Carlos Santamaría y su obra escrita

 

La auténtica guerra de las galaxias

 

El Diario Vasco, 1987-01-26

 

      Casi diariamente aparecen en la Prensa noticias relacionadas con la IDS o «guerra de las galaxias». Sin embargo debe de haber muy poca gente que esté al corriente, ni siquiera de un modo aproximado, sobre lo que esta guerra es o puede llegar a ser.

      La principal idea del nuevo sistema consiste en detener los misiles adversarios, no al término de su viaje, cuando estén ya relativamente cerca del suelo —lo que según parece no puede proporcionar buenos resultados— sino en el momento de la salida o en pleno vuelo, a doscientos o trescientos kilómetros de altitud.

      Para ello no se emplearían misiles contra misiles, como se había querido hacer anteriormente. La novedad de la guerra de las galaxias consistirá en utilizar el láser y ciertas radiaciones capaces de «desorganizar» el cerebro del misil atacante sin necesidad de destruir éste. Como se ve, una guerra limpia, casi de laboratorio.

      Ahora bien, el verdadero «busilis» de la guerra de las galaxias, lo que está dando a ésta una dimensión política desmesurada, no tiene nada que ver con todo esto.

      En primer lugar, muy pocos especialistas creen en la eficacia real de la IDS como medio defensivo contra un ataque nuclear.

      Más de la mitad de los físicos de primera línea de las universidades americanas han firmado un texto en el que se oponen al proyecto IDS por la simple razón de que este plan es científicamente irrealizable. Se comprometen al mismo tiempo a no aceptar ningún contrato de trabajo que se relacione con el mismo.

      Otros muchos se declaran consternados al comprobar que los créditos dedicados a la investigación van siendo desviados hacia fines militares (setenta por ciento actualmente, cincuenta por ciento hace diez años) quedando cada vez más abandonado el trabajo propiamente científico.

      El Premio Nobel de Física, Philip W. Anderson —un prestigioso profesor de la Universidad de Princeton— ha publicado recientemente un artículo en el que afirma que los argumentos que se aducen en favor de la IDS carecen por completo de bases científicas y se sitúan exclusivamente «en el terreno de la esperanza y de la emotividad».

      En opinión de Anderson el proyecto es técnicamente rechazable por tres razones.

      Primero porque hay una probabilidad muy pequeña de que el mismo pueda funcionar algún día correctamente. En segundo lugar, porque en caso de guerra sería muy arriesgado el querer depositar la confianza y los esfuerzos de todo tipo en un proyecto de defensa tan inseguro como éste, lo que, en definitiva, podría resultar contraproducente.

      Finalmente, porque, según los cálculos del autor el nuevo sistema defensivo sería diez veces más caro que el sistema ofensivo que se trata de contrarrestar.

      ¿Cómo se explica, pues, que un plan tan dudoso, tan discutido y que ofrece tan pocas garantías de éxito haya podido encontrar una acogida tan rabiosamente favorable por parte de la Administración Reagan?

      Sumas ingentes de dinero han sido ya dedicadas al desarrollo de IDS y lo serán aún más a corto plazo si algo no viene a interrumpir los sueños espaciales en que parece estar envuelto el presidente Reagan.

      Por otra parte, la puesta en juego de la guerra de las galaxias está avivando la tensión entre Moscú y Washington e impide ahora un posible acuerdo que pudiera servir, por ejemplo, para reducir al cincuenta por ciento los misiles estratégicos de ambos ejércitos.

      ¿Quién mueve todo esto y con qué fin? ¿Desde dónde parte realmente la guerra de las galaxias?

      Muchos culpan al Pentágono atribuyéndole la paternidad del plan IDS y el mantenimiento de una constante presión para que el mismo se lleve a cabo pese a sus enormes dificultades.

      Sin embargo, parece probado que los militares pusieron muy poco interés e incluso manifestaron su disconformidad cuando Reagan les informó de sus propósitos antes de hacer público el plan —en su famoso discurso del 23 de marzo de 1983— y que después han seguido manteniendo esta actitud de prudencia a lo largo del tiempo.

      En el último número de «Le Monde Diplomatique» el conocido experto en materia de «guerra de las estrellas» Fabrizio Tonello lanza la hipótesis de que la política exterior americana se halla en este momento en manos de «organizaciones paralelas, al margen de la voluntad del propio presidente».

      Tonello corrobora la idea, bastante extendida ya desde hace un par de años, de que el plan IDS fue lanzado mucho más por razones industriales e ideológicas que por su interés para la defensa.

      Es cierto que Reagan aceptó ese plan y ha sabido aprovecharlo para consolidar su propia política. Pero la guerra de las galaxias es obra sobre todo de determinados grupos que han ejercido y siguen ejerciendo hoy, una enorme influencia sobre la opinión pública americana.

      Se trata por una parte de poderoso industriales que ven en el proyecto galáctico un gigantesco campo de operaciones lucrativas. Junto a éstos, y por razones muy distintas, se sitúan ideólogos ultraconservadores que —más aún que en los tiempos del macartyismo— quieren hacer de un anticomunismo de lo más primario la pieza esencial de la política de los Estados Unidos.

      La existencia de estos poderes paralelos no es un secreto para nadie. Numerosas organizaciones de todos los tipos —incluso de carácter religioso— se han constituido en torno a ellos a fin de sostener los proyectos armamentísticos especiales como una necesidad vital para la supervivencia de los USA.

      En estas condiciones muchos temen que aún después de Reagan se haga muy difícil deshacerse del ímpetu de los belicistas estelares.

      Es en este punto donde radica precisamente la verdadera guerra de las galaxias, que no es una posibilidad lejana, sino algo que está gravitando ya sobre las espaldas del mundo entero.

 

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