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César Coca

La filtración, punto de partida del (mal) llamado Periodismo de Investigación

Profesor titular de Periodismo (Departamento de Periodismo II), periodista y adjunto a la dirección de El Correo

  • Cathedra

Fecha de primera publicación: 22/04/2016

Uno de los conceptos relacionados con la información que goza de más prestigio en las últimas décadas y que ha cobrado un impulso enorme desde hace varios años es el de Periodismo de Investigación. Creo que su ascenso, hasta convertirse casi en un mantra que se repite en todas partes, es solo similar al de Periodismo de Datos. Ambos han venido a sustituir a otro que triunfó en todos los ámbitos hace una década, vinculado al auge de internet y las redes sociales y que hoy apenas nadie utiliza: Periodismo Ciudadano.

Vaya por delante que los conceptos de Periodismo de Investigación y Periodismo de Datos me parecen redundantes y, por tanto, innecesarios. No conozco otro periodismo que el que supone alguna dosis de investigación y el que contiene datos. Hasta los textos de opinión se basan en datos y en aspectos de la información que no sean evidentes para quien tenga una conciencia mínima de en qué mundo vive. Siempre ha sido así, pero hoy lo es aún más: el periodismo es una actividad profesional que no se puede limitar a recoger en textos mejor o peor elaborados lo que dice una nota de prensa o las palabras de un portavoz. Ejercer el periodismo obliga a indagar, preguntar, buscar otros datos que permitan comparar o contextualizar la información, tratar de hallar claves que expliquen lo sucedido; en definitiva, dar un paso más respecto del hecho simple o la declaración plana.

No ignoro que cuando popularmente hablamos de Periodismo de Investigación no nos referimos a cualquier información, sino a grandes temas habitualmente relacionados con asuntos que afectan a los núcleos de poder: sobre todo, la política y la economía. Ahí entran desde asuntos que emergen de las cloacas de los gobiernos hasta miserias de los líderes más conocidos, cobros de dinero fuera de la legalidad y evasión de impuestos. Por supuesto, el abanico es más amplio pero en esos capítulos se encierra no menos del 90% de los temas que se consideran típicos del mal llamado Periodismo de Investigación.

Y digo mal llamado porque en el origen de casi todos los temas (me pondré a salvo y no diré todos, aunque me cuesta hallar alguna excepción) hay una filtración. Un día, a una mesa de la redacción de un medio llegan un dossier, un listado, unas anotaciones, unas grabaciones… y ahí comienza todo. Por eso, cuando ante la aparición de algunos escándalos los afectados preguntan por qué esa información "sale justamente ahora" y "qué intereses hay detrás de su publicación", están poniendo el dedo en la llaga. Otra cosa es que su interés no sea abrir un debate sobre las filtraciones en el periodismo, sino desviar la atención de su responsabilidad. Pero el éxito de algunos medios en la difusión de informes que han terminado por enviar a la cárcel a determinadas personas no debe ocultar que el punto de arranque de esas informaciones tan comprometedoras estuvo fuera. Dicho de otra forma: los medios no disponen de recursos para conocer los nombres de quienes tienen cuentas opacas en bancos andorranos o bien operan a través de sociedades ficticias en Panamá para eludir pagos a Hacienda, ni los de quienes trabajan en la sombra para hacer campaña a favor de determinadas organizaciones o empresas. Si llegan a tener toda esa información es gracias a que alguien (una organización rival, un hacker, un empleado despedido que quiere vengarse, un infiltrado…) se la ha dado. Muchas veces, actuando de manera delictiva, por cierto. Por supuesto, un delito menor comparado con los cometidos por los autores del escándalo de que se trate, pero esa es otra cuestión.

A partir de ahí, el trabajo de las redacciones de los medios está en analizar esa información, buscar relaciones entre las personas que aparecen, tratar de explicar por qué sucedieron determinadas cosas, profundizar en las responsabilidades de unos y otros, y contar todo ello de manera precisa, rigurosa y atractiva. Un trabajo complejo y muy interesante, pero que no sería posible si alguien, un día, no pone a su disposición una enorme cantidad de información a la que nunca habrían llegado por sus propios medios.

Otra cosa es el verdadero alcance de esas informaciones. El asunto de los ‘papeles de Panamá' ya se ha cobrado varias víctimas. En cambio, ‘Wikileaks' apenas las causó. Frente a los extasiados ante la información que se fue publicando, que proclamaban a los cuatro vientos que aquello iba a cambiar la historia del periodismo, la realidad ha sido otra. No ha cambiado nada, porque los archivos que salieron entonces a la luz solo ratificaban cosas que ya se sabían: que en las embajadas hay espías, que Berlusconi organizaba orgías y se teñía el pelo, o que había intereses empresariales tras la invasión de Irak. Cualquier persona que leyera los periódicos con una cierta frecuencia estaba al tanto de todo ello. Como escribió un experto en temas diplomáticos, los asuntos relevantes no se dejan por escrito en ordenadores o redes que pueden ser pirateadas: se transmiten personalmente al ministerio, incluso muchas veces de forma oral. De esa forma, es difícil que el material sensible salga a la luz.

Sería bueno, por tanto, que habláramos con propiedad. No es preciso atribuir un carácter épico a todo. Por un lado, investigación periodística debería haber siempre en alguna medida. Lo mismo cuando se escribe sobre las listas de espera en los hospitales que acerca del estado de forma de unos deportistas o el patrimonio de líderes de la fuerza política que sea. Y, por otro, no pasa nada por reconocer que determinados grandes temas que de pronto estallan en el panorama de la actualidad habrían sido imposibles sin una filtración previa. Si llamamos a las cosas por su nombre, será más fácil que midamos con precisión el valor real de esas noticias.

 

Fotos: Mikel Mtz. de Trespuentes. UPV/EHU.