In memoriam: Marije Ortega Nuere

  • Crónica

Fecha de primera publicación: 17/02/2021

Marije Ortega Nuere

Somos el océano de la noche repleto
de destellos de luz. Somos el espacio

entre los peces y la luna,
​​​​​​​mientras estamos sentados juntos aquí. 

Rumi

 

El azúcar moreno a la hora del café. Me vienen primero a la memoria detalles aparentemente insignificantes, pero, para mi, cargados de sentido. Una vez me vio escogerlo no hubo un solo día en que, tomáramos el café en la cocinilla de la oficina o en el bar, no se adelantara a ofrecérmelo. Marije era de esas personas que se fijaba en los pequeños detalles: los que hace que la vida cobre sentido.

Generosidad. Según vamos cumpliendo años, entendemos que ser generosos es algo más profundo que compartir nuestras pertenencias o donar lo que nos sobra, o incluso lo que nos hace falta. Ser generosos implica entregarnos a los demás, empatizando con ellos y adelantándonos a lo que el otro necesita, nuestro tiempo, nuestra conversación, nuestro abrazo. Marije cabe en todas estas definiciones, y las amplía. 

La Jefa. Cuando teníamos un acto y venía alguna amiga suya (Montse, y otras cuyo nombre ahora no recuerdo), me presentaba orgullosa y divertida como “su jefe”, yo creo que porque le hacía gracia tener un jefe más joven que ella, y seguramente porque le hacía gracia también mi pinta un poco desastrada de hippy-pero-menos: aunque en realidad todos sabíamos que “la JEFA” era ella, como bien me hizo ver Luis Black Izar desde el primer día. Más jefa que su idolatrado Bruce. Jefa porque dominaba las situaciones, porque sabía casi siempre cómo responder, porque controlaba absolutamente el terreno de juego. 

La dignidad. Son pocas las personas de las que puedes aprender ese saber-estar-en-su sitio, aunque lluevan chuzos de punta. Y pese a todo, pese al enfado, el dolor, la desilusión, la indignación, pese a todos esos momentos oscuros que alguien inevitablemente vive a lo largo de su vida laboral, sabía mantenerse firme, profesional, íntegra. Sin fisuras, de una sola pieza. 

La integridad. Algunas personas la llevan marcada en las líneas de la mano, decía mi amiga Nathalie: “la línea del deber”, la llamaba (el camino del dharma, dirían otros). Yo no sé leer las manos, y por tanto no pude fijarme si en la palma de las de Marije estaba esa línea trazada: pero si puedo decir que he conocido pocas personas con un sentido tan claro e inmediato de lo correcto, en cada momento. Y eso es más que un valor seguro cuando estás trabajando codo a codo, tomando decisiones: es también una dirección a seguir en la vida. 

La sonrisa. Hay sonrisas luminosas. Qué voy a deciros de la sonrisa de Marije a los que la conocíais. Ya solo con su sonrisa te abrazaba y te cargaba de luz. 

Una carta. Creo que le gustaban las cosas que escribía: pero nunca uno se imagina a si mismo escribiendo la necrológica de su amiga, de Marije (mi Jefa). Por eso prefiero imaginar esto no como una necrológica, sino más bien como una carta. Una carta que te mando allí donde estés, en ese camino de retorno que has emprendido (¡tan pronto!) y que todos tomaremos algún día. Así que espero que esta carta te guste también.

Marije y Richard. Richard y Marije. Para mí sus nombres siempre van juntos, y por eso le quiero dirigir esta carta a Richard también, porque imagino cómo estará y porque me gustaría que pudiera hacerle un poquito bien. Los dos me recibieron juntos cuando Patxi Azpillaga me presentó para sucederle en la oficina de Gestión Cultural (GESCU, luego BizBAK, EHUkultura después); y de los dos juntos me despedí cuando decidí marcharme. Cómo me costó, algo más de tres años después, llevarlos a la terraza de Bizkaia Aretoa para explicarles que me iba, que ya no creía en el proyecto. Y ver sus caras. De inmediato entendí que Marije ya lo sabía, porque ella sabía muchas cosas antes de que se dijeran o de que pasaran. Y fueron muy generosos aceptándolo, como siempre. Aun sabiendo que yo podía decidir marcharme, y ellos se tuvieran que quedar.

Gigantes. Es increíble los lazos que se pueden crear entre tres personas cuando tienen que afrontar juntos momentos de adversidad; y también en los momentos de plenitud, claro, cuando nos sentimos como gigantes. Así que no puedo sino agradecer a la vida que te pusiera en mi camino, Marije, por todos y cada uno de los minutos que pasé contigo, contemplando ese espacio entre los peces y la luna mientras estuvimos juntos, aquí, como lo estaremos allí.

Gabriel Villota Toyos