Carlos Santamaría y su obra escrita

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Lección VI. Esquema de una nueva cristiandad

 

    Maritain hace notar que, como tantas veces se ha repetido, el cristianismo y la fe cristiana no pueden ser infeudados a ninguna forma política determinada, como la democracia, ni a ninguna filosofía concreta de la vida humana y política, como la filosofía democrática. Ninguna doctrina y opinión de origen humano, por muy verdadera que sea, puede ser impuesta al alma cristiana. Se puede, pues, ser perfecto cristiano defendiendo una filosofía política distinta que la filosofía democrática.

    Maritain recalca que él no ha pretendido demostrar lo contrario sino simplemente buscar la solución más cristiana y típicamente evangélica frente a un clima histórico concreto como el que actualmente priva en casi todo el mundo.

    El no ha pretendido, pues, hacer que el cristiano se vuelva demócrata sino, cosa muy distinta, hacer que la democracia se haga cristiana, mediante la realización de una ciudad temporal personalista, comunitaria y pluralista y, en cierto modo, cristiana. Esta ciudad temporal, a la que Maritain denomina Nueva cristiandad —terminología equívoca que ha dado lugar a múltiples errores y polémicas— constituye una solución práctica, en su opinión, la mejor y la más cristiana en las circunstancias actuales, es decir, en las de la Edad histórica que ahora comienza.

    No se trata, pues, de abandonar los principios —error que ha sido la raíz de la herejía liberal— sino todo lo contrario, se trata de aplicarlos y realizarlos analógicamente. Si esto puede ser llamado o no Nueva cristiandad o civilización cristiana o de inspiración evangélica me parece más bien una cuestión terminológica.

    Maritain describe de la siguiente manera la situación actual del mundo. En primer lugar, hay que hacer notar que nos encontramos ante una peripecia histórica de proporciones gigantescas, iniciada trágicamente, como ya hemos visto, en el siglo XVI. Las fatalidades acumuladas por la economía capitalista la desorbitación de la vida humana por la Técnica industrial, cada vez más poderosa, el enorme desarrollo de las fuerzas anticristianas, la extensión del materialismo y del paganismo, la diversidad de creencias, la falta de unidad filosófica... todas estas cosas nos obligan a pensar que es muy difícil que pueda establecerse una civilización, un régimen de convivencia que pueda llamarse cristiano, una organización política inspirada vitalmente en el cristianismo.

    Cabe pensar, sin embargo, que ese conjunto de caracteres denuncia el comienzo de una nueva Edad de la Historia. Esta tercera Edad consistirá en el derrumbamiento del humanismo antropocéntrico, cuyas últimas consecuencias estamos tocando. Sólo un nuevo humanismo, que reconozca la sumisión del hombre a Dios, puede restaurar el equilibrio. El cristianismo puede ser el inspirador de esa nueva Edad como lo fue de la Edad Media, pero a condición de que los cristianos sepan buscar las líneas de acción y las formas en las cuales hayan de encarnar los principios evangélicos, no de un modo perfecto y total, porque pensar en ello sería utópico y equivaldría a caer en un milenarismo más, sino del modo analógico que corresponda a esa misma civilización naciente.

    La primera dificultad para ello sería que los cristianos no estuviesen preparados para afrontar esta misión civilizadora y se dejaran retener por sus prejuicios de clase o de raza, con lo cual el Evangelio no podría ya vivificar la sociedad terrena sino que las preocupaciones terrenas ahogarían el espíritu del cristianismo.

    De la larga crisis iniciada en el Renacimiento han brotado a la Historia, en medio de tantos males, ciertos bienes positivos que hará falta conservar una vez depurados de su ganga naturalista o antropocéntrica. Para llevarlos al plano político será preciso realizar una revolución muy profunda que los cristianos deben llevar a cabo, cumpliendo su misión de fermento social, de suerte que, a través de ellos, y por medio de ellos la sociedad quede como impregnada de los valores evangélicos. Maritain no piensa, evidentemente, en la probabilidad de una conversión total del mundo al cristianismo, sino en que una sociedad así inspirada y en cierto modo vitalmente animada por el espíritu del evangelio podría ser considerada como un modelo relativo de Ciudad terrenal, analógicamente cristiana, aunque con caracteres muy distintos a los de la Cristiandad medioeval.

