Un libro de reciente publicación explora la profunda historia de los paisajes vitícolas de La Rioja a través de la arqueología en Torrentejo. Fruto de diez años de investigación, rastrea 4.000 años de impacto humano, desde los asentamientos prehistóricos hasta la industrialización del vino, y reflexiona sobre cómo los paisajes se convierten en patrimonio: qué se recuerda y qué se pierde.
Una investigación de la EHU reescribe la historia de Rioja Alavesa
Un trabajo arqueológico de diez años revela la existencia de un centro de poder aristocrático del siglo X en Labastida
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Fecha de primera publicación: 05/02/2026
El Grupo de Investigación en Patrimonio y Paisajes Culturales de la Universidad del País Vasco (EHU) presenta los resultados definitivos del ‘Proyecto Arqueológico de Torrentejo’ en una publicación que lleva por título ‘Memorias bajo los viñedos: Arqueología y paisaje histórico en Rioja Alavesa’. Tras una década de excavaciones y análisis de laboratorio, el libro saca a la luz una secuencia histórica ininterrumpida de 4.000 años en un lugar que hoy parece ser solo una ermita solitaria entre viñas.
Los arqueólogos han descubierto que Torrentejo no fue una simple aldea campesina. Las excavaciones han identificado un edificio monumental (un posible palacio o palatium) y una iglesia privada de los siglos X-XI, evidencias de que el lugar fue un centro de poder de las élites locales y la monarquía navarra antes de pasar a manos del monasterio de San Millán de la Cogolla.
El estudio desmonta teorías tradicionales sobre la "repoblación" medieval, demostrando que las comunidades locales ya gestionaban y aterrazaban el paisaje siglos antes de la llegada de los poderes feudales. Además, el proyecto ha documentado una fascinante fase moderna (siglos XVII-XVIII) en la que la ermita, habitada por un santero, funcionó como taller de cerámica y como punto estratégico en los conflictos territoriales con las villas vecinas de la orilla riojana del Ebro.
Esta investigación alerta, asimismo, sobre la fragilidad de ese patrimonio: la expansión intensiva del viñedo moderno y las técnicas de "desfonde" están borrando un archivo histórico que reside en el subsuelo, instando a repensar la gestión del Paisaje Cultural del Vino y el Viñedo.
Más allá de la postal turística
Para el gran público, Rioja Alavesa es sinónimo de vino, bodegas de vanguardia y paisajes de viñedos infinitos bajo la Sierra de Cantabria. Sin embargo, este proyecto arqueológico parte de una premisa crítica: el paisaje actual es una construcción reciente que a menudo enmascara una historia mucho más compleja y diversa.
El lugar de Torrentejo, conocido hoy por la ermita de Santa Lucía, fue seleccionado por ser un "laboratorio perfecto". Situado en un meandro del río Ebro, frente a la localidad riojana de Briñas, el enclave condensa en pocos metros cuadrados todas las tensiones históricas de la comarca: es zona de frontera, es tierra de cultivo fértil, es lugar de paso (vado) y es un espacio simbólico religioso.
El libro ahora publicado no es solo un informe de excavación, es un intento de hacer "biografía del paisaje". Los investigadores no buscaban solo objetos bonitos, sino responder a preguntas fundamentales. “El proyecto desafía la visión estática del pasado. Lo que hoy es un monocultivo de vid fue, en el pasado, un mosaico de cereales, huertas, bosques y zonas de pasto. La investigación demuestra que la identidad de la comarca no puede reducirse únicamente al vino, sino que posee una riqueza histórica (social, política y económica) que a menudo queda sepultada, literal y metafóricamente, bajo las cepas”, destacan los editores.
Hallazgos clave
El libro presenta una secuencia estratigráfica que abarca desde el Calcolítico hasta la actualidad. Uno de los descubrimientos más sorprendentes fue el hallazgo de niveles de ocupación prehistórica intactos bajo metros de sedimentos agrícolas. Tradicionalmente, se pensaba que las poblaciones del Neolítico y la Edad de los Metales en Rioja Alavesa vivían casi exclusivamente en abrigos rocosos de la Sierra (como Los Husos o Peña Larga) y solo bajaban al valle para enterrar a sus muertos en los dólmenes. Las excavaciones revelaron un fondo de cabaña y niveles de ocupación datados en el Calcolítico (hacia el 2.500 a.C.).
