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Jesús María Blanco Ilzarbe

Concienciación energética ante un grave escenario

Profesor de Ingeniería Energética y coordinador del máster Erasmus Mundus en Energías Renovables Marinas

  • Cathedra

Fecha de primera publicación: 26/05/2022

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Jesús María Blanco Ilzarbe. Foto: Mitxi. UPV/EHU.

La pandemia de COVID-19 ha afectado a la economía global, y aún lo sigue haciendo, con más fuerza que cualquier otro suceso desde la II Guerra Mundial. Sin duda, tendrá un impacto duradero en la demanda de energía, más aún con el agravante de un escenario bélico a las puertas de Europa. Ese escenario, cuyos efectos combinados hemos empezado a notar ya en nuestros bolsillos (desde la cesta de la compra a los combustibles, pasando por la amenaza del desabastecimiento) ha demostrado repetidamente que su mera mención afecta de forma negativa al comportamiento socioeconómico de los ciudadanos, como si de un botón del pánico se tratase. Ese contexto, junto con las políticas de transición energética (hacia fuentes de energía más verdes o azules, que por colores no quede), la incorporación de fuentes sostenibles, la progresiva descarbonización de la industria y el transporte parecen marcar la hoja de ruta de la desaparición de los combustibles fósiles. Todo ello ha servido de estímulo para afianzar las políticas energéticas de casi todos los países europeos en esa dirección, lo cual es positivo en sí.

En ese contexto de incertidumbre, el consumo mundial de energía primaria, tras el descenso de 2009, ha seguido creciendo, con un incremento medio interanual del 1,6 % en los últimos diez años. La tendencia parece haberse invertido en los dos últimos años, pero no sólo por la pandemia: concretamente en España, la disminución del consumo energético en el último año ha sido del 1,7 %, con una media en los últimos 10 años del 1 %, de acuerdo al Statistical Review of World Energy 2021[1]. En Euskadi, el consumo eléctrico en 2021 fue un 8,7 % menor respecto al año anterior y, en perspectiva, el consumo eléctrico se situó un 17,1 % por debajo del nivel de 2011, de acuerdo a la Estrategia Energética de Euskadi 2030[2].

Dentro de los diferentes sectores económicos, el que más contribuye a las emisiones de CO2 es el sector de producción de energía eléctrica y térmica, seguido por el transporte, la industria y el sector residencial. A fin de minimizar su efecto, las políticas de generación a través de fuentes de energía renovables están experimentando un notable impulso, si bien su contribución al consumo final de energía se ha mantenido prácticamente constante desde 1990 en torno al 17 %. En los últimos diez años, la producción de energía eólica, solar y mediante otras fuentes renovables (sin incluir la hidráulica) ha aumentado en un 300 %, impulsada por los nuevos proyectos eólicos y solares. Durante 2021, la potencia total instalada de España ha sido un 1,8 % superior a la registrada en 2020; de ella un 55,6 % procede de energías renovables. En esa coyuntura, la AIE (Agencia Internacional de la Energía)[3] informó de que la demanda mundial de energía primaria cayó un 6,1 % a partir de 2020 y, con ello, las emisiones de CO2 en un 8 %. Esos datos nos llevan a afirmar que, como consecuencia de la Covid-19, el efecto sobre el cambio climático fue claro, pero puede estar mitigándose, según señala el Global Status Report (GSR), 2021[4]. En cualquier caso, es necesario tener una perspectiva a más largo plazo, para analizar si el compromiso que habían asumido muchas administraciones públicas de reducir las emisiones de CO2 y promover las energías limpias no pueda estar en realidad condicionado por el impacto de una crisis económica a mayor escala, según se desprende del Global Energy Review 2021[5].

Otro aspecto importante de la energía es que está claramente relacionada con el desarrollo tecnológico, económico y social de la humanidad. Por ello, aparece directamente como uno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) establecidos por la ONU para el año 2030[6]. Así, el Objetivo 7 (energía asequible y no contaminante) establece que el acceso a una energía segura, sostenible y moderna debe estar garantizado. Así mismo, el objetivo 13 (acción por el clima) insta a adoptar medidas para combatir el cambio climático y sus efectos. Está claro que para alcanzar ese último objetivo es necesario, por una parte, aumentar considerablemente la proporción de energías renovables y, por otra, incrementar sustancialmente la tasa mundial de mejora de la eficiencia energética. Hay que tener en cuenta, por ejemplo, las diversas variantes del uso del hidrógeno como vector energético en el ámbito industrial, así como el uso de técnicas de inteligencia artificial para poder predecir de una forma ajustada la demanda de energía eléctrica a corto y medio plazo[7], pudiendo de esa forma ajustar mejor su producción.

Toda esa situación parece estar bajo control, pero el panorama se ha visto alterado recientemente por el fantasma de la amenaza de desabastecimiento que se cierne sobre la vieja Europa en lo referente a uno de los eslabones energéticos claves como es el gas. Nos hallamos en un contexto bélico, con desigual efecto geoestratégico sobre los distintos países, siendo España uno de los que presentaría una menor afección, ya que importa de Rusia sólo un 7,4 % de gas. Así fue considerado en una mesa redonda dentro de la última edición del ‘Heat Powered Cycles Conference’[8] celebrada recientemente en Bilbao. Ese nuevo problema amenaza no obstante con paralizar o encarecer excesivamente el consumo a nivel global (lo cual, en definitiva, viene a ser lo mismo), sumiendo a muchas más familias en lo que venimos denominando “pobreza energética”, de la que tristemente cada vez se oye hablar más.

A modo de conclusión, mi reflexión pasa por no asumir que estamos diciendo más de lo mismo a nivel macroeconómico: tenemos que coger el toro por los cuernos porque todos queremos que funcione el interruptor. Esa dualidad comienza a nivel microeconómico ya en las propias familias, en la educación de nuestros niños y nuestras niñas. Debemos concienciarnos de que el buen uso de un bien tan preciado como la energía no sólo nos beneficia a nosotros mismos sino al planeta y, por ende, a nuestros descendientes. Invirtamos en concienciación energética desde el colegio, las universidades y los centros de investigación porque una sociedad que está concienciada y sabe lo que se juega, se refuerza y sobrevive.

Referencias bibliográficas

[1] Statistical Review of World Energy 2021.

https://www.bp.com/en/global/corporate/energy-economics/statistical-review-of-world-energy.html (last accessed 29April 2022).

[2] Estrategia Energética de Euskadi 2030, Gobierno Vasco. https://www.euskadi.eus/contenidos/informacion/estrategia_energetica_euskadi/es_def/adjuntos/3E2030_Estrategia_Energetica_Euskadi_v3.0.pdf (last accessed 29April 2022).

[3] International Energy Agency. Data & Statistics.

https://www.iea.org/data-and-statistics (last accessed 29 April 2022).

[4] Global Status Report (GSR) 2021. https://www.energias-renovables.com/panorama/los-paquetes-de-recuperacion-proporcionan-seis-veces-20210615 (last accessed 29 April 2022).

[5] Global Energy Review 2021, IEA. https://www.iea.org/reports/global-energy-review-2021 (last accessed 29 April 2022).

[6] United Nations Sustainable development. https://www.un.org/sustainabledevelopment/ (last accessed 29 April 2022).

[7] Blanco, J.M.; Ramos, J.C., Energy and climate change in the post-COVID-19 scenario, DYNA Ingeniería e Industria, 95, 6, 2020: pp. 570-571.

[8] https://heatpoweredcycles.org/ (last accessed 29 April 2022).