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Sare sozialak campusa

Víctor Iturregui García de Motiloa

La mirada indiscreta. Sobre la utilidad de las imágenes y los relatos en la cultura contemporánea

Profesor adjunto del Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad

  • Cathedra

Fecha de primera publicación: 17/12/2025

Profesor adjunto del Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad
Profesor adjunto del Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad | Foto: Miguel Espiga

Durante el mes de diciembre de todos los años habidos y por haber, los medios de comunicación e individuos de cualquier laya se afanan por publicar, en diversos canales y perfiles de redes sociales, sus “favoritos” del año. Ya sean estos libros, discos, películas, videojuegos o momentos, gran parte del material generado y mostrado en el ágora digital pertenece a este pseudogénero periodístico/categoría de contenido fácil de hacer y aún menos complejo de consumir. 

Para muestra, un botón: el célebre Spotify Wrapped, en el que los usuarios del dominante servicio de música comparten sus datos de escucha. Esta es sin discusión la estrella de las historias de Instagram y TikTok a lo largo de las últimas semanas del año. Del mismo modo, la creciente e influyente Letterboxd, red social de la cinefilia milenial, ofrece su “Year in Review”, en el que los usuarios pueden recordar y hacer ver a sus seguidores de qué actriz han visto más películas o a qué cineasta han valorado mejor en sus críticas.  

Por la parte, digamos, profesional se hacen paso a codazos, entre noticias y reportajes sobre el encendido de las luces de Navidad, la Lotería y el precio del marisco, listas de “lo mejor de”. Rankings donde las secciones de deporte, cultura y sociedad rellenan páginas y minutos de forma casi automática cuando ya no hay nada que decir, o cuando de lo que realmente hay que hablar queda eclipsado por aquellos titulares que hacen el agosto en pocos días de diciembre. 

Así las cosas, lo que emparenta a todas esas manifestaciones es la superficialidad y su naturaleza efímera. Que no se desprenda del comentario anterior una crítica retrógrada o clasista, ni mucho menos. La exposición pública, el chascarrillo, los escapes de narcisismo y aprobación en forma de fotografía o me gusta configuran un “pecado” cultural del que pocos nos libramos (jóvenes y mayores), seducidos por eso que ahora se llama FOMO (fear of missing out), que no es otra cosa que el anglicismo cool (otro anglicismo) para decir que es malo no estar a la última. Por muy a la contra que se quiera ir en la palestra contemporánea, cada vez es más costoso para mucha gente abstraerse de la realidad digital (que sigue siendo parte de la realidad a secas, aunque a veces vaya en contra de ella). 

Poco de esa mera exposición social, de ese disfrute efímero de cara a la galería, figura en las páginas del libro recientemente publicado por el Servicio Editorial de la EHU, La imagen indiscreta. Guía para no perderse en la aventura audiovisual del siglo XXI (2025). Como bien indica su título, las autoras y autores que lo conforman se asoman a los relatos de nuestro tiempo desde la osadía y con el ánimo de ofrecer una cartografía clara a quien emprenda el periplo. Un mapa limpio contra ese miedo a perderse la moda más urgente, a no haber visto el estreno de marras de la plataforma X, a no haber conseguido entradas para la gira de Rosalía. 

Al contrario, el cometido de ese libro no es otro que ofrecer un estudio crítico acerca de relatos audiovisuales que se balancean entre lo institucional y lo disidente. Miradas indiscretas hacia imágenes indiscretas desde diversos puntos de vista teóricos, metodológicos e ideológicos. En sus capítulos, con todo, subyace un ánimo interpretativo común que se quiere contagiar al lector: el de hurgar en la superficie de los relatos mediáticos para saber qué nos cuentan en el fondo. 

Piénsese, además, en que sus páginas se han redactado detenidamente, que se ha atravesado un lento y extenso proceso de revisión y publicación. Que las autoras dedican miles de palabras para abordar su objeto de estudio. Condicionantes que chocan frontalmente con la inmediatez y la falta de profundidad de las historias de Instagram o de los tuits mencionados anteriormente. Insisto, todo eso es valioso, pero no debería ser la tónica general en detrimento de ese disfrute pausado y concienzudo. En ese sentido, la mera existencia de este libro, su publicidad, su comercialización, interrogan asimismo su propia utilidad en un mercado cultural superpoblado y salvaje. Con total seguridad, este libro no aparecerá en ningún listado de las grandes cabeceras, ni se pretende que lo haga. 

Los libros no leídos, para Umberto Eco, eran casi más importantes que los ya destapados, porque incitan al descubrimiento. María Pombo y Javier Gomá, cada uno en sus términos, discutieron ese mantra de que “leer nos hace mejores”. Cierta “analfabetización selectiva” tampoco es tan grave cuando uno ve quiénes coronan los podios y a quiénes se otorgan los premios gordos. Quizás la clave resida en preocuparse más por la vida y no tanto por la calidad y la cantidad de lo que leemos durante lo que esta dura. 

No queda duda de que la divulgación y la academia (esta última con mayor razón) deben adaptarse a los nuevos lenguajes, intereses y modos de consumo. No obstante, hay que reivindicar el papel, el detenimiento, el ensayo, sea en el medio que sea, y no por una defensa fetichista y vacua de lo viejo sobre lo nuevo. Al igual que los conciertos se mantienen como el bastión artístico del espectáculo en vivo, y que el cine en salas se defiende por activa y por pasiva, la escritura/lectura para uno mismo y su transmisión a los demás se vuelven fundamentales en tiempos de individualismo y aceleracionismo. 

De poco sirve un wrapped, un envoltorio, si después lo rasgamos y tiramos el papel a la basura. Bienvenidos sean los tops, los rankings, las listas, las stories y los resúmenes, por la innegable diversión y la curiosidad que subyacen a ellos. Bien conservadas estarán las formas y formatos de antes, en tanto que de ellas surgen las maneras y las modas de ahora y de después. Porque el saber sí ocupa lugar (y tiempo, y esfuerzo, y ganas), y aunque no lo parezca, hay sitio para todo en nuestras cabezas y en nuestras bibliotecas. Solo es cuestión de equilibrio.