“Eso confirma que el valle del Ebro estaba habitado de forma estable mucho antes de lo que se creía. No eran asentamientos estacionales, sino lugares de habitación donde se procesaban alimentos y se trabajaba la piedra. Ese hallazgo convierte a Torrentejo en uno de los pocos asentamientos al aire libre de ese periodo documentados en la región, demostrando que el valle fue antropizado intensamente hace más de 4.000 años”, confirman los investigadores.
Por otra parte, existe una narrativa histórica tradicional que sugiere que, tras la caída de Roma y la invasión musulmana, el valle del Ebro quedó prácticamente desierto y fue "reconquistado" y "repoblado" por los reyes asturianos y navarros. El proyecto de Torrentejo aporta pruebas científicas que contradicen esa visión.
Los estudios de geoarqueología en la colina de Castrijo (junto a la ermita) han datado la construcción de las primeras terrazas agrícolas en el siglo VII d.C.. Eso significa que había comunidades campesinas locales organizadas, con capacidad técnica y fuerza de trabajo suficiente para modificar la orografía y crear zonas de cultivo, siglos antes de que los reyes navarros aparecieran en la documentación escrita. “Lejos de ser un desierto demográfico, el Torrentejo de los siglos VIII y IX era un espacio dinámico. Se ha identificado una necrópolis de lajas (tumbas formadas por losas de piedra) anterior a las famosas tumbas excavadas en roca. Eso sugiere una continuidad poblacional y una capacidad de gestión del territorio por parte de comunidades campesinas locales que no necesitaban la tutela de poderes superiores para organizarse”.
El palacio oculto y la iglesia privada
Ese es, sin duda, el hallazgo más mediático del proyecto. Bajo los sedimentos y las reformas posteriores de la ermita actual, los arqueólogos encontraron los cimientos de un complejo monumental desconocido hasta la fecha. “Se han identificado dos edificios de gran porte construidos con sillares de calidad (piedra bien labrada). Uno de ellos ha sido interpretado como un edificio de carácter residencial y representativo, posiblemente un palatium aristocrático. No era una simple casa de labranza, sino una residencia de élite vinculada a los poderes que controlaban el territorio”, resaltan los investigadores.
Junto a ese edificio civil, se encontraron los restos de una iglesia primitiva (anterior a la actual románica). La interpretación histórica sugiere que estamos ante un centro de dominio señorial. En el año 1075, el rey Sancho IV de Navarra donó la mitad de la villa de Torrentejo al monasterio de San Millán de la Cogolla. El edificio descubierto sería la manifestación física de ese poder regio o aristocrático local antes de la llegada de los monjes.
El descubrimiento cambia el mapa del poder medieval en la zona. Torrentejo no era una aldea más, era un lugar donde residían o tenían intereses directos las élites (seniores) que gobernaban la frontera entre Navarra y Castilla. La arqueología ha sacado a la luz la "micropolítica" de la Edad Media que los documentos escritos apenas dejaban entrever.
La crisis bajomedieval y el abandono
A partir del siglo XII, Torrentejo se convirtió en una "decanía" (una granja o propiedad) del monasterio de San Millán. Los monjes construyeron la iglesia románica que, muy modificada, vemos hoy (el ábside actual es de esa época). Sin embargo, la aldea desapareció.
La fundación de la villa de Labastida (con sus fueros y murallas) y otras villas cercanas como San Vicente o Laguardia actuó como un imán. La población campesina abandonó las pequeñas aldeas abiertas como Torrentejo para buscar la seguridad y los privilegios fiscales de las nuevas villas reales.
Torrentejo se despobló como aldea, pero no murió. Se transformó. En los siglos XVII y XVIII, la antigua iglesia parroquial se convirtió en ermita. Lo que la arqueología ha descubierto aquí es una vida cotidiana vibrante e inesperada.
“Las excavaciones en el exterior de la iglesia revelaron estructuras domésticas adosadas al templo –detallan los investigadores–. Allí vivía un ermitaño o santero, encargado por el Ayuntamiento de Labastida de cuidar el lugar. Pero no solo rezaba. Los hallazgos de numerosos fragmentos de cerámica con defectos de cocción (pruebas de horno) y trébedes (separadores de horno) sugieren que allí funcionó un taller alfarero. El ermitaño de Torrentejo probablemente fabricaba o gestionaba la producción de cerámica vidriada para complementar sus ingresos”.
La ermita y al ermitaño se mantuvieron como una forma de "marcar territorio" frente a los vecinos de Briñas y Haro, con quienes Labastida tenía constantes pleitos por los pastos y el uso del agua. La arqueología demuestra cómo la arquitectura religiosa también servía para afirmar fronteras políticas.
Innovación científica
El fruto de esta década de trabajo es el resultado de la aplicación de las técnicas más avanzadas en arqueología del paisaje. No ha sido una excavación al estilo del siglo XIX (buscando tesoros), sino una investigación integral:
- Arqueología de la Arquitectura: Se han leído los muros de la iglesia "piedra a piedra" (estratigrafía de los paramentos) para distinguir qué partes son del siglo XII, cuáles de la reconstrucción del XVII y cuáles de las reformas del XIX, desvelando una biografía del edificio invisible a simple vista.
- Geoarqueología: El análisis químico y físico de los suelos de las terrazas ha permitido saber cómo se construyeron los campos de cultivo hace 1.300 años y cómo cambiaron las técnicas agrícolas (del cereal al viñedo).
- Fotogrametría y drones: El uso de UAV (drones) y modelado 3D ha permitido documentar estructuras que apenas son perceptibles sobre el terreno, creando modelos digitales del paisaje y de las excavaciones con precisión milimétrica.
- Datación por radiocarbono (C14): Se realizaron 11 dataciones absolutas que han sido cruciales para fijar la cronología de las terrazas agrarias y de las tumbas, superando las estimaciones vagas basadas solo en el estilo de los objetos.
Además, el libro incluye catálogos exhaustivos de los materiales encontrados (cerámica, numismática…), que ofrecen una ventana a la vida cotidiana de las personas anónimas que habitaron Torrentejo.
También, gracias a la zooarqueología, se ha podido constatar la dieta de los habitantes del lugar. En esa dieta predominaban la oveja, la cabra y la gallina. Se trata de una dieta campesina basada en la ganadería ovina.
El libro se cierra con una reflexión crítica que es de máximo interés actual para la gestión del territorio en Rioja Alavesa. La investigación denuncia que la intensificación de la viticultura industrial (grandes extensiones de viñedo mecanizado) tiene consecuencias sobre la preservación del patrimonio.
En los "desfondes" para plantar nuevas viñas se utiliza maquinaria pesada que remueve la tierra a gran profundidad. El libro documenta cómo, en 2005 y 2014, partes del yacimiento de Torrentejo fueron arrasadas por esas prácticas antes de poder ser excavadas. Al destruir las terrazas antiguas, los ribazos y los restos arqueológicos para crear viñedos "eficientes", se está borrando la historia real del paisaje. La obra argumenta que un verdadero ‘Paisaje Cultural’ debe proteger todas las capas de la historia, no solo la que es rentable económicamente hoy (el vino).
Los autores abogan por un modelo de patrimonio que no fosilice el paisaje, pero que integre la protección de los restos arqueológicos en la gestión agraria. Torrentejo es el ejemplo de que bajo cada viña puede haber una historia de 4.000 años esperando ser contada, y que su destrucción es irreversible.
Sobre los autores y el equipo de investigación
Este proyecto ha sido posible gracias a la financiación del Plan Nacional de I+D+i y de la Diputación Foral de Álava, y a la colaboración del Ayuntamiento de Labastida.
Sobre los editores del volumen, Juan Antonio Quirós Castillo es catedrático de Arqueología en la Universidad del País Vasco (EHU). Es uno de los mayores expertos europeos en arqueología de la Alta Edad Media y arqueología de los paisajes. Dirige el Grupo de Investigación en Patrimonio y Paisajes Culturales de la EHU. Por su parte, Carlos Tejerizo García es investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Salamanca y especialista en arqueología de las sociedades campesinas y arqueología del conflicto.
Además, el libro ha contado con la participación de especialistas en prehistoria (Javier Fernández Eraso), historia medieval (Igor Santos Salazar), arqueología moderna (José Rodríguez Fernández), numismática (José Ignacio San Vicente), zooarqueología (Idoia Grau) y geoarqueología.
