Javier Taks es antropólogo, docente e investigador de la Universidad de la República, Uruguay. Desde 2013 coordina la Cátedra Unesco de Agua y Cultura. Sus líneas de investigación giran en torno a la cuestión ambiental, en particular sobre antropología del agua. Taks es uno de los expertos que intervienen en la jornada que, bajo el lema ‘Ordenación territorial y globalización: ¿podemos mantener nuestra identidad?', se celebra hoy en las Galerías Punta Begoña (Getxo), organizada por Jakiunde y el Grupo de investigación en Patrimonio Construido (GPAC) de la UPV/EHU, dentro del programa de Donostia-San Sebastián 2016.
Javier Taks, antropólogo y profesor de la Universidad de la República (Uruguay)
«El agua puede incluso definir un ‘nosotros' y sus fronteras»
- Entrevista
Fecha de primera publicación: 16/09/2016
Comencemos con una definición… ¿Qué es exactamente el agua? ¿Qué papel juega en la sociedad?
"El agua es lo que hacemos de ella", dice el geógrafo canadiense Jamie Linton. Se refiere a que más allá de la noción de agua moderna -homogénea, plausible de separarse de personas y ecosistemas, y entendida como objeto-, los significados cotidianos e históricamente sedimentados de las aguas son diversos de acuerdo a las prácticas concretas con esa cosa a veces líquida, a veces sólida, otras veces gaseosa. Pensar, representar, cantar las aguas son también prácticas humanas. Para un pescador es el medio donde pesca; para una familia que bautizará a su bebé es un líquido sagrado; para un químico quizá una molécula representada en su ordenador y para un ingeniero hidráulico, el elemento que tiene que hacer llegar de un punto a otro del territorio. El papel del agua en la sociedad, además de su valor de uso, es conectar distintos ámbitos entre sí: el campo y la ciudad, los barrios de una ciudad, las fronteras entre países. También es, según Iván Ilich, una metáfora que permite expresar muchos de nuestros más profundos sentimientos y en todas las lenguas hay expresiones sobre el agua necesarias para hablar de la gente, de las sociedades, de nuestras formas de entender la vida.
¿Cómo contribuye la cultura del agua en la generación de la identidad y en la visión territorial?
Como el agua está involucrada en toda la experiencia humana, necesariamente hay diversas culturas del agua. Diría que toda persona humana colabora en la producción y reproducción de alguna cultura del agua, con sus prácticas y la trasmisión de enseñanzas relativas a su uso y gestión. En algunos casos, algunas prácticas, representaciones y valores de estas culturas emergen y son propuestas con mayor o menor conciencia como indicadores de su identidad. Es decir, para definir un "nosotros" y sus fronteras, la relación con el agua puede ser central. La cultura azteca en Mesoamérica creó y creyó en un dios del agua – Tlaloc- que era la entidad y la fuerza creadora del mundo. Los holandeses –desde hace muchos siglos- crean su identidad colectiva a través del manejo de las aguas, entre otros rasgos. Sucede incluso que se puede definir un nosotros, una identidad colectiva, por un mal uso de las aguas, especialmente en estos momentos de creciente preocupación por el despilfarro o la contaminación de las aguas: "ensuciamos la costa", "vivimos de espaldas al río" o "no sabemos aprovechar el mar".
¿Cómo hemos llegado a entender el valor del agua como recurso patrimonial, paisajístico y cultural?
El estudio del agua-en-la-historia muestra una evolución de diversos paradigmas o formas de valorar, entender y relacionarnos con el agua, que se superponen en el tiempo. Hay luchas de sentidos, valoraciones que intentan predominar sobre otras: la sacralidad del agua, el agua como proveedor de higiene pública y/o el agua como recurso económico. La valoración crematística, por ejemplo, es decir, que el agua tiene un precio o un valor de mercado, es muy reciente, pero ha adquirido gran relevancia en el marco de la crisis de escasez de agua a nivel global. Este valor convive en tensión con la idea del agua como bien común, incluso con el agua como derecho humano fundamental.
