Carlos Santamaría y su obra escrita

 

«Disepimyktoi»

 

El Diario Vasco, 1982-03-07

 

      La prehistoria no es algo definitivamente pasado y muerto. En realidad, sigue viviendo en nosotros en bastante mayor medida de lo que habitualmente suponemos. Tal es, al menos, la opinión de algunos investigadores, que creen ver en determinados elementos del vivir actual de un pueblo, los residuos o las trazas de ignoradas civilizaciones prehistóricas: divisiones territoriales, emplazamientos de poblados y ciudades, trazado de caminos, modos de cultivo, costumbres, mitos y formas de vida serían, según esto, la herencia o el reflejo de remotos pasados prehistóricos.

      Sea de ello lo que quiera, esta perennidad de lo prehistórico parece tener en el pueblo vasco una particular validez e importancia.

      El geógrafo Estrabón, viajero infatigable y gran conocedor de todos los pueblos y culturas del Mundo antiguo, recogió en su gran «Geografía» del año 7 antes de Cristo, no solamente las cosas que había visto, sino otros muchos datos y fábulas suministrados por antiguos autores de más o menos dudosa verosimilitud.

      Parece ser que Estrabón nunca estuvo en esta parte del planeta que hoy llamamos Euskalerria, y que entonces debía de ser mucho más extensa que ahora. Se ocupó, sin embargo, de las tribus pirenaicas —tribus vascas o predecesoras de éstas— diciendo de ellas algunas cosas que hoy tienen —sorprendentemente— una notoria actualidad.

      El viejo geógrafo aplicaba a estas tribus el calificativo de disepimyktoi —que quiere decir: difíciles de mezclar— y explicaba esta denominación poco más o menos en los siguientes términos: tales tribus, no sólo se resisten a cualquier presencia extranjera, sino que evitan por todos los medios el fundirse o aglutinarse entre sí para formar repúblicas comunes.

      Cualquier historiador del pueblo vasco puede confirmar esta singular característica del mismo a lo largo de muchos siglos y la circunstancia de que nunca se haya podido realizar de modo pleno, espontáneo y estable la unidad política de los vascos.

      Así, en el momento actual, debe anotarse el hecho sintomático de la reaparición del provincialismo, y no sólo en Navarra —madre de Basconia— o en Álava, sino en la misma Vizcaya.

      Guipúzcoa es, a mi modesto entender, la más unitarista de las siete provincias y —con todo— no faltan en ella fuertes elementos particularistas que se resisten —como decía Estrabón— a la formación de una «república común».

      En resumen: Euskadi no parece ser sentida por muchos vascos como unidad, sino más bien como diversidad. Existe —eso sí— una voluntad denodada de mantener la identidad propia; pero no tanto la identidad del «conjunto de las tribus» —valga la expresión— como la de cada una de ellas.

      En un artículo que publiqué hace cuatro o cinco años en un periódico madrileño escribía yo las siguientes palabras que me permito reproducir ahora: «En Basconia cada región, cada valle, cada barrio y hasta —si se me apura— cada caserío, ha aspirado siempre a conservar su identidad y a mantener incólume su parcela de soberanía».

      Otro ejemplo de lo que estamos diciendo —y podríamos citar varios más— es lo que está ocurriendo con la lengua. Frente a la poderosa corriente de los que trabajan por normalizar y unificar el euskara para hacer de él una verdadera lengua común, se alzan terribles y apasionadas voces que defienden como cosa absolutamente esencial la escolarización de los dialectos y quizás también —¿por qué no?— la de los subdialectos y la de las hablas locales, hasta hacer de la lengua vasca la más complicada jungla lingüística que quepa imaginar.

      ¡Ah, si resucitase el viejo Estrabón! ¡Cómo se reiría de todo esto! Nos diría en tono paternal, agitando levemente el dedo índice de la mano derecha: «¡Vosotros, disepimyktoi, siempre disepimyktoi!».

 

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