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Elena Casado, profesora de UCM

Elena Casado: «El acoso y otras violencias de género en la universidad es un silencio a voces»

  • Entrevista

Fecha de primera publicación: 11/12/2025

Elena Casado en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de la EHU | Foto: Miguel Espiga. EHU

Con motivo del máster Modelos y Áreas de Investigación en Ciencias Sociales, la profesora Elena Casado Aparicio de la UCM impartió dos clases en la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación (una de ellas abierta a alumnado externo) sobre la investigación social cualitativa titulada: "El sentido de la investigación y la investigación del sentido". Ella es parte, además, del Punto Violeta de la UCM que aborda y acompaña violencias en la universidad.

¿Qué te motivó a formar parte del Punto Violeta de la UCM?

Siempre he pensado que es fundamental que el activismo, ya sea feminista, antirracista, anticapitalista, etc., esté presente en la universidad, uno de los lugares importantes de producción de saber. Esos activismos amplían la perspectiva, empujan a romper con inercias y sentidos comunes gracias a su potencia creativa, crítica y transformadora. Es lo que me ha motivado desde que era estudiante a formar parte de ellos.

El Punto Violeta surgió en buena medida de esa convicción, pero sobre todo de la necesidad de escuchar, acompañar y afrontar de manera colectiva a los malestares derivados de las desigualdades sexo-génericas en el ámbito universitario. Hasta ese momento, algunas de nosotras intentábamos acoger esos malestares que nos llegaban en los pasillos o en el despacho: estudiantes que se removían al abordar algunos temas en clase, personas que nos contaban sus dudas sobre cómo actuar o su enfado ante determinadas actitudes o comportamientos en las aulas o fuera de ellas o gente en situación de crisis que se rompían ante nuestros ojos o, lo que es peor, sin que apenas nos diéramos cuenta y terminaban abandonando la universidad. En 2018 decidimos poner en marcha un proyecto de innovación docente entre estudiantes, personal docente e investigador y personal de administración y servicios que nos permitiera pensar y actuar juntas, generar red, intercambiar saberes. El objetivo era, en definitiva, politizar esos malestares señalando su carácter estructural, conformar un cuerpo colectivo para acompañarnos en situaciones difíciles y recuperar la potencia creativa y transformadora de los activismos transfeministas, entre otros.

¿En qué consiste vuestra labor?

Nuestros quehaceres se mueven en tres ejes fundamentales.

En primer lugar, componemos redes de apoyo y acompañamiento a quienes se ponen en contacto con nosotras porque están sufriendo o conocen situaciones de acoso sexual, sexista o lgtbifóbico. Para ello nos organizamos en parejas o pequeños grupos para pensar en cada caso junto a las afectadas posibles vías de actuación, garantizando anonimato y confidencialidad. Se trata de construir un vínculo que amortigüe las consecuencias de la violencia sufrida, pensando y desarrollando estrategias singulares en función de las necesidades y situaciones, respetando siempre sus necesidades y deseos, ofreciendo tiempo, escucha, que puedan mantenerse en el tiempo, pues estos procesos son en muchos casos largos. 

En segundo lugar, tratamos de dar visibilidad y denunciar estas desigualdades y violencias. Para ello, organizamos y participamos en actividades, jornadas y seminarios, dentro y fuera del ámbito universitario, donde compartimos nuestras experiencias, conectamos distintas formas de violencia y ponemos en común las posibles estrategias y respuestas ante ellas. En este sentido, una actividad que me gustaría destacar es el Tenderete de trapos sucios. Consiste en colocar en un lugar visible de nuestras facultades (por ejemplo, el vestíbulo) cuerdas de tender la ropa en las que invitamos a quienes pasan a colgar sus testimonios. Es una actividad muy visual (ver foto al final) que nos permite además pasar el día en la mesa informativa, charlando entre nosotras y con quienes se acercan a dejar su testimonio o a leer los que van apareciendo. Los testimonios que hemos ido recopilando estos años son muy ricos y nos sirven también para identificar todo tipo de discriminaciones y violencias, analizarlos colectivamente y seguir a la escucha de lo que sucede.

