no nos llevará inmediatamente a una moral invertebrada, a una moral de situación?

      Sea como sea frente a la catalepsia, Cox quiere que los cristianos salgamos gritando: «¡Llegado es el tiempo! ¡Despertad! ¡Realizad la transformación de este mundo!».

      Esta actitud nos lleva a la catástrofe, es decir, a situaciones completamente nuevas, donde muchas cosas pasadas se tienen que hundir, situaciones que nos producen la sensación de estar, en efecto, en plena catástrofe, como ocurrió en la época de San Agustín, cuando se hundía Roma y con ella, la falsa seguridad de los cristianos.

      Desde nuestro punto de vista la Ciudad secular es la catástrofe de muchas cosas. Debemos renunciar a seguir acariciando nuestras ideas más o menos confortantes.

      La Iglesia ¿tiene un quehacer en esa Ciudad secular que, desde un punto de vista tradicional es verdaderamente la catástrofe de los valores morales y religiosos?

      Evidentemente, dice Cox, no se trata de que vuelva a tomar el puesto del mundo. La Iglesia no tiene ningún «plan» para reconstruir el mundo, ni tiene por qué tenerlo. Pero sí tiene el poder de llamar, y tiene el poder de curar, y el poder de mostrar y el poder de exorcizar. Funciones kerigmática, diacónica, koinoníaca y exorcista.

      La Iglesia llama a todos los hombres para libertarlos de toda esclavitud. Va a despertarlos (contra la catalepsia) a decirles: «sois efectivamente hijos de Dios. Sacudid toda pereza, todo temor, todo yugo inhumano». Este mensaje no es sólo para los creyentes sino para todos los hombres. Es un mensaje de permanente fe y esperanza. Oposición al sino, a la fatalidad.

      El «kerigma» afirma no sólo que el hombre debiera tener dominio sobre las fuerzas nocturnas sino que puede tenerlo realmente. Esta batalla la ha dado ya Cristo y ha salido vencedor. Esto no es un símbolo es una realidad. Y Cristo nos llama a luchar junto a El, y a vencer con él. La historia de esta lucha va desde el día de Pascua hasta el último día.

      El kerigma es una guijón constante para que el hombre no desfallezca. «¿Es la ciudad de Nueva York humanamente gobernable? ¿Puede impedirse la guerra nuclear? ¿Puede alcanzarse la justicia racial? ¿Puede terminar la guerra del Vietnam?». La respuesta es siempre afirmativa para el creyente.

      La función kerigmática se completa con la función diacónica, (curar las heridas, parábola del samaritano). Pero no es un poder somnífero y anestesiador sino alcaloide y salvífico. Este curar de la Iglesia no será algo exterior, sino interior. Restableced la fe en el hombre y el hombre será salvo. Así en la barriada no se tratará de poner cristales en la ventana de las chabolas, sino en levantar la moral y la confianza de la gente pobre.

      La Iglesia estará en la brecha. El cristiano se encontrará allí donde está estallando la nueva era. Donde quiera que los hombres son llamados a la dignidad y a la responsabilidad, sanando a los hombres con su función diacónica.

      La función koinoníaca de la Iglesia consistirá en proclamar y hacer conocer al mundo cuáles son los signos del Reino de Dios. Koinonia es «hacer visible la esperanza». Porque la Iglesia es testigo de la esperanza de los hombres.

      Esas son, a juicio de Cox, las notas de la Iglesia: kerigma, diakonia, koinonia.

      Y a ellas se añade la de la exorcización. Cristo fue el gran exorcista. Liberaba a las pobres gentes de sus demonios. Muchos demonios pesan hoy también sobre la sociedad. El exorcismo debe arrancar a los hombres de la fascinación. El subconsciente colectivo necesita ser exorcizado. Frente a las situaciones de alienación de la Iglesia proclamará: «la verdad os librará». Exorcismo contra el dinero, contra el hedonismo (el placer por el placer), contra el odio, contra el fatalismo, contra las obsesiones sexuales.

      Todas estas afirmaciones de Cox pueden ser discutibles e incluso fantásticas en muchos aspectos. Pero no cabe duda de que tienen un contenido apreciable y que nos puede ser provechoso a muchos católicos.

 

 

Bibliografía

 

      El lector podrá estudiar el tema más detenidamente entre otras en las siguientes obras:

      JACQUES MARITAIN: «Humanismo Integral». Edit. Aubier, París.

      HARVEY COX: «La ciudad secular». Ed. Península, Barcelona.

      HARVEY COX: «El cristiano como rebelde». Ed. Nuevas Fronteras.

      JOURDAIN BISHOP: «Los teólogos de la muerte de Dios» (capítulo dedicado a Cox).

 

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