Javier Meana
La modificación de los hábitos tabáquicos mediante regulación legislativa
Catedrático de Farmacología
- Cathedra
Fecha de primera publicación: 24/05/2017
Según se aproxima la fecha anual establecida por la Organización Mundial de la Salud como el "Día sin tabaco" irá apareciendo, al igual que todos los años, información más o menos actualizada con indicadores sobre el estado de este hábito adictivo y su influencia sobre el estado de salud colectiva. Hace muy pocas fechas la prestigiosa revista Lancet daba a conocer las cifras más recientes del impacto sanitario del tabaquismo comparando datos provenientes de 195 países y revisando sus tendencias entre 1990 y 2015. El informe señala que, en el mundo, un 25% de los varones y un 5,4% de las mujeres, mayores de 10 años, fuman diariamente. El tabaquismo parece ser el causante a nivel mundial de algo más de una de cada diez muertes en 2015. Las cifras más interesantes son las que muestran un descenso progresivo en las tasas de fumadores en la mayoría de los países desarrollados, junto con incrementos de esos valores en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo.
A estas alturas, y transcurridos unos años tras el fragor de la inicial batalla pro y contra, es un buen momento para analizar las consecuencias de aquella medida legislativa conocida como "ley antitabaco", implantada a comienzos de 2006 y parcialmente modificada en 2011. De entrada, no parece que la aprobación de la citada ley provocara el anunciado colapso económico de la hostelería ni la insumisión fue tan amplia como quiso pronosticarse. La ley antitabaco incidió con restricciones en los entornos de uso habitual de tabaco, como bares y restaurantes, pero también en centros de trabajo, e incluso en hospitales. El espíritu de respeto hacia las personas localizadas alrededor de quien está fumando ha ido permeando nuestros hábitos y ha llegado hasta los hogares, donde hoy en día es habitual "salir a fumar al balcón", máxime cuando conviven menores. ¿Quién hubiera creído esto a finales de 2005? El gran éxito de aquella decisión traducida en ley ha sido, sin duda, la reducción del tabaquismo pasivo. Por el contrario, la reducción del tabaquismo activo, es decir el descenso en el número de fumadores diariamente en activo, ha sido menor del que se presuponía y deseaba. En España, según datos oficiales, el número de fumadores habituales descendió del 26,2% en 2009 hasta el 23% en 2014. Este descenso moderado, aunque apreciable, no se corresponde a un incremento del abandono del hábito por parte de fumadores sino a una menor incorporación de nuevas personas, especialmente jóvenes, al consumo habitual de tabaco. Así, a pesar del extendido alarmismo respecto al consumo de tabaco entre jóvenes, cuando se aprobó la ley antitabaco el 14,2% de los estudiantes de enseñanzas medias consumía tabaco diariamente. En 2014, lo hace el 8,9%. Es aquí donde radica otro de los éxitos de la ley.
El tabaquismo representa una conducta adictiva de difícil extinción, cuyas principales consecuencias sobre la salud no son la propia adicción, sino las derivadas de la inhalación de carcinogénicos e irritantes de las vías respiratorias, junto a la potenciación de los riesgos cardiovasculares. Todavía hoy, el más eficaz y eficiente tratamiento para una enfermedad como la EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica: la bronquitis crónica, en términos coloquiales) sigue siendo la eliminación del hábito tabáquico. En Bizkaia, las muertes de origen cardiovascular en sujetos menores de 50 años tienen al tabaquismo como principal factor de riesgo tras el consumo de cocaína, según un estudio conjunto de la UPV/EHU y el Instituto vasco de Medicina Legal publicado en 2014. Puede considerarse que la ley antitabaco ha representado todo un experimento sociosanitario, pero también ha constituido la oportunidad de visualizar modificaciones de conductas humanas colectivas, especialmente aquellas de tipo compulsivo. ¿Dónde y cuándo fumar si está prohibido en el lugar de trabajo? ¿Espaciar los periodos entre cigarrillos lleva a reducir la toxicidad del tabaco o simplemente modifica los hábitos hacia un perfil del tipo atracones?
Como reflexión podría señalarse que, pese a los mensajes pesimistas y el hastío que el alarmismo genera en los ciudadanos con criterio, los resultados de las campañas antitabaquismo comienzan a ser evidentes. No nos libra esto de otros peligros al acecho, como el riesgo de estigmatización del fumador, al que se pretendería negar derechos sanitarios por su empeño en intoxicarse. Las contradicciones en nuestra relación con el tabaquismo surgen a cada paso. En caso de importantes descensos en el consumo, ¿qué puede ocurrir con la economía del tabaco, desde su cultivo hasta el tráfico ilegal masivo en áreas deprimidas como el Campo de Gibraltar? ¿Y con los ingresos de una Hacienda empeñada en librar del tabaquismo a los ciudadanos con menos recursos económicos?
Finalmente, no debemos olvidar que la presencia más o menos encubierta de las empresas tabaqueras como patrocinadores de actividades culturales, deportivas e incluso de la actividad científica universitaria está más extendida de lo que pueda parecer. Periódicamente saltan a la luz pública denuncias sobre estas amistades peligrosas y se reabre el debate. Seguramente en este tema también tenemos que tomar posición como sociedad, y tomar posición siempre trae consecuencias. ¿Estamos dispuestos a abrir el melón?
Fotos: Mikel Mtz. de Trespuentes. UPV/EHU.