Por último, e igual de importante, intentamos constantemente alimentar redes dentro y fuera de la universidad. Dentro de la universidad intentamos generar vínculos con responsables institucionales afines, con otros grupos y asociaciones, en nuestra universidad y en otras. Pero tan importantes son esas redes internas como las externas a la universidad, colaborando con otras colectivas feministas en relación con otras formas de violencia machista o en actividades y movilizaciones más generales

¿Cuáles son las formas de violencia de género que encuentran con más frecuencia en el entorno universitario?

La universidad no es ajena al contexto social más general y, por tanto, encontramos todo tipo de violencias machistas que afectan en la práctica al derecho a la educación en igualdad de oportunidades o a un puesto de trabajo digno. Sufrir cualquier forma de violencia, más aún cuando no se responde desde las instituciones de manera adecuada, va a afectar a los resultados académicos, en el caso de estudiantes, y a la carrera profesional, particularmente en las etapas iniciales y de manera específica a quienes están en situaciones o posiciones más vulnerables. Así, aunque cuando se habla de violencia de género en el entorno universitario se suele pensar específicamente en acoso sexual, en acoso por razón de sexo y en formas de acoso y discriminación lgtbifóbica, no podemos perder de vista otras violencias, como las violencias sexuales por parte de compañeros o los malos tratos por parte de parejas o exparejas que dificultan que se pueda acudir a clase o al puesto de trabajo con tranquilidad.

Por otro lado, no podemos olvidar que la universidad la conformamos distintos colectivos con posiciones distintas, estudiantes, personal docente e investigador, personal técnico de gestión y administración de servicios, personal de subcontratas (cafeterías, servicio de limpieza), de modo que cada caso concreto puede involucrar a personas del mismo grupo o de grupos distintos. Y esto es importante, pues no todas las posiciones gozan del mismo estatus y poder. De ahí que, además de la violencia de género en sus diversas formas entre estudiantes, las situaciones que nos llegan con más frecuencia suelen ser estudiantes que se han sentido incomodidad o han sufrido alguna forma de violencia por parte de profesores o directores de tesis. Y, junto a ello, cada vez con mayor frecuencia encontramos personas que han acudido a los recursos y servicios institucionales y que no solo no han encontrado amparo, sino que se han sentido nuevamente violentadas por la falta de sensibilidad, compromiso o respuesta institucional.

¿Con que dificultades os encontráis?

Tenemos una visión tan caricaturizada de la violencia de género y tan idealizada de la universidad y quienes la habitamos que a veces cuesta hacer ver y admitir que aquí no somos ni mucho menos inmunes a ella. Por un lado, porque siguen circulando concepciones clasistas o racistas de quienes la ejercen y quienes la sufren y, al mismo tiempo, porque la universidad, además de otras cosas, es una institución jerárquica, atravesada por lógicas neoliberales, individualizadoras y meritocráticas, lo que la convierte en un caldo de cultivo propicio a los abusos de poder. A ello se suman las campañas institucionales que proclaman que la universidad es un espacio libre de violencias, como si el hecho de declararlo fuera suficiente para su erradicación.

El acoso y otras violencias de género en la universidad es un silencio a voces. Se susurra en los pasillos, se denuncia en la puerta de los baños, muchas conocemos casos que vienen de años atrás… Pero falta con frecuencia una respuesta comunitaria e institucional efectiva. Una dificultad de partida es ese cruce que comentaba entre la visión caricaturizada de las violencias machistas y la idealización de la universidad. Es una suerte de encrucijada que produce silencios y silenciamientos. Y no me refiero solo al silencio de las víctimas, a quienes se suele responsabilizar casi en exclusiva cuando se dice eso de que si no denuncian no se puede hacer nada o se duda de la veracidad de su testimonio. Ese “silencio” puede responder a múltiples motivos: el miedo a las represalias, tanto del agresor como del entorno, que puede amenazar la propia permanencia en la institución a corto y largo plazo, la desconfianza ante la acción institucional, la falta de redes de acompañamiento y apoyo respetuosas y eficaces. Y aún así, una de las motivaciones fundamentales de quienes se acercan al Punto Violeta es precisamente contarlo para que no le pase a nadie más, lo que pone de manifiesto que hoy la prevención se carga más sobre las espaldas de las víctimas, con todo lo que ello les supone, que sobre las estructuras y dinámicas que facilitan o amparan que esa violencia se produzca.

