Carlos Santamaría y su obra escrita

 

A un amigo joven

 

El Diario Vasco, 1959-12-13

 

      Inútilmente te empeñas, amigo mío, en tratar de interpretar «nuestro tiempo» según esas teorías tuyas tan raras, en las que ni tú mismo crees. En vano te empeñas en ver ese «nuestro tiempo» a través de tu cristal de aumento como si fuese una mosca rara.

      «Nuestro tiempo» ¡El tuyo y mío y de nuestros dos mil cuatrocientos millones de compañeros de Humanidad! ¡A saber lo que es y de qué urdimbre está tejido!

      ¿No ves que eso de querer juzgar el instante en que se está, es una pretensión demoníaca, un «querer-ser-como-Dios» que ni tú ni yo, ni hombre alguno, está en condiciones de realizar?

      Nadie supo jamás del tiempo en que vivía, ni de la situación que ocupaba en el océano del evo. ¡Loca aventura la de la gota que intentó separarse del mar, para desafiarlo desde fuera!

      Déjate, pues, de interpretaciones y conténtate, si aún te quedan fuerzas, con seguir machacando segundos, al compás de la caravana.

      Aprende a ser gota inmensa en el océano. Gota consciente y pensante, cierto, pero gota al fin y a la postre.

      Sin duda puedes hacer cosas mejores que ponerte a diagnosticar sobre el sino de nuestra época, si realmente quieres aprovechar la ocasión que Alguien te ha dado de vivir en ella.

      Dime, si no, ¿dónde pondrías los pies para ver fluir el agua entre tus dedos? ¿Tienes acaso un coturno de eternidad que te permita elevarte por encima de los demás y mirarles desde arriba como si fueses algo?

      Además, el ahora no tiene dimensión, ni consistencia que te permita hurgarlo. Es huidizo por definición y efímero como las barbas de una nube.

      Apenas empieces a trillarlo con tus categorías, habrás comenzado a hacerlo pretérito y dejará de ser hoy para convertirse en ayer o en anteayer.

      Deja, pues, tiempo al tiempo y procura vivirlo lo mejor que puedas sin ponerte a medirlo, pesarlo y tasarlo, que eso no es cosa nuestra.

      Dentro de unos miles de años los hombres mirarán hacia nuestro flamígero siglo XX. Y lo verán lejano y brillante como una estrella. De todo este mundo de hechos y de cosas que nos rodean, apenas si retendrán unos pocos nombres. El resto se habrá perdido en la noche y sólo sabrá de ello ese Alguien a quien debemos la posibilidad de pasear nuestra fugacidad sobre el teclado de las eternas armonías.

 

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