Ander Gurrutxaga Abad
La extrema derecha. Nuevas novelas y más escritores
Catedrático de Sociología
- Cathedra
Fecha de primera publicación: 16/10/2025
El jueves 2 de octubre del 2025, el diario El País publicaba las siguientes palabras de J.D Vance —vicepresidente de EE. UU.—, que sintetizan el pensamiento y las formas de entender la acción política de la extrema derecha: “cualquier ciudadano estadounidense que ha estado en el hospital en los últimos años, probablemente habrá notado que los tiempos de espera son especialmente largos porque, muy a menudo, quien está en urgencias es un inmigrante ilegal. ¿Por qué esas personas reciben atención médica en hospitales pagados por ciudadanos estadounidenses?”. En el texto titulado ‘Extraños en su propia Tierra’, la socióloga de Berkeley Arlie R. Hoschschild desentraña las raíces y el papel de las emociones en esas situaciones: “es una historia de lo que uno siente, el relato que cuentan los sentimientos utilizando un lenguaje de símbolos y eliminando lo racional: elimina los hechos y nos habla solo de la apariencia de las cosas”.
Las dos citas con las que abro el artículo proceden de perspectivas distintas, ambas singulares —acciones y emociones—, las dos entran en la discusión sobre qué somos, cómo podemos ser, qué queremos y cómo lo queremos La emergencia de la extrema derecha tiene detrás millones de ciudadanos que la apoyan y miradas y liderazgos que la sostienen. La política expone la emergencia del fenómeno, pero no lo explica de forma exclusiva. Sus ideas y acciones están en las redes sociales, densas, contundentes y extendidas, que penetran en muchos sectores sociales, en cultos religiosos que protegen su estatus dialógico, en los medios de comunicación que construyen la opinión pública y emiten durante 24 horas al día los mensajes. Se hacen cargo del legado que la modernidad consideró eran sus señas de identidad y las somete a revisión sabiendo que están tratando con material sólido pero frágil.
La modernidad occidental propuso y vive desde la década de los cincuenta del siglo XX de los sueños que proporcionan las ideas y la praxis del bienestar, la calidad de vida y la confianza institucional. Incorporó esas herramientas para generar respuestas a las demandas de los ciudadanos del mundo occidental, después de la segunda gran guerra: i) el crecimiento económico y el desarrollo social a través de políticas públicas pretenden resolver las dudas sobre el bienestar personal y colectivo en sociedades de pleno empleo; ii) la movilidad social ascendente, es decir, la esperanza de que “mi prole” vivirá mejor que las generaciones anteriores; iii) se sueña con que la redistribución social y económica alcance las posiciones débiles del mercado para que los ciudadanos logren condiciones dignas de vida y el ejercicio de los derechos básicos que garantizan las formas de vida elegidas; iv) los derechos humanos ofrecen condiciones para desarrollar la convivencia, el respeto a las diferencias y la singularidad de las diversas maneras de expresarse; v) el cuadro de libertades ofrece espacios abiertos donde se desenvuelven las respuestas sobre las formas de participación en la vida democrática. Los dogmas modernos se apoyan en la esperanza y la capacidad para imaginar la propia vida, prerrogativas fundamentales del yo moderno, sean el caso, por citar dos ejemplos, del inmigrante que espera una vida mejor o la de un trabajador que atisba la vida que busca.
El crecimiento político y social de la extrema derecha se instala sobre las dudas y la fragilidad de las respuestas ofrecidas por el ideario que acabo de exponer. La propuesta ideológica que exhiben es corta pero eficaz. Discuten sobre la fortaleza de la democracia liberal y atisban la fragilidad de la misma. Recogen y se aprovechan de la queja que emiten sectores sociales que viven de los logros de las sociedades del bienestar, ciudadanos integrados que recurren, con frecuencia, a las instituciones del Estado y a las políticas públicas, pero que preguntan, critican y contestan las formas de la representación política de los partidos del sistema, reunidas en los momentos de mayor apogeo en una frase: “no nos representan”.
La crítica y la deslegitimación de la ciudadanía frente a las formas habituales de representación del régimen de la democracia liberal es el caldo de cultivo que mejor explica, a mi entender, el crecimiento político de la extrema derecha. La praxis que promueve no cierra los espacios democráticos, pero limita la toma de decisiones. Introducen el miedo y el temor para hacer o decir aquello que juzgan que es inconveniente. Se implanta el nuevo ser nacional, bajo el concepto excluyente de nación, alabando esas virtudes frente a los que no pueden o no quieren acceder a esa categoría y se castiga o expulsa a personas de origen inmigrante. El poder de lo público se reduce y se instalan las dudas sobre los recursos que proporciona; sean sanitarios, educativos, cuidados o políticas públicas. En todos los casos expresan que son vistos como máquinas de despilfarrar recursos.
Presentan sociedades muy desordenadas, cansadas, aburridas, desbordadas y desconfiadas, bajo los auspicios de la crisis que promueve la reordenación económica de las sociedades tecnológicas —la falta de conexión entre los datos macroeconómicos y la microeconomía—, que afecta, sobre todo, a sectores claves del sistema —jóvenes y antiguas clases medias—. La verdad, las verdades, los códigos sociales y la ética pública se disuelven en esos discursos como el azucarillo en un vaso de agua, sin margen para expresar las consecuencias que tienen las acciones que pregonan. Todo puede ser válido, lo cual no quiere decir valioso, por el hecho de ser dicho, hablado o escrito —de ahí el éxito de las redes o el valor de los intangibles—, pero actúan para los que forman parte de ese club, los demás, los que no están, los disidentes, los críticos, son “otra cosa”. Se disuelve el concepto fuerte de diferencia, las emociones y las historias profundas envuelven los discursos, y la verdad o la mentira no tiene cabida en los mercados con label de calidad “extrema derecha”, estamos ante otro paradigma, donde el caos impone sus recursos sin soluciones factibles desde el orden político instituido. ¿Es un mundo ya realizado? No, o mejor, no todavía. Pero la crítica y los críticos tienen/tenemos un duro trabajo; la reescritura de la nueva modernidad está en suspenso. Faltan escritores —militantes—, novelas —ideas—, partidos —movimientos—, creencias y valores que introduzcan la esperanza, esa es la tarea de la nueva política para enfrentar las propuestas que ocupan los espacios sociales, crear preguntas y ofrecer respuestas, frente a las que hoy ofrece la extrema derecha. Es una tarea que, probablemente, cambiará el mundo que conocemos.