Carlos Santamaría y su obra escrita

 

Derechos del hombre

 

El Diario Vasco, 1968-03-17

 

      Se conmemora este año el vigésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.

      Nadie, o casi nadie, cree ya en la eficacia de aquel famoso documento, porque en estos veinte años han ocurrido y siguen ocurriendo en el mundo cosas terribles, sin que una simple declaración de intenciones pueda servir para impedirlas.

      Conviene recordar ahora el momento histórico en que nace la Declaración, que es el fin de la guerra contra Alemania de Hitler. La victoria de las democracias suscita entonces una ola de esperanza y de humanitarismo. Cincuenta y dos millones de muertos había costado la guerra. Era necesario hacer algo para tranquilizar la conciencia de la Humanidad.

      Y una de las cosas que se hicieron fue precisamente ésta, la declaración Universal, no demasiado costosa, ni demasiado difícil, ya que todo se reducía a redactar un papel que cada Estado podía interpretar luego con arreglo a sus propios intereses y a su propia política.

      A los jóvenes inquietos de hoy, que estudian la historia contemporánea y están pasablemente informados de la situación del mundo, esta Declaración debe parecerles una cosa rara o, lo que es peor aún, una enorme hipocresía.

      Confesemos que estos jóvenes tienen cierto derecho a poner en duda la buena fe de la generación precedente.

      De nada ha servido el haber proclamado solemnemente el «derecho al trabajo» si, por ejemplo, el campesino iberoamericano debe seguir «sub-viviendo» de manera ignominiosa, sin que se vea ni fin ni salida posible a su situación, dentro del contexto actual. Nada se ha adelantado tampoco con que se afirme la «igualdad» entre los hombres, sin distinción de razas, religiones e ideologías, puesto que la discriminación continúa funcionando, y perfeccionándose incluso en diversos puntos del globo. (Ahí está, sin ir más lejos, el caso de Rhodesia, vergüenza de las «conciencias blancas»).

      Y lo mismo puede decirse sobre el derecho a participar en el progreso («todo hombre tiene derecho a acceder sin reserva a los beneficios técnicos y culturales de la civilización») y el derecho de rebelión o de revolución («si el Gobierno de su país obra contra los principios de la justicia y los derechos fundamentales del hombre y no cabe oponerse a estos abusos por medios pacíficos, el hombre tiene derecho a instaurar un Gobierno más conforme a la justicia y a la Humanidad»).

      Todas estas manifestaciones y otras análogas, que figuran en los fundamentos teóricos de la Declaración, anexos a la misma, son casi utópicas.

      Leo en una revista internacional de estudiantes, que se publica en Friburgo, un comentario al «Año de los Derechos del Hombre». El artículo subraya la inmensa distancia que existe entre la proclamación de derechos abstractos y su encarnación en situaciones concretas.

      «¿Qué significa, por ejemplo, para un bracero en una hacienda boliviana, el derecho al trabajo y a la libre elección de empleo? ¿Qué sentido tienen la libertad de opinión y de expresión y el derecho de voto para una mujer iletrada que se muere de hambre en Calcuta? ¿Qué quiere decir para una familia del Vietnam la libertad de conciencia, sin hablar del derecho a la vida, la libertad y la seguridad?».

      No puede negarse que estas preguntas, que los estudiantes de «Pax Romana» formulan en su publicación, están llenas de buen sentido y ponen de relieve la incoherencia en que vivimos.

      Mientras los representantes de las naciones pretenden dar a su gestión una apariencia de orden y de legalidad, el mundo está lleno de situaciones absurdas, en las que los hechos no responden a las palabras, ni las palabras a los hechos.

      Sin embargo, y aun teniendo en cuenta el valor de los anteriores argumentos, no creo que pueda compartir la opinión de los que afirman la radical inoperancia de la Declaración.

      Debemos hacer notar que las declaraciones ideales de principios, por muy lejanas que estén de la realidad, tienen cierto valor normativo que, sin ser definitivo, no puede tampoco ser despreciado del todo.

      Este «viejo» documento de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre —veinte años son hoy lo que dos siglos en la época de las Termópilas— nos sirve, al menos, para percibir el enorme salto, la diferencia de potencial, entre el «ser» (efectivo) y el «deber ser» (pensado) de nuestra Humanidad. Y esta percepción aporta por sí misma a millones de hombres una fuerza, una energía histórica, que —con perdón de nuestros jóvenes materialistas— pudiéramos llamar «fuerza o energía moral».

 

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