Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Pintores abstractos (II)

 

El Diario Vasco, 1960-01-03

 

      No descubro ningún secreto —el lector asiduo de mis «Aspectos» se habrá dado ya cuenta de ello— al decir que siento una especie de simpatía temperamental hacia los rebeldes, es decir, hacia toda clase de rebeldes, sean del género que sean y por el hecho mismo de que lo sean.

      A causa de esta enfermedad o debilidad que padezco, la «Exposición de los 10» que estos días se celebra en San Sebastián con cuadros de María Paz Jiménez, Gonzalo Chillida, Ruiz Balerdi y otros siete pintores más, me ha interesado mucho. De ello pido perdón al lector de ideas conservadoras, suponiendo que tenga alguno.

      He visto allí cuatro o cinco pinturas abstractas que no sólo me han interesado, sino que han llegado a impresionarme.

      ¿Por qué? Eso es lo que yo me pregunto.

      ¿Qué ha encontrado mi espíritu en esos conjuntos de masas, formas y embriones de formas, oquedades, fisuras, etc., iluminadas en extremo —o, al contrario, tenuemente iluminadas— por luces que en algunos casos provienen de fuera y en otros se diría que emanan del interior mismo de los cuerpos? ¿Qué ha encontrado ahí mi espíritu —repito— para que así le haya sentido encalabrinarse?

      ¿Puede el pintor abstracto, mejor aún que el figurativo, pintar y comunicar estados de espíritu? ¿Existe una correspondencia auténtica entre lo que él pinta, arrancándoselo de sí mismo y lo que en mi interioridad se manifiesta a la vista de su obra?

      Estas son las cuestiones que a mí me interesan. Los aciertos técnicos, las soluciones, más o menos elegantes, que el autor haya dado a las dificultades de realización, me tienen sin cuidado, pues esta clase de enjuiciamientos técnicos —lo mismo en pintura que en teología— no son a menudo sino un modo de evitar el tener que encararse con el misterio.

      En el arte figurativo parece existir un nexo entre el artista y su público, que es la «cosa» figurada, reproducida, imitada o simplemente evocada en la obra de arte.

      Colocado ante ésta el espectador realiza un esfuerzo para entenderla», sin que sea fácil decir en qué ha de consistir tal entendimiento. A la mayor parte de la gente le parece que este entender la obra de arte radica en poder responder a la cuestión: «Y esto ¿qué es? ¿Qué representa?».

      A lo que se contesta, por ejemplo: «Esto es un caballo». O bien: «Este es Fulano y se le conoce en las patillas y en las cejas, que las tiene muy espesas». Después de esto, uno se queda tan tranquilo como si esa respuesta significara algo realmente.

      «Fulano» es aquí la «cosa» figurada. Obsérvese que el artista podía haber prescindido de él y hasta tal vez hubiera hecho bien en hacerlo. En realidad este hombre peludo no es más que la materia suministradora de formas, superficies, luces, etc. No sólo no es un nexo entre el alma del espectador y el alma del artista, sino que constituye más bien un obstáculo que se interpone entre ambos, distrayéndoles de una auténtica comunicación.

      En un estadio primitivo de la civilización, el arte ha podido tener una finalidad mimética o imitativa. En la fase actual el fin de la obra artística parece ser más bien la revelación del mundo interior del artista, un contenido de sensaciones, percepciones y descubrimientos que él ha realizado en torno y dentro de sí y que intenta comunicar a «otro», a cierto «otro» indefinible.

      Se trata, pues, de fijar y revelar estados de alma. Al revelárselos a los demás, el artista se los revela a sí mismo. En toda obra de arte hay, pues, una revelación y el primer admirado es el autor.

      La pintura abstracta no es, a mi entender, una aventura pasajera, sino algo que va a imponerse en el futuro como un nuevo aspecto de la expresión estética, una especie de pintura musicalizada, a la que las generaciones venideras irán habituándose, considerándola como algo contiguo pero distinto de la pintura figurativa. Otro tanto se diga de la escultura abstracta. Una y otra encubren la escandalosa pretensión de revelar estados desnudos de alma sin tapujos ni estorbos figurativos.

      Claro que para completar estas ideas haría falta que precisásemos lo que entendemos por «estados de alma», expresión sumamente equívoca y que se presta incluso a interpretaciones burdas. En ella vería yo implicado a un mismo tiempo un abundante material sensitivo unido a un no sé qué de inmaterial y trascendente formando todo ello un conjunto nada fácil de inventariar.

      Pero no nos detendremos ahora sobre este punto capital, dejando a cada lector que lo interprete como mejor le parezca, lo que no compromete a nadie.

      Vuelvo así al comienzo de mi disertación sobre pintores abstractos —siempre se acaba volviendo al comienzo— cuando hablaba de la impudicia unamuniana y de la resistencia de otros escritores vascos a revelar su verdadero mundo interior.

      El pintor abstracto es, según mi teoría, un impúdico de marca mayor, un nudista del espíritu. Y en esto consiste su verdadera y genial rebeldía. Lo que hace falta es que sea auténtica. Falta saber, en efecto, si hay autenticidad en la actual pintura abstracta y si aquel denodado propósito es realizable de modo pleno y satisfactorio en el tiempo presente.

 

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