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Sara de la Rica

La universidad ante la crisis

Catedrática de Economía de la UPV/EHU

Fecha de primera publicación: 19/05/2015

La crisis económica hace patente y más urgente un uso eficiente de los recursos, en un contexto de recortes como en el que ahora nos encontramos  y en el que previsiblemente seguiremos en los próximos años. A su vez, la transformación que España necesita para asemejarse a las economías avanzadas pasa por la universidad como motor ineludible de la formación y generación de capital humano que dote a nuestros estudiantes de las destrezas necesarias para hacer frente a los cambios económicos, sociales y tecnológicos que se están sucediendo y que sin duda se acelerarán en el futuro.

Vivimos en un mundo globalizado en que los estudiantes universitarios se van a enfrentar a una gran competencia por los puestos de trabajo cualificados. La movilidad geográfica y los cambios de empleo serán la tónica general en su vida laboral. Su principal "mochila" será el capital humano. Con él competirán frente al resto de candidatos a un puesto de trabajo. Para que esta mochila tenga los enseres que les permitan ser competitivos es imprescindible, más allá de los conocimientos que adquieran en la universidad, mostrar actitudes favorables al esfuerzo, encontrar satisfacción en lo aprehendido y sentirse motivados en la búsqueda del conocimiento.

Estos valores son una pieza clave para que su capital crezca y se adapte a los cambios necesarios a los que sin duda se enfrentarán en la vida laboral. La pregunta que debemos hacernos desde la universidad es si contribuimos suficientemente a que nuestros estudiantes  se doten de estos elementos. Mi respuesta es que tenemos mucho margen de mejora y que esta es una tarea a la que todos, alumnos, profesores y dirigentes de la universidad, debemos encomendarnos.

Por parte del alumnado, una primera concepción errónea que se tiene en general es que el coste de la universidad se refleja en las tasas académicas. No se ha insistido lo suficiente en que cada alumno de la universidad pública disfruta de un subsidio anual medio de unos 5.000 euros, una vez descontado el pago de tasas académicas. La percepción extendida de que la universidad pública es "barata" no ayuda a que se valore lo que uno pueda obtener de ella. Y si además los suspensos no se penalizan suficientemente en términos de recorte del subsidio, el coste de oportunidad del esfuerzo es ciertamente mínimo y genera la falta de la actitud necesaria que observamos en algunos estudiantes. Es más necesario que nunca, en la coyuntura de escasez de recursos, que los alumnos valoren lo que la universidad pública les ofrece a un precio que paga toda la sociedad con sus impuestos.

"El profesorado debe transmitir al alumnado la valoración del esfuerzo y la inquietud por aprender"

Pero el valor del esfuerzo y la inquietud por el aprendizaje continuo no dependen solamente del coste real o percibido de la educación universitaria pública. El papel de los profesores en la transmisión de estas inquietudes es fundamental para que los alumnos adquieran estos valores. Aquí los profesores debemos tomarnos muy en serio nuestra actividad docente. Debemos ser conscientes de la necesidad de transmitir no sólo los conocimientos propios de las asignaturas que impartimos, sino de despertar la inquietud por el conocimiento, la satisfacción del aprendizaje. Directa o indirectamente, nuestra labor está ligada a nuestra investigación, y debemos aprovechar el hecho de que realizamos investigación en aquello que nos apasiona y que ha despertado nuestra inquietud por aprender para despertar la misma inquietud en nuestros alumnos. Para que esto suceda son necesarios los incentivos adecuados. La universidad debería reconocer más explícitamente la labor del buen docente, reconocimiento ahora inexistente, dado que los quinquenios de docencia se otorgan automáticamente, al margen de la calidad demostrada.

Al margen de los retos a los que nos enfrentamos dentro de la universidad, de los cuales he destacado aquí sólo algunos relativos a la formación, nos enfrentamos también a un reto fundamental: la transferencia del conocimiento que adquirimos a través de nuestra investigación. En la sociedad del conocimiento a la que debemos dirigirnos, la universidad y el mundo de la empresa deben ir necesariamente de la mano.

Desde la universidad debemos reforzar las actividades de investigación aplicada y la transferencia tecnológica, sin descuidar, por supuesto, la investigación básica. Desde el mundo de la empresa debe reconocerse el valor del conocimiento que la universidad aporta. Pero para que estas sinergias se produzcan es necesario diseñar un sistema claro de incentivos económicos y profesionales que generen las condiciones necesarias para que esa colaboración se produzca. Se están comenzando a dar los pasos adecuados en nuestra universidad, pero es importante que se consoliden las iniciativas en esa dirección.