    En primer lugar no podría disfrutar ya de aquella unidad de creencias, que como hemos visto, constituía el fundamento de ésta. Sería en este aspecto una Cristiandad difusa, algo así como un cielo estrellado, en el que los cristianos, habiendo renunciado a llevar sus creencias al plano de un Estado decorativo y exteriormente cristiano, constituirían, sin embargo, la sal de la tierra. Maritain propugna, pues, una especie de diáspora cristiana, llamada quizás a constituir una siembra gigantesca de cristianismo para una ulterior y más alejada Edad de la Historia. Tanto en este aspecto como en el jurídico y aun en el económico la Ciudad sería, pues, pluralista, es decir, admitiría junto al Estado otras sociedades dotadas de libertad y esfera de acción propias. En la estructura pluralista se multiplican las libertades, para poder mantener precisamente algo que es esencial para la Ciudad, que es la unidad de amistad social entre los ciudadanos. En la Edad Media esta amistad se producía de un modo natural y orgánico por medio de la unidad de la Fe y el sentido de la participación en el Cuerpo místico de Cristo. Pero cuando esta unidad de creencias se perdió (en parte a causa de la Reforma, pero sobre todo por la irrupción en la Historia de formidables masas de hombres procedentes de otras civilizaciones, unida a grandes movimientos migratorios hacia los nuevos continentes), la época del barroco intentó conservarla por medios absolutistas y que en resumidas cuentas sólo condujeron a una ficción de Estado cristiano. Para establecer esa amistad la Nueva Cristiandad seguiría el camino de la tolerancia y —sin que ello signifique el reconocimiento de derechos al error— trataría de mantenerla mediante la concesión de libertades, de suerte que las distintas minorías fuesen de tipo racial, jurídico o religioso, encontrarán la posibilidad de convivir respetándose mutuamente: así se realizaría el Bien común temporal tal como quedó definido en el lugar correspondiente.

    La Nueva Cristiandad estaría, pues, asentada en una concepción digna y elevada de la persona humana y de sus fines. La persona sería su centro, del que partirían todos los caminos. Pero un concepto de la persona cristianamente entendido que los cristianos, como minoría animadora y alma de la Ciudad, habrían de llevar al ánimo de las gentes empleando para ello sobre todo medios espirituales, medios que Maritain denomina temporalmente pobres, en contraposición a los medios temporalmente ricos, medios de fuerza, medios coercitivos que la Edad Media y sobre todo la época del absolutismo consideró preferibles, y cuya legitimidad reconoce el propio Maritain.

    En esa sociedad se reconocería al mismo tiempo la autonomía de lo temporal, considerándolo no como un simple y puro medio sino como un fin infravalente y por lo tanto estimable en sí mismo. Esto no significa en modo alguno que el Estado prescinda de la religión. Maritain dice explícitamente que la verdadera religión cuando es conocida debe ser ayudada con preferencia a otras, en las que el error se mezcla con la verdad; pero esto no quiere decir, agrega, que la verdadera religión haya de reclamar en su favor medios violentos, los favores de un poder absolutista o «la asistencia de dragonadas». «Es la misión espiritual de la Iglesia la que debe ser ayudada y no la potencia política o ciertas ventajas de algunos de sus miembros» Maritain piensa, en efecto, que otra sería contraproducente y que dada la mentalidad del hombre actual, podría quizás comprometer más que beneficiar a la religión.

    Finalmente haría falta que en esa Nueva Cristiandad se estableciese una estructura económica de colaboración y no de lucha de clases, un régimen económico nuevo fundado sobre principios más cristianos y que habría de suceder al régimen capitalista. Una unidad de raza social vendría por otra parte a reemplazar al concepto de las clases hereditarias y los privilegios familiares que en la Edad Media fueron característicos.

    De esta suerte concibe Maritain el esquema de la futura Ciudad temporal analógicamente cristiana. La obra común que sus ciudadanos tratarían de realizar sería el mantenimiento de la armonía y de la amistad entre ellos como base de una vida común honorable aquí abajo y como camino peregrinal hacia los fines ultraterrenos de la vida humana.

 

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