Carlos Santamaría y su obra escrita

 

El cambio

 

El Diario Vasco, 1980-08-31

 

      «La crisis debe traer un cambio en nuestra manera de vivir: ya no nos queda más tiempo para seguir equivocándonos».

      Este planteamiento que hace Mansholt —y como él otros muchos pensadores actuales— requeriría, a mi modesto juicio, alguna ligera corrección para ser del todo exacto.

      En realidad, no es que la crisis vaya a traer un cambio, sino que el cambio está ya funcionando. La crisis misma es el cambio, sin que una cosa pueda separarse de la otra.

      Parece que la civilización en que vivimos se está transformando profundamente en nuestra propia presencia y que a ellos se debe el malestar que sentimos, porque no hay parto sin dolor.

      Que esta transformación juegue en beneficio de una gran parte de la humanidad que hasta ahora había vivido en la ignorancia, en la miseria o bajo la opresión, es algo que nadie puede poner en duda. Pero también es cierto que para los anteriores «poseyentes» e «instalados» esta situación es altamente desconcertante.

      Conozco bastantes personas que en el momento actual tienen la impresión de que todo se hunde en derredor suyo. Piensan tales personas que no tienen nada que ver con lo que hacen y dicen las nuevas generaciones y que lo que ahora está ocurriendo en las sociedades modernas no es —ni más ni menos— que la catástrofe del mundo civilizado. Personalmente se consideran enteramente fracasados, virtualmente muertos.

      Ahora bien, esta misma sensación de hundimiento y de catástrofe la han sentido hombres y mujeres de otros tiempos, en situaciones de crisis históricas, de alguna manera parecidas a la nuestra.

      Un sólo ejemplo. Cuando, en el año 410, Alarico invade Roma muchos habitantes de la ciudad huyen a refugiarse en Cartago y otras poblaciones del África romana. Para aquellas gentes el hundimiento de Roma era algo así como el fin de la civilización, el fin del mundo. San Agustín les dirige entonces un famoso sermón: «No temáis. Roma no se acabará. pero si se acaba, tampoco pasará nada, porque la juventud del mundo se renovará como la del águila». He aquí una afirmación llena de esperanza que también vale para nuestro mundo.

      No faltan en la situación actual otros tipos que se declaran progresistas, partidarios decididos del cambio, pero que en el fondo son tan inmovilistas como los anteriores.

      Hay en una pieza teatral de Claudel un brillante parlamento que me parece la exacta expresión de ese pseudo-progresismo, hoy tan en boga. dice así uno los personajes de «Le soulier de satin».

      «¡Que me den lo nuevo! Quiero lo nuevo. ¡Lo reclamo! Me hace falta a toda costa, lo nuevo. Pero ¿qué nuevo? Lo nuevo que sea la continuación legítima de nuestro pasado. Lo nuevo que sea el desarrollo de nuestro propio ser natural...» Etcétera. Y añade, para que las cosas queden todavía más claras:

      «Du nouveau encore un coup, mais qui soit exactement semblable à l'ancien».

      Bien, señores. Está claro que esto no es el cambio. El cambio es algo mucho más profundo y desconcertante que esto, porque es un signo de desequilibrio permanente de la naturaleza humana, en todo su proceso, desde la cuna a la sepultura.

      Pero esto habrá que explicarlo alguna otra vez bastante más despacio.

 

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