Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Llegó el momento

 

El Diario Vasco, 1983-11-27

 

    La decisión de la OTAN del 18 de Diciembre de 1979 está a punto de llegar a su término. No ha habido acuerdos en Ginebra y la amenaza «otánica» tiene que cumplirse inexorablemente: vendrán —están viniendo ya— a Europa, esos tremendos «Cruiser», especie de aviones sin piloto con posibilidad de carga nuclear de 15 hiroshimas, y los misiles Pershing 2, de análoga potencia destructiva, destinados unos y otros —al decir de los americanos— a equilibrar la potencia de «fuego nuclear» de los SS 20 soviéticos.

    Alguno preguntará: ¿por qué tiene que venir inexorablemente?. ¿Por qué no una moratoria como desde hace meses viene proponiendo Willy Brandt? Sencillamente porque el cumplimiento de la amenaza en los mismos términos y plazos en que fue formulada forma parte del «juego» de la disuasión.

    Se ha de tener en cuenta que la disuasión única manera de evitar la guerra nuclear, conocida hasta ahora desde 1950, es, en realidad, un medio de acción psicológica. Para que este tipo de estrategia tenga eficacia hace falta que el posible enemigo esté convencido de la realidad del contenido de la amenaza.

    O, como dice el general Beaufre en su obra «Strategie pour demain»: «la disuasión nuclear procede de dos factores esenciales: la existencia de una capacidad de destrucción suficiente y la credibilidad del empleo eventual de la misma».

    En todo este asunto de la disuasión una de las claves esenciales se halla precisamente en la palabra «credibilidad». En el caso de que el «enemigo» interprete que se trata de una amenaza sin base real, es decir, si la credibilidad falla, la disuasión no funciona y con ello el riego de guerra puede aumentar. Aquí —dicho sea en términos vulgares— no caben «faroles» como en el mus o en el póker, porque lo que se juega en esta partida es demasiado terrible. Aquí nadie va a echar en el órdago.

    Si la OTAN no cumpliese ahora lo anunciado, si después de un plazo de cuatro años diera marcha atrás, ¿cómo podrían ahora los americanos seguir apostando por la carta de la disuasión con un mínimo de credibilidad?

    Sin duda tanto los rusos como los americanos tienen perfectamente estudiadas desde hace tiempo sus posturas frente a este momento crítico del final de la doble decisión. Por otra parte, los dos están tremendamente interesados en una sola casilla del tablero de posibilidades, es decir, de lo que en la teoría matemática de juegos se llama la «matriz del juego». Esa casilla lleva el nombre de «punto de equilibrio» (saddle point) y es lo que los dos jugadores buscan en último extremo. En el caso presente lo que está escrito en ella es esto: «no guerra nuclear». Los dos jugadores harán lo posible y lo imposible por alcanzar esa casilla fuera de la cual sus caminos no tienen salida. Salvo accidentes de una probabilidad muy remota, esto nos proporciona pues, una cierta seguridad ante el conflicto.

    Sobre la situación actual, a la que todo el mundo sabía que se iba a llegar, se ha venido especulando ampliamente desde el verano.

    La partida es política, no guerrera. Las armas se valoran en esta coyuntura no exactamente por su poder destructivo sino por la presión política que ejercen.

    Lo que ahora esperan los señores de la OTAN —y ojalá que no se hayan equivocado en sus cálculos— es que aumenta la posibilidad negociadora en la mesa diplomática, sea en Ginebra o en cualquier otro lugar de diálogo.

    «Hasta ahora los soviéticos no han negociado en serio —decía hace un par de meses Paul Nitze, jefe de la delegación americana en Ginebra—. Si se despliegan los misiles, los rusos empezarán a hacerlo con mayor realismo y eficacia».

    Fuentes de la OTAN declararon que para después del despliegue esperaban de la URSS interesantes ofertas de desarme. El propio Joseph Luns, secretario general de la OTAN declaró en la Haya el 7 de Octubre pasado que no estaba preocupado por lo que ocurrirá después que lleguen los euro-misiles porque la OTAN recuperará así su credibilidad y habrá más oportunidades para mantener la paz.

    Las primeras reacciones de los soviéticos, más espectaculares que efectivas, parecen confirmar estas ideas esperanzadoras. Debemos tener confianza: la «Teoría de juegos» no se equivoca porque es una teoría matemática y —como es sabido— las matemáticas no se equivocan nunca. Los que sí pueden equivocarse —claro está— son los hombres que las aplican.

 

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