Juan José Álvarez

Pandemia y caos geopolítico

Nazioarteko Zuzenbide Pribatuaren katedraduna

  • Cathedra

Lehenengo argitaratze data: 2021/04/28

Juan José Álvarez. Argazkia: UPV/EHU
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Afrontamos tal vez la mayor crisis mundial desde la segunda guerra mundial; se pronostica que el declive económico puede llegar a ser más grave que la depresión de los años 30 del pasado siglo; se habla incluso de que supondrá un cambio de época, un retorno al Estado protector, un auge de las sociedades de la vigilancia, un retroceso de la mundialización, una vuelta a la autarquía y a las fronteras. Todo son hipótesis, aproximaciones al mundo del mañana, infructuosos intentos orientados a gestionar la incertidumbre que nos rodea a nivel mundial.

La situación recuerda geopolíticamente a la vivida tras la caída del muro de Berlín en 1989, porque vamos a vivir, vivimos de hecho, en una especie de mundo a ciegas durante meses, sin saber a ciencia cierta qué escenario se abrirá finalmente camino. Todavía en medio de los terribles embates de esta pandemia emerge una especie de carrera por la predicción, intentando dibujar ya el mundo del mañana y los cambios sociales que están por llegar.

Uno de los principales problemas al que nos enfrentamos es la ausencia de un liderazgo mundial compartido; sin liderazgo los Estados competirán entre sí cuando en realidad la clave en tiempos tan complejos radica en cooperar. Esta tendencia se agudiza en la dimensión geopolítica global por el hecho de que el mundo vive momentos de gran debilidad institucional. Las instituciones que refundaron las relaciones internacionales en 1945, hace ya 76 años, experimentan un serio declive en su “auctoritas” mundial lo cual les impide abanderar ese necesario liderazgo supranacional.

¿Qué nuevos desafíos se abre en el contexto de la compleja geopolítica mundial? Ocurra lo que ocurra, el mundo que nos toca vivir ya no queda regido por las decisiones de los gobiernos de cada Estado, ni siquiera del todopoderoso EEUU. Las grandes decisiones estratégicas no se adoptan en el marco de negociaciones estatales sino en la dimensión privada donde los actores del comercio mundial dejan de ser los Estados y pasan a ser las empresas, las grandes corporaciones multinacionales. Como ejemplo cabe citar las nuevas rutas marítimas del comercio mundial por contenedores tras la ampliación del Canal de Panamá, un factor estratégico y clave que viene fijado por los operadores líderes del sector y no por decisiones gubernamentales.

Esta triple crisis (sanitaria, económica y social, a la que se suma la dimensión climático-ambiental, algo opacada en estos momentos pero que debe ser atendida sin dilación) debe ayudarnos a reflexionar sobre ello: lo complejo es que vamos a tener que actuar y reflexionar de forma casi sincrónica, porque el contexto post pandemia va a ser muy duro, catártico en lo económico y en lo social, y este reto exige grandes acuerdos, grandes consensos políticos y sociales. ¿Estamos preparados para ello?

Tal y como afirmó la veterana europeísta Emma Bonino, los Estados se dividen hoy día en dos categorías: los pequeños y los que todavía no son conscientes de que lo son, queriendo así señalar que solo con alianzas estratégicas es posible tratar de gobernar las derivadas de problemas tan graves como este al que ahora nos enfrentamos.

La idea clave o central de todo el pensamiento y de la teoría económica de Adam Smith, padre de la ideología clásica del capitalismo (liberalismo económico) decae ante problemas tan globales como el que nos llega de la mano de esta pandemia: afirmaba Smith que el egoísmo del ser humano es la clave del bienestar de la sociedad en su conjunto. Frente a esa tesis, y ante un reto global o mundial como el presente solo la solidaridad responsable y compartida podrá permitir avanzar para gestionarlo con éxito.

¿Se acentuará ahora, al más puro estilo de la era Trump, la solución de una economía basada en la recuperación de las fronteras y en el proteccionismo? En este contexto emerge con fuerza el término "démondialisation", una especie de autarquía con argumentario favorable a la "desglobalización", idea que lleva consigo la reivindicación de una mayor soberanía estatal frente a las instituciones supranacionales como la ONU (Naciones Unidas) o la OMC (Organización Mundial del Comercio). En el fondo pretende instaurar un proteccionismo que cierre fronteras a competidores externos.

¿Y Europa? ¿Es Europa una potencia en decadencia o emergente? ¿Representa Europa como construcción política un modelo de sociedad, que, pese a sus defectos e imperfecciones, merezca la pena ser defendida? ¿Ha olvidado esta Europa política que su verdadera razón de ser somos los ciudadanos? Europa suscita más interrogantes que respuestas, porque vivimos en una época de transformación radical de nuestros marcos de referencia, provocada por una nueva realidad globalizadora emergente. Los Estados ya no tienen capacidad para abordar unilateralmente todos los problemas derivados de ese complejo mundo ni pueden resolver el conjunto de las necesidades de los ciudadanos. La Unión Europea ha de representar, por ello, la respuesta de estabilidad política, prosperidad económica, solidaridad y seguridad a las inquietudes y convulsiones que genera un contexto tan complejo como el actual.

El despertar geopolítico europeo no ha surgido de la nada. Mientras que la rivalidad de EE.UU. y China se intensificaba durante la presidencia de Donald Trump, Europa comenzó a ajustar con cautela su enfoque hacia un mundo cada vez más definido por la competencia de grandes potencias. La UE comenzó a debatir la noción de «autonomía estratégica», que exige a Europa defender su soberanía industrial; en lugar de buscar a un aliado estadounidense que se ha vuelto abusivo bajo el Gobierno de Trump, o a un país como China, cada vez más agresivo, para el liderazgo global los europeos han descubierto que deben buscar a Europa.

Vivimos en una época de transformación radical de nuestros marcos de referencia. Asumir la interdependencia entre los diferentes poderes políticos, la soberanía compartida entre los mismos y los retos de las democracias en un mundo globalizado en el que los Estados se muestran impotentes para asumir, por sí solos, las respuestas a toda esa complejidad sobrevenida.