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Félix M. Goñi
Ciencia y religión
Bioquímico
- Cathedra
Lehenengo argitaratze data: 2017/02/03
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Soy científico y creyente (cristiano), y esto no me parece en modo alguno incompatible. Los científicos somos, en el imaginario popular, ateos o agnósticos, pero la realidad es otra. Sin datos numéricos en la mano, me atrevería a afirmar que entre los científicos hay tantos creyentes como entre las arquitectas, los peluqueros o las notarias. O sea, muy pocos, pero no menos que en otras profesiones. Es cierto que hay científicos distinguidos que han expuesto y defendido públicamente su increencia, y en cambio han sido escasos los que abiertamente han dado a conocer su fe. Quizá se deba esto a que los científicos somos, con los filósofos, los principales usuarios de esa maravillosa herramienta que es la razón humana, y con la pura razón es fácil defender la increencia, pero imposible argumentar la fe. Sin embargo, la razón no se aplica a todos los ámbitos de la vida humana, ni siquiera a los más importantes. No nos guía la razón cuando nos enamoramos, ni cuando nos maravilla una cantata de Bach, ni cuando contemplamos el panorama desde un monte de esforzada ascensión. Y tampoco cuando esperamos, contra toda esperanza, que nuestras vidas tengan un sentido trascendente. El racionalismo, cuando considera la razón como único criterio de actuación y pensamiento, se convierte en un fundamentalismo más, felizmente ignorado por la mayoría, incluso, de los científicos.
Es un error común el suponer que ciencia y religión son intrínsecamente incompatibles. Más bien, a lo largo de la historia los enfrentamientos se han producido entre científicos y eclesiásticos, o entre ciencia e iglesia, lo que es muy diferente. En la casi totalidad de los casos, los malentendidos han sido causados por la actuación de las iglesias al intentar opinar, cuando no dogmatizar, sobre cuestiones que no eran de su competencia. La cosa es sencilla: los temas accesibles a la sola razón pertenecen a la ciencia. La verdadera especialidad de la ciencia es la razón, y es muy difícil batirle en ese terreno. Pero la ciencia tiene sus limitaciones, impuestas por lo que se ha venido a llamar el "método científico". La principal, y obvia, es que la ciencia solo puede discurrir sobre objetos o fenómenos reproducibles, u observables con regularidad, o al menos sobre abstracciones (por ejemplo, los números) susceptibles de someterse a la razón. En general, para su progreso, la ciencia necesita hipótesis que puedan ser o refutadas o reforzadas por métodos racionales. Cuando las hipótesis no pueden ser así puestas a prueba, dejan de ser científicas. La "hipótesis de Dios" sería una malísima hipótesis, por la imposibilidad de comprobarla. Parece claro que un dios no puede caber en la razón de su criatura. En contra de lo que se nos enseñaba, Santo Tomás de Aquino no intentó "demostrar" la existencia de Dios con sus famosas "cinco vías". Era demasiado buen filósofo para eso. Se oyen a veces cosas como: "Yo no acepto/creo más que lo que se puede demostrar por la razón/científicamente". Quienes esto dicen ignoran el principio, indemostrado e indemostrable, en el que se basa toda la ciencia, a saber, que la naturaleza sea accesible a la razón humana. Desde hace unos veinticinco siglos trabajamos basados en esa suposición, la verdad es que no nos ha ido mal con ella, pero, insisto, no la podemos demostrar. O sea, que el racionalismo a ultranza tiene poca base.
De los diversos intentos de facilitar la convivencia de ciencia y religión me gusta el de Stephen Jay Gould, científico y filósofo de la ciencia, judío agnóstico que miraba con simpatía el fenómeno religioso. Gould propuso la regla NOMA (non-overlapping magisteria, o magisterios no coincidentes) para explicar que tanto la ciencia como la religión tenían cada una un cuerpo de conocimientos, o "magisterio", sólo que trataban de asuntos muy distintos, que no coincidían en la práctica en ningún punto. Yo creo que NOMA, como toda buena regla, necesita de una cierta flexibilidad. Así, me alineo con los que consideran que la ciencia ha cambiado nuestra visión de Dios, naturalmente que sin pretenderlo. Y también creo, aunque esto sea más discutible, que nuestra idea de Dios ha podido influir en la ciencia (más allá del efecto estimulante que las críticas de las iglesias han tenido en ciertos investigadores, lo que está fuera de toda duda).
Otra idea, muy extendida en el gran siglo de la ciencia (me refiero al siglo XIX), es la de que la ciencia acabará por explicarlo TODO, y ya no quedará hueco para el misterio ni, por ende, para la religión. Hoy día hay pocos científicos que apoyen este punto de vista. La razón es que, según experiencia común de los investigadores, cuando estos se enfrentan a un enigma, y logran descifrarlo, en el proceso aparecen varios enigmas nuevos cuya existencia ni se sospechaba. El resultado es que, cuanto más crece nuestro conocimiento, más aumenta la conciencia de lo que ignoramos. Acabamos de explorar un charquito y se nos revela detrás un océano desconocido. Así pues, el día en que la ciencia acabe con el misterio no parece cercano.
A mí me gustaría que existiesen hoy en día unos buenos debates ciencia-religión, como las discusiones épicas entre Thomas Huxley (amigo de Darwin) y el obispo Wilberforce sobre la evolución, o las muy aceradas entre Bertrand Russell y el jesuita P. Frederick C. Copleston, retransmitidas por la BBC en los años cuarenta. De estos debates salían reforzadas ambas, la ciencia y la religión, incluso si en su tiempo esto no era inmediatamente percibido. Pero en éstos que el alcalde Tierno llamó "tiempos de incuria y atrevimiento" lo que predomina en nuestros conciudadanos es una ignorancia bobaliconamente satisfecha ante la ciencia, y una actitud nini, ni creencia ni increencia, en temas religiosos. A pesar de mi presunta religiosidad, mi propuesta en este campo no es "por la paz, un avemaría" sino, por la vitalidad de la ciencia y de la religión, un buen debate.
Argazkia: Mikel Mtz. de Trespuentes. UPV/EHU.