Carlos Santamaría y su obra escrita

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Unamuno el inmortal

 

El Diario Vasco, 1986-11-18

 

      He leído con el mayor interés las réplicas que mis amigos Alvaro Navajas y Félix Maraña han dedicado en estas mismas columnas a mi artículo: «¿Unamuno, actual?».

      Es evidente que la cuestión planteada por mí no tenía el menor propósito ofensivo contra la noble figura del pensador bilbaíno. Desde hace muchos años me cuento entre sus adictos lectores y admiradores, sin que esto signifique —claro está— que esté dispuesto a compartir muchas de sus ideas iconoclastas. Mi unamunismo no podría llegar a tanto.

      En sus precedentes conmemoraciones, la del 61, vigesimoquinto aniversario de su muerte, y la del 64, centenario de su nacimiento, tomé parte activa y guardo de aquellas intervenciones mías un recuerdo muy emotivo.

      Pienso, sin embargo, que a Unamuno no le hubiera gustado que le llamasen moderno, y, menos aún, posmoderno, en el supuesto de que este neologismo de impreciso significado hubiera existido en el lenguaje de su tiempo.

      Unamuno nunca quiso ser moderno. Nunca quiso ser posmoderno. Unamuno quiso ser eterno.

      Y, en el sentido intramundano de la palabra, lo fue, sin duda alguna por aquellas sus ansias de inmortalidad, tantas veces y de tantas maneras expresadas, como nos lo recuerda José Miguel de Azaola en su precioso ensayo de hace treinta y tantos años: «Las cinco batallas de Unamuno contra la muerte».

      Decir que Unamuno no es actual es pues un elogio más que una crítica.

      Esto que solemos llamar «actualidad» no es en definitiva otra cosa que un pasar efímero, mera noticia, mera transitoriedad, que a Unamuno, enamorado de lo eterno, nunca pudo interesarle demasiado.

      Ya en su tiempo Unamuno era un hombre inactual. Un «anticuado», un «antisocial», que buscaba sobre todo la soledad a la manera de los ascetas y místicos cristianos.

      «Una enorme actividad social, una poderosa civilización, mucha ciencia, mucho arte, mucha industria». ¿Y todo eso para qué sirve? —exclama él en sus meditaciones.

      La distancia es todavía mayor entre el mundo de Unamuno y el mundo de hoy.

      El hombre de nuestro tiempo ama la acción, la velocidad, el ruido. Está enamorado del progreso tecnológico y cree a pies juntillas que la Ciencia nos va a dar la felicidad a corto plazo. Busca ante todo el placer, la comodidad, la «joie de vivre» ese «arregosto de vida», como decía expresivamente don Miguel.

      En el quijotismo unamuniano ya nadie cree hoy ni por asomo. Reina en cambio el más negro positivismo, no un positivismo filosófico, postura enteramente respetable, sino un «materialismo práctico» de baja estofa que a nuestro hombre le sacaría de quicio.

      En estas condiciones yo no acepto que a Unamuno se le quiera presentar como un valor vigente, es decir, un escritor que influya realmente en la opinión pública actual; un pensador revolucionario que pueda atraer a los jóvenes de hoy; una mente privilegiada que pueda ilustrarnos a todos para salir del atolladero político-económico en que estamos metidos.

      A Unamuno sólo se le puede entender de verdad a fuerza de contradicciones. Hablar de sus ideas como de algo coherente y armónico es puro despiste.

      «Cada cual tiene tanto derecho como Cervantes o como yo a decir lo que le da la gana y si así se arma una algarabía en que nadie se entienda y volvemos al bendito y bienaventurado anarquismo intelectual medieval, tanto mejor».

      Si hay una cosa en la que Unamuno puede estar plenamente vigente es precisamente en esto, es decir, en este su papel de permanente contradictor.

      Frente al mundo de hoy, vano y envanecido, Unamuno puede servir de revulsivo o de antídoto pero él nunca formará parte del mismo.

      La voz lúgubre de don Miguel, ese quejido de inmortalidad a veces un tanto morboso como él mismo reconoce en alguna parte no responde —contra lo que algunos han supuesto— a una especie de existencialismo «avant la lettre». Ese grito, viene de mucho más lejos. Retumba a través de todos los tiempos del hombre histórico, y puede que también del prehistórico.

      Ahí lo tenemos ya en el libro de Job, en los Salmos y en el Eclesiastés, expresado con inenarrable fuerza.

      En «El sentimiento trágico de la vida» Unamuno nos dio una pequeña lista de hombres de carne y hueso que han vivido esa misma ansia, desde Marco Aurelio, San Agustín y Pascal hasta Kierkegaard, verdadero padre del existencialismo.

      El auténtico existencialismo no es de hoy ni de ayer sino que es eterno. Millones y millones de hombres modernos lo viven aún sin tener plena conciencia de ello.

      Mucha falta nos hace escuchar esa voz. Es aquí donde yo vería de buena gana una vigencia real del inmortal don Miguel de Unamuno.

 

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