“Mañana continuamos. Ahora tengo que preparar la clase”. Recuerdo esta frase como un punto y seguido constante que suspendía toda conversación, reunión de proyectos de investigación y tarea. Una frase inocente, pero que dejaba claro cuál era la verdadera pasión de este “parlamentario de las aulas”.
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In memoriam
Paco Letamendia Belzunze, 'Ortzi': «Mañana continuamos»
- Crónica
Fecha de primera publicación: 30/04/2026
Paco Letamendia, el hombre que, puño en alto, fue icono de la transición, necesitaba pararlo todo antes de sus clases. Necesitaba enfrascarse en sus apuntes abigarrados y repasar con atención las notas de su siguiente lección para encarar la devoción sagrada con la que se enfrentaba al ritual de la enseñanza.
Paco mostraba un respeto reverencial, casi místico, hacia los y las ausentes, los “nadie”, las personas olvidadas. Y, desafortunadamente, en nuestras universidades, el alumnado tiende a ser un “eterno invisible”. Pero Paco ponía en el centro de sus responsabilidades al estudiantado. Decía que éramos afortunadas las personas que enseñábamos en la universidad. Que estábamos en la única profesión en la que podíamos hacernos viejos, viendo cambiar el mundo en unos rostros eternamente jóvenes.
Profesor emérito de Ciencia Política, Paco Letamendia entendía que la política podía y debía buscar la felicidad. Su mirada siempre buscaba poner en el centro a los sujetos desplazados. Sobrecoge escuchar una de sus primeras intervenciones en el Congreso español. Este diputado, único representante en el hemiciclo en oponerse a los Pactos de la Moncloa y autor de una enmienda que proponía incorporar el derecho de autodeterminación a la Constitución Española comienza su ciclo parlamentario hablando de los y las presas sociales. Menciona expresamente a María Isabel Gutiérrez Velasco, mujer que apareció calcinada en una celda de la prisión de Basauri en 1977; esa “lunática” cuya memoria restaurará, 35 años después, la periodista y feminista Andrea Momoitio. Mujer olvidada, encarnación del sufrimiento oculto en las calles vascas, a la que Paco situará en el centro de los discursos de la transición donde reclama el carácter político de unos presos sociales a los que el franquismo abocaba a la exclusión. “No basta adornar la jaula. Lo que hace falta es no convertir a personas en pájaros para tener motivos después para enjaularlos”.
No extraña, con esta sensibilidad siempre atenta a los sujetos ausentes, olvidados, sepultados, que Paco intentara llevar la docencia universitaria de la EHU a algunos de los lugares más pobres de la tierra. En 2012, Paco recorrió los Andes para crear dos programas de postgrado en ciencia política. Este acompañamiento a los pueblos ancestrales dejó huella en una trayectoria prolífica en el análisis de las minorías nacionales. Se concretó en la publicación, en 2011, de dos libros: Pueblos y fronteras en el altiplano andino, e Indigenismo en Suramérica. Los aymaras del altiplano, editados ambos por la editorial Fundamentos.
Y es que otra de las pasiones de Paco fue la escritura. Era un personaje enciclopédico, tanto por su inmenso saber, como por su extrema meticulosidad, que se concretaba en obras pormenorizadas y exhaustivas como sus estudios sobre la historia de ETA, el sindicalismo o la cultura de Occidente. Auténticas enciclopedias con una minuciosidad y un detalle extremos. Trabajos de consulta obligada para el análisis político. El agudo acercamiento a los grupos armados nacionalistas en Juego de espejos: conflictos nacionales centro-periferia en el que los define como “contra-estados”. O la premonitoria caracterización del “sindicalismo de contrapoder” como expresión de la tendencia presente en algunos movimientos institucionalizados a asumir tendencias rupturistas, y que se explicita en su análisis ELA 1976-2003: Sindicalismo de contrapoder.
Su obra magna, Cultura política en Occidente. Arte, Religión y Ciencia es un hercúleo esfuerzo concretado en cinco volúmenes, en los que Paco nos muestra cómo las expresiones artísticas, los dogmas religiosos o la forma en la que se aborda la ciencia se relacionan con el poder, pero también con lo político, en un juego en el que la potestas siempre tiene en frente a la potencia de la transformación.
