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Redes sociales campusa

Iñigo de Viar

El problema de la vivienda. El problema de habitar

Arkitektura Saileko Proiektuen irakaslea

  • Cathedra

Lehenengo argitaratze data: 2025/12/10

Iñigo de Viar | Argazkia: Mitxi. EHU

Artikulu hau jatorriz idatzitako hizkuntzan argitaratu da. 

El problema de la vivienda, de la vivienda social y privada, es un problema reciente, un hecho moderno y por tanto cultural. Deriva de las guerras europeas del siglo XX y de la recomposición posterior de la sociedad. 

En 1962, Reyner Banham decía que, a comienzos del siglo XX, la vida cotidiana occidental –especialmente la de las mujeres– experimentó una transformación profunda sin precedentes en miles de años. Esta revolución social, iniciada en las familias más acomodadas y luego extendida a todas las clases, cambió por completo la organización del hogar: familias más pequeñas y planificadas, viviendas en las afueras, desaparición del servicio doméstico, incorporación de la mujer a profesiones cualificadas y llegada de nuevas tecnologías como la electricidad, la radio, el teléfono o los electrodomésticos. Los arquitectos fueron de los primeros en percibir estas transformaciones porque afectaban directamente al diseño de las viviendas, que dejaron de ser lo que habían sido mucho antes de que ellos intervinieran. 

Podemos decir con cierta certeza que ahora también nos encontramos en otro momento de transformación y, por ello, deberíamos anticiparnos y prever soluciones futuras. El problema es que, en este mundo cambiante, es difícil hacer previsiones. Tan sólo se puede trabajar con lo inmediato. ¿Cómo pensar la vivienda para dentro de 25 años si en 10 años el mundo puede cambiar radicalmente? 

El perenne problema de la vivienda hoy se nos antoja más importante que en épocas anteriores. No hay suficientes viviendas sociales, tampoco los jóvenes tienen acceso a la vivienda y no hay vivienda libre a precios asequibles. El esfuerzo de la administración