«Lo inteligente es no traspasar los umbrales salud de nuestros ríos»
La idea del agua como valor patrimonial puede desplazarse hacia alguno de esos tres sentidos en pugna: ¿un patrimonio a explotar, como envasando y vendiendo agua? ¿Un patrimonio a disfrutar, como en una playa pública? ¿O un patrimonio natural a proteger, como un lago interior de una caverna sólo accesible para científicos?
Por otra parte, la comprensión del agua como recurso paisajístico tiene que ver con nuestro esfuerzo por comprender su carácter fronterizo. Es decir, un fluido que nos permite trascender la dicotomía entre cultura y naturaleza, pues si bien en algún momento predominaba la idea de que las aguas determinaban las civilizaciones, hoy entendemos que las civilizaciones determinan dialécticamente las aguas. Por ello, hay quienes proponen usar la idea de ciclo sociohidrológico, pues las relaciones entre las personas han pasado a ser una fuerza clave en la circulación de las aguas en el planeta.
La movilización ciudadana ha jugado un papel fundamental en su país, Uruguay, a la hora de reivindicar el derecho humano al agua. Pero también en otros lugares del mundo.
El movimiento social por justicia hídrica es de carácter mundial. Se desarrolla frente a la propuesta filosófica y práctica neoliberal en el capitalismo tardío de mercantilizar las aguas y privatizar servicios de provisión de agua potable, saneamiento e incluso servicios ecosistémicos. En Uruguay, este movimiento se expresó como una coalición ciudadana entre trabajadores de la empresa pública de agua, ecologistas, intelectuales y organizaciones de base de personas que sufrieron los resultados negativos de algunas experiencias privatizadoras, como aumento de tarifas, contaminación de fuentes de agua, servicios ineficientes o falta de información. Esta coalición impulsó un plebiscito para limitar la privatización, reconociendo en la Constitución de la República el agua como derecho humano fundamental, que los servicios de agua potable y saneamiento sólo podrían ser provistos por empresas públicas estatales y la necesidad de la participación ciudadana en la planificación, gestión y monitoreo de las aguas a partir de una regionalización del territorio nacional por cuencas.
La victoria del plebiscito por más del 64% de los votos fue contundente y puso al país como el primero que laudó la discusión aún vigente sobre la gestión pública o privada del agua potable y el saneamiento mediante voto popular. Luego hubo otras instancias de expresión ciudadana en ciudades, países e incluso en regiones como la Unión Europea. Uruguay fue sólo un emergente de procesos más amplios. Pone a mi país y a nosotros sus habitantes en un fuerte compromiso: convertir estos principios de derecho humano al agua, gestión pública y participativa y sustentabilidad en una realidad. En cualquier caso, la puesta en marcha a nivel global de la Agenda 2030 de los Objetivos del Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas provee un marco internacional para acrecentar el ritmo y alcance de nuestro compromiso local.
¿Conoce el caso de la regeneración de la Ría de Bilbao?
En 2015 estuve por primera vez en la zona de Bilbao y Getxo. Me acerqué perceptualmente al proceso de regeneración andando junto al río, sintiendo el orgullo de la gente del lugar y escuchando a mis colegas de la Universidad del País Vasco acerca de su visión y trabajo para mantener y continuar este proceso en los aspectos culturales, biológicos, hidráulicos y ciudadanos. Una primera lección es que existen instrumentos científicos y de política pública para recuperar espacios urbanos degradados, ecosistemas menos productivos y democratizar su acceso, al tiempo que se desarrolla la economía de una ciudad y una región. La segunda lección, quizá más importante, es que sería mucho más inteligente no llegar a traspasar los umbrales de depuración y salud de nuestros ríos y sus entornos, no sólo por lo costoso y engorroso de realizar las más pequeñas mejorías, sino porque no tenemos certeza de que sea siempre posible.