Paco Letamendia ha dejado huella en la academia por su erudición y trabajo incansable, y Ortzi es icono de la transición por dimitir del Congreso de los Diputados, puño en alto, al grito de Gora Euskadi Askatuta y Gora Euskadi Sozialista. Diputado de EIA y posteriormente figura icónica de Herri Batasuna junto a personalidades de la talla de Telesforo Monzón o Periko Solabarria, este gigante de nuestra historia atravesó su vida política y militancia con un profundo compromiso intelectual. No hay un antes y un después sino un continuo en el que, como Jano, el Ortzi militante se funde con el Paco intelectual.
Si en lo público Paco presentaba una imagen contundente de dios homérico, lo cierto es que en lo privado brillaba su espíritu travieso, burlón y una actitud de disfrute. Su imagen plácida con las manos entrelazadas sobre la barriga mientras sonreía cerrando los ojos me recordaban a la pose de un divertido y entrañable sátiro. Siempre recordaba, entre risas pícaras, que tenía preparada una dimisión menos heroica.
Me atrevería a decir que el goce ha jugado un papel clave en la vida de Paco. A pesar del sufrimiento por su exilio, del hambre y la miseria sufrida en años de ostracismo y olvido interesado de quienes previamente le aplaudían, a pesar del repugnante proceso de manipulación que le impidió acceder a la cátedra que, contraviniendo la decisión de la EHU, un tribunal concedió a una persona que, una vez catedrática, no volvió a pisar nuestra universidad, que ahora se dedica al hooliganismo político y cuyo libro presentado al concurso sería prologado por un Juan Linz que solo pudo glosar su “simpleza”… a pesar de todo, Paco, nuestro Paco, ponía en el centro el goce.
En primer lugar, el disfrute del arte. Paco siempre recordaba cómo las conversaciones mantenidas de niño con su tío, el escultor Chillida, confluyeron para catapultar su interés por el arte. Un interés que se convertía en fascinación en el caso de El Bosco, en cuyos retratos y pinturas Paco encontraba el espíritu de la protesta “gracias a un realismo increíble que refleja el dolor de un pueblo tras unos rostros castigados por el suplicio, el infierno”.
Cómo no, el goce de la comida. Paco no solo era conocido en el Congreso por sus intervenciones díscolas y sus eternos enfrentamientos con Manuel Fraga, a quien no dudó en calificar en una de sus intervenciones como “un fascista”. También era conocido por sus gustos y conocimientos gastronómicos. Como recordaba, muchos de los electos de la capital del Reino preguntaban dónde comer en Madrid, como él decía con sorna, “a este basajaun con barba”. No extraña, en consecuencia, que Paco coordinara años después un delicioso libro, en el que participa, entre otros, Manuel Vázquez Montalbán, Cocinas del mundo: la política en la mesa. Y es que la comida fue una excusa, también, para un trabajo pionero con el que Paco avanzó, gracias a los proyectos de colaboración Euskadi-Navarra-Aquitania, en el trazado de los mimbres de la territorialidad transfronteriza vasca. Algo que siempre tuvo en mente. Estoy en deuda con Paco por haberme animado a analizar la realidad de Iparralde. Esa fortuna nos unió para siempre en la dirección de mi tesis, gracias a la que gané un amigo y un padre intelectual.
Finalmente, cómo no, el goce por la familia. Quienes tanto hemos aprendido de nuestras compañeras feministas del Departamento de Ciencia Política, sabemos que lo personal es político, que la ternura es el motor del cambio, que el amor es la aceptación de la otro, el otro y lo otro como legítimo otro. Paco, ese gigante con los pies en el barro, que se arremangó para luchar por un país y un mundo más libre, que fue abogado laboralista, defensor en el proceso de Burgos, diputado dimisionario con puño en alto, sabio y maestro, amigo… ese hombre gigante de nuestro pueblo y orgullo para nuestra Euskal Herriko Unibertsitatea, se convertía en un adolescente de sonrisa pícara y brillante cuando pensaba en su mujer, en un abuelo entrañable cuando hablaba de sus nietos y en un guerrero incansable en el cuidado de sus hijos. Paco era un sujeto libre. Pero creaba trama. Hacía red. Hacía familia.
Al acabar este viaje de la memoria te imagino diciendo: “mañana seguimos. Tengo que preparar la siguiente clase”. Y la emoción, el orgullo y el respeto me embargan.
Eskerrik asko, Paco.
Este país, esta universidad, tus compañeros y compañeras y yo, personalmente, hemos tenido la gran fortuna de tenerte al lado.
Agur Ortzi!
Aurrera Bolie!
Igor Ahedo Gurrutxaga
Profesor del Departamento de Ciencia Política y de la Administración