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Marcos García Díez
El universo de Altamira
Miembro del Grupo de Investigación en Prehistoria y profesor interino del Departamento de Geografía, Prehistoria y Arqueología
- Cathedra
Fecha de primera publicación: 13/05/2016
La reciente película ‘Altamira', de Hugh Hudson, sirve, más allá de lo cinematográfico y comercial que envuelve todo estreno, para ver la dimensión científica, histórica, social y patrimonial de la cueva de Altamira, en particular, y del arte paleolítico (40.000-12.000 antes del presente), en general.
Todos los hitos necesitan ser redimensionados, actualizados y, en definitiva, que se vuelva a pensar y hablar sobre ellos. Que no se piense que Altamira estaba olvidada, en desuso, en caída. Todo lo contrario: Altamira es un activo necesario en muchos ámbitos, y su dimensión es amplia y diversa.
Pero Altamira transciende más allá de lo propio y nos sirve para reflexionar sobre dos cuestiones que consideramos de interés y, sobre todo, de actualidad.
Choque entre ciencia y paradigma
En 1880, cuando se hace público el descubrimiento, la Prehistoria estaba en sus inicios como disciplina. En un contexto social ‘victoriano' y de visión no evolucionista, en parte por la incidencia de lo religioso en lo científico, Altamira irrumpe. Pero, ¿qué implicaba la postura defendida por Marcelino Sanz de Sautuola?
El razonamiento que postulaba Sautuola para defender la autenticidad de las pinturas de Altamira se justificaba, con datos, en su escrito ‘Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander', texto que quienes no querían ver, no veían. Altamira ahondaba en la consideración de las capacidades y habilidades humanas, y rompía la clásica visión entre lo humano y lo animal.
En su contexto, Altamira no podía ser auténtica, porque la capacidad de creación artística y de un lenguaje gráfico no podía retrotraerse a la Edad de Piedra, cuando las personas eran consideradas cercanas a lo animal. Un momento antediluviano, justificaría el postulado religioso.
Era un hecho. El estado de conocimiento y los condicionantes sociales no podían aceptar su autenticidad. Este fue el verdadero problema. Altamira suponía una ruptura de paradigma al aceptar que nuestros ancestros biológicamente más cercanos (los primeros Homo sapiens, nuestros primeros ‘yos' biológicos) podían inventar formas, expresarse a través de ellas y sugestionar expresándose sobre un soporte. Incluso su mensaje podía transcender y petrificar para generaciones futuras. Una nueva forma de comunicación se había creado.
Sautuola fue un adelantado a su tiempo porque supo ver, analizar y derivar implicaciones. Hizo ciencia. Un personaje que defendió la autenticidad de Altamira, cuya consecuencia era la ruptura de un paradigma social y científico. Esta ‘lucha' no la vio acabada debido a su rápido fallecimiento, y posiblemente su reconocimiento nunca ha sido de justicia.
Sautuola defendía que el arte paleolítico constituía una de las primeras evidencias para redimensionar mediáticamente elementos de la realidad y de la capacidad para plasmar conceptos mentales no materiales. Son construcciones gráficas, una forma de lenguaje formal (¿arte?) que esconde una parte de las creencias que nos singulariza como animales humanos.
Hoy, al igual que hace casi 140 años, la Prehistoria y la Evolución Humana se enfrentan a un debate de paradigma. ¿Es la capacidad gráfica, artística y simbólica exclusiva de nuestra especie Homo sapiens? ¿Pueden otras especies tener esa capacidad y habilidades para llevarla a cabo? ¿Acaso los neandertales fueron tan ‘sapiens' como el Homo sapiens?
Un concepto global: un hito pero no un unicum
Vivimos en un mundo globalizado donde surgen fuerzas centrípetas y centrífugas. La globalización se enfrenta muchas veces a problemas de reconocimiento de identidades o singularidades de grupo o de culturas. Lo propio frente a lo común, y lo propio frente a otros propios.
Altamira es un hito, un referente social, cultural y patrimonial. Pero no es único. Más aún, sin ‘otros altamiras', Altamira no se comprendería. Hoy diríamos que, sin un contexto, su significado y valor son limitados. Altamira está rodeada por otros conjuntos de arte paleolítico que muestran figuras similares. Pero, a la vez, cada cueva o grupo de cuevas tiene su singularidad.
La dispersión del arte paleolítico, en lo más cercano desde la Península Ibérica hasta Rusia, ejemplifica una trama de conexiones gráficas que, según los momentos, se estiran o se encogen. Altamira, y ahora tendríamos ya que decir que todo el arte paleolítico, es a mi modo de ver uno de los mejores ejemplos de identidad, multiculturalidad e interculturalidad de los grupos humanos.
Hay cuevas con singularidades específicas, con temas, técnicas y estilos propios. En cambio, otras cuevas contienen numerosas figuras y, en general, mucha diversidad artística. Son auténticas ‘enciclopedias' de arte paleolítico, creadas a lo largo casi 30.000 años por grupos humanos muy diversos.
Estas últimas, como Altamira, acogen lo común y los propios. Son centros, espacios simbólicos, que la tradición oral mantuvo activos como referentes simbólicos y sociales, donde diferentes grupos humanos se agregaban en momentos determinados para llevar a cabo acciones de interés. Una misma cueva contiene tradiciones gráficas singulares que comparten características. Dicho de otra manera, es como si algunas cuevas fueran la suma de muchas otras, todas juntas en un mismo espacio, pero sin perder su identidad.
Es decir, el arte paleolítico muestra la existencia de grupos humanos con singularidades propias que interactuaban entre sí, proyectando lo propio y recibiendo otros propios para constituir una gran comunidad de especificidades. En definitiva, una interculturalidad globalizada.
Fotos: Nuria González. UPV/EHU.