Mucho más inquietantes, aunque menos nombrados, son los silencios y silenciamientos institucionales y de la comunidad universitaria en general. Desde quienes en lugar de problematizar las actitudes y comportamientos de un compañero miran a otro lado para evitarse problemas y tensiones, al amedrentamiento y la amenaza, más o menos velada o intencional, a quienes se atreven a hablar. Y así, se les advierte por ejemplo que tengan cuidado con lo que cuentan para que no se les vuelva en contra, sin poner el mismo empeño en buscar vías para que no se vuelvan a producir situaciones similares ni en ofrecer el arrope colectivo para amortiguar las posibles consecuencias. Unas consecuencias que también afectan a quienes señalamos el problema, por las incomodidades que generamos tanto a la institución como a algunos compañeros.

¿Qué elementos consideras imprescindibles para generar una cultura universitaria libre de violencias?

Es fundamental reconocer el carácter estructural del problema. Y cuando digo estructural me refiero tanto a las desigualdades que se derivan de la estructura social (no olvidemos que vivimos en sociedades atravesadas por el sexismo, el clasismo, racismo, capacitismo etc) como a las características propias del entorno universitario, una institución jerárquica, con el peso hoy de la lógica neoliberal, que se entreteje en un discurso meritocrático que, en su opacidad, favorece el abuso de poder y la deslegitimación del relato de las víctimas. Necesitamos también identificar con valentía y honestidad las mecánicas institucionales que, por acción u omisión, fallan en la prevención, la protección y la reparación, deslegitiman los testimonios de quienes las sufren y reproducen impunidad entre quienes la ejercen. No basta con generar una cultura libre de violencias, sino que es necesario asegurar unas condiciones materiales que no reproduzcan desigualdades ni faciliten esos abusos y unas garantías institucionales que rompan con la opacidad, el silenciamiento y el aislamiento. 

¿Qué medidas o recursos crees que deberían reforzarse dentro de la universidad?

Lo primero que suele decirse es que hacen falta más recursos. Y es cierto. Hoy las unidades o direcciones para la igualdad de las universidades están absolutamente desbordadas. Pero de poco serviría tener más recursos cuando lo que falla en ocasiones es la perspectiva. Pues si bien en muchos casos las responsables de estos servicios tienen un compromiso feminista firme, la buena voluntad no basta para afrontar problemas estructurales e inercias institucionales. Es preciso interrogarnos también sobre cómo y a quién se siente que hay que rendir cuentas (esto que en inglés se dice usando el término accountability). Y aquí encontramos una tensión fundamental, pues son cargos y servicios que dependen del/la Rector/a de turno y, con frecuencia, parecen actuar más bajo el prisma de lo que se presentan como necesidades institucionales (por ejemplo, no dar una mala imagen reconociendo la existencia de casos de acoso) que al servicio de las de quienes las sufren en particular y de la comunidad universitaria en general.

