Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Ética y Estado Aconfesional

 

El Diario Vasco, 1982-07-11

 

      En setiembre próximo se celebrará en Madrid, por sexta vez, el denominado: «Foro sobre el hecho religioso». Consiste este Foro, fundamentalmente, en unas discusiones o conversaciones entre intelectuales, muy vivas, muy actuales, pero, tal vez por eso mismo, no demasiado profundas.

      Frente a las críticas que se suelen formular contra este género de reuniones, yo siempre he sostenido, dicho sea entre paréntesis, que pedir profundidad a lo actual es un contrasentido. Lo que solemos llamar actual es siempre, por definición, superficial. Y la superficialidad, si la hubiere, no sería en este caso un defecto, sino una perfección.

      En este Foro toman parte personas de muy variadas posiciones ideológicas pero que coinciden al menos en una cosa fundamental: su interés hacia el hecho religioso.

      El tema del Foro de este año me ha parecido singularmente importante. Su título exacto es: «Ética pública y desconfesionalización del Estado». Sin entrar aquí y ahora en el examen del Programa, yo me permitiría explicarlo en pocas palabras, y a mi modo, en los siguientes términos.

      En España el hecho ético ha estado desde hace mucho tiempo, estrechamente ligado al hecho religioso, y, más concretamente, al hecho católico. La idea de que «fuera de la Iglesia no hay salvación» ha sido tácticamente traducida en el sentido de que el hombre que no es católico —y católico a macha martillo— no puede ser un hombre auténticamente moral.

      «En el Estado español —escribía yo hace unos meses en un «Aspectos» sobre el divorcio —la gente está habituada desde hace siglos a una especie de mezcolanza político-religiosa en la que se tiende a dar a lo político un carácter sagrado y a lo sagrado un carácter político».

      Nada tiene pues de extraño que al producirse ahora el fenómeno sociológico —y no solamente jurídico o legal— de la desconfesionalización o secularización de la Sociedad, se haya originado una gran confusión o vacío de ideas éticas.

      La cuestión que ahora se nos plantea viene a ser ni más ni menos que ésta: ¿Cómo se puede fundamentar una Ética pública, una Ética de las relaciones públicas, políticas y sociales, en una sociedad en la que se han «volatilizado» —la expresión es de Ortega— las creencias o convicciones colectivas que le servían de soporte?

      Cuando don Manuel Azaña lanzó su famosa frase: «España ha dejado de ser católica», puso en manos de sus enemigos y de los enemigos de la República un arma terrible, que la oposición al régimen supo explotar pronto y a fondo. Pero es para mí evidente que el jefe de Acción Republicana no quiso hacer alusión en aquel momento a un hecho sociológico, real y efectivo, de desconfesionalización de la sociedad, el cual no había hecho todavía más que iniciarse vagamente. Azaña se refirió sin duda al hecho político, es decir, a la desconfesionalización jurídica operada por el artículo tres de la Constitución republicana: el Estado español no tiene religión oficial.

      Apenas llegados al Poder los hombres del treinta y seis se apresuraron a re-confesionalizar el Estado. Pero esta re-confesionalización no fue tampoco un hecho sociológico auténtico. Tuvo un sentido mucho más político que religioso: pese a las apariencias que puedan citarse, el hecho religioso no progresó durante los años de la cuarentena. Al contrario: la secularización de la sociedad avanzó a pasos agigantados y al término de aquel período el problema estaba ya planteado en toda su extensión.

      Que la actual Constitución haya traducido esta situación en una declaración de a-confesionalidad del Estado es completamente normal, sobre todo después de la Declaración Conciliar del 66 que estableció una doctrina por completo favorable al pluralismo religioso en las sociedades civiles.

      Pero esto no obsta —claro está— para que la desconfesionalización, tanto jurídica como sociológica, planteen problemas similares al de la «Ética cívica» que pronto se va a debatir en el anunciado VI Foro.

 

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