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In memoriam: Joseba Juaristi Linacero

  • Crónica

Fecha de primera publicación: 02/10/2026

Hace unos días supimos que nuestro compañero Joseba Juaristi Linacero había fallecido. Fue una pérdida repentina, de esas que no dan margen ni para la despedida, y que deja a quienes lo apreciábamos con la pena de no volver a reencontrarnos. Se había jubilado hacía relativamente poco, y muchos pensábamos que aún tendríamos oportunidad de coincidir por su querido Bilbao o de forma más esporádica por la Facultad de Letras, donde durante tantos años había ejercido su labor.

Catedrático de Geografía Humana en el Departamento de Geografía, Prehistoria y Arqueología de Euskal Herriko Unibertsitatea, Joseba era una persona de convicciones firmes y de carácter introvertido, pero siempre de trato afable y dispuesto a apoyarnos a los profesores más jóvenes del Departamento. De gran solidez intelectual, sabía escuchar, sabía aconsejar, y detrás de esa discreción se escondía una de las personas más cultas y eruditas que hayamos conocido.

Especialista en Geografía Urbana, sus trabajos de cierta inclinación cuantitativa, entendían la ciudad como un sistema espacial organizado por jerarquías, centralidades, funciones y relaciones estadísticas. Sin embargo, tuvo la capacidad de no reducir la ciudad a números, sino que supo interpretarla histórica, política y espacialmente, con rigor y espíritu crítico. Y aunque su aportación a la Geografía Urbana del País Vasco será siempre recordada, ya que sus investigaciones supusieron un punto de inflexión por la perspectiva espacial que las presidían, fue, como pocos, un gran conocedor de la epistemología geográfica. De hecho, como profesor impartió, en aquella vieja Licenciatura de Geografía, la asignatura de Teoría y Métodos de la Geografía, lo que le condujo a ser un ávido lector de los grandes autores de la disciplina, versado en cómo se produce, valida y utiliza el conocimiento geográfico.

Su tesis doctoral sobre La Estructura Urbana de Vizcaya, defendida en la Universidad de Navarra, dio paso a numerosos trabajos sobre la especialización productiva y los movimientos residencia-trabajo en el área metropolitana de Bilbao, sobre el papel de la capitalidad en la evolución de Vitoria-Gasteiz y sobre el paisaje urbano en general. En épocas más recientes, dedicó también parte de su producción al patrimonio y paisaje industrial que tan relacionado estaba con el Bilbao de su niñez, insistiendo en la importancia de no dejar en el olvido las viejas infraestructuras y los espacios fabriles en desuso, un tema que le acompañó no sólo en su investigación, sino también en su otra gran pasión: la pintura.

Bilbaíno de pro, todos aprendimos del urbanismo de Bilbao gracias a él. Conocía la ciudad al detalle, y en las salidas de campo nos deleitaba con anécdotas que solo un bilbaíno de los de siempre podía conocer. Orgulloso de mostrar el cambio radical de su ciudad a estudiantes y compañeros que nos acercábamos a descubrirla, pero también añorando lugares urbanos que se habían perdido, nos mostró esos espacios relictos de las Siete Calles o del Barrio de La Cruz. Ya jubilado, siguió compartiendo esa pasión de forma voluntaria, guiando visitas para quienes querían conocer Bilbao de su mano.

Preparaba sus clases a conciencia, con apuntes manuscritos redactados para cada sesión, que no dudaba en compartir. Quienes compartimos despacho con él sabemos que aquel espacio era un reflejo bastante fiel de su manera de estar en el mundo: los libros ordenados, mapas y planos de Bilbao a mano. Trabajaba en silencio, sin invadir nunca el espacio del otro, pero bastaba una pregunta para que apartara lo que tuviera entre manos y dedicara el tiempo que hiciera falta. Muchas de las conversaciones más provechosas de aquellos años no tuvieron lugar en ningún seminario, sino entre dos mesas, a media mañana, a propósito de una lectura, de una duda sobre un autor o de una noticia sobre la ciudad. Era discreto hasta en eso: uno salía del despacho sabiendo más sin haber sentido que le habían dado una lección.

Siempre estuvo dispuesto a echar una mano en el Departamento, y asumió la codirección del Máster en Planificación y Arquitectura del Paisaje junto a Rosario Galdós. Fue, en definitiva, un buen compañero, que nunca tuvo un mal gesto y del que guardamos un grato recuerdo.

Fuera de la Geografía, Joseba cultivaba una sensibilidad artística que muchos quizás desconozcan. Era un apasionado de la pintura, experimentaba con técnicas de grabado y practicaba la fotografía. En sus lienzos se puede reconocer, de manera casi natural, al geógrafo que llevaba dentro. Pintaba costas y acantilados del País Vasco con el mismo detalle con el que estudiaba el territorio, y no era raro encontrar entre sus cuadros pequeñas escenas urbanas, calles y fachadas capturadas con un ojo atento a las formas y a los matices. Pero es quizá en sus obras de temática industrial donde mejor se fundieron sus dos vocaciones. Chimeneas, muelles, naves industriales y paisajes fabriles retratados con la misma sensibilidad con la que había escrito sobre la recuperación del patrimonio industrial.

Había otra afición, menos conocida y muy suya: los laberintos. Le fascinaban, y no es difícil entender por qué. Un laberinto es, al fin y al cabo, espacio organizado: un recorrido, un centro, unos umbrales y una lógica que solo se revela caminándolo. Para alguien que había dedicado su vida a leer la estructura de las ciudades, el laberinto era casi una ciudad en miniatura, un problema de orientación y de forma que cabía en una hoja o en una mesa. Quienes le oímos hablar del tema recordamos cómo una afición aparentemente menor se convertía, sin pretenderlo, en una pequeña lección sobre el orden, la centralidad y el camino.

Hombre familiar, disfrutaba dando paseos con su esposa Arantza por el Campo Volantín de Bilbao o acompañando a sus hijos Mikel y Ander en ratos de ocio. Tuvo toda otra vida al margen de la academia y encontró hace ya unos años su refugio en Busturia. Imaginamos que seguía mirando ese borde de costa con los mismos ojos atentos con los que había mirado toda su vida las ciudades.

Hasta siempre, Joseba, fuimos afortunados por todo lo aprendido a tu lado.

Los compañeros y compañeras del departamento, Itziar Aguado, Iñaki Moro y María Concepción Torres