Por otro lado, necesitamos esa creatividad e imaginación colectiva que mencionaba antes. Con frecuencia la respuesta institucional es “no se puede hacer nada”, porque no hay denuncia de la persona afectada, porque ya no está en la universidad, porque no hay testigos o si los hay tienen también mucho que perder. Cuando algo nos parece inadmisible en un entorno educativo y laboral habrá que buscar la forma de reparar y garantizar al menos la no repetición. Y si a simple vista no la hay, habrá que inventarla. Es lo que hacemos en el Punto VIoleta. Y para ello habrá que ir más allá de las políticas específicas de igualdad y violencia, y ampliar el marco y las vías de actuación de manera creativa. Por ejemplo, conociendo las características de la universidad actual, ¿qué se puede articular desde la acción sindical para proteger la salud laboral y asegurar la prevención de riesgos laborales en el caso concreto de investigadoras predoctorales? O, ¿qué podemos hacer en nuestros departamentos, escuelas de doctorado, etc para tener al menos marcos de buenas prácticas compartidos y comprometidos frente a toda forma de desigualdad, discriminación y abuso?

¿Cómo pueden docentes, estudiantes y personal contribuir de forma más activa a la prevención?

El primer paso es reconocer el problema, no mirar para otro lado y asumir la responsabilidad que a cada cual nos toca respecto de estas situaciones sin barrer bajo la alfombra. No podemos olvidar que a muchas de las personas que han sufrido estas situaciones nadie les ha pedido perdón. Perdón por no haber sabido prevenirlo, perdón por no haber sabido escucharlas y acompañarlas en sus necesidades, perdón por no haber garantizado la no repetición. Hace unas semanas, tras un acto público en el que pedí perdón en esos términos como parte de la comunidad universitaria, una asistente se puso en contacto conmigo para darme las gracias. Me decía que no sabía cuánto necesitaba ese perdón hasta que no pronuncié la palabra, aunque yo fuera de otra universidad, aunque no tuviera nada que ver con el caso. Son tan pocas las formas de reparación que todo cuenta, todo importa. Para bien y para mal.

Otro paso fundamental, es organizarse para colectivizar malestares, abrir espacios de escucha y movilización, imaginar posibilidades y formas de actuación y seguir generando redes. Uno de los alicientes del Punto Violeta creo que es precisamente el que convivimos estudiantes, profesorado y personal técnico y que ahí, lo que importa, es que compartimos esa tarea de construir una universidad más justa, comprometida y mejor.

¿Qué cambios ha observado en la manera de pedir ayuda o en las formas de violencia en los últimos años?

Uno de los cambios tiene que ver con lo que Sara Ahmed llama dinámicas de no performatividad, esto es, declaraciones y compromisos institucionales que pretenden dar la imagen de que se está haciendo algo cuando en la práctica no están funcionando como debieran. Por ejemplo, que se redacten protocolos y se creen unidades de igualdad, que se publicitan y visibilizan, animando a que se denuncie, y que luego las denuncias se pierdan en vericuetos burocráticos, o que el procedimiento se vuelva doloroso y peligroso para las víctimas. Todo esto genera desencanto y decepción en quienes sufren estos malestares, además las violencias institucionales, tanto contra quienes son víctimas de acoso como contra quiénes apoyan y acompañan sus demandas...

¿Cómo describirías la evolución del trabajo del Punto Violeta desde su creación hasta hoy?

Una de las evoluciones más valiosas del Punto, es cómo se ha ido creando una red de personas que podíamos llevar ya mucho tiempo en la universidad, pero que no nos conocíamos, ni trabajábamos juntas, que estamos en distintos departamento y facultades, una red para acompañar a las personas que nos lo requieren y también para acompañarnos entre nosotras, para ir cambiando nuestra experiencia de la universidad, y generando espacios y relaciones de la universidad que queremos, ocupándonos, justamente, de los malestares, decepciones, y formas de violencia, que caracterizan a la universidad que no queremos.

Y claro, la evolución del Punto también tiene que ver con cómo va la institución (la universidad, las facultades, etc.) abordando estas cuestiones, con el camino que van tomando las violencias institucionales, con la respuesta o su falta a las demandas del estudiantado y las trabajadoras/es, con las alianzas que se pueden tramar con quienes ocupan puestos de responsabilidad en su seno, y con la decepción, denuncia y enfado que van generando la inacción, y a veces también la obstaculización más activa, institucionales respecto de las situaciones de acoso y la impunidad de quienes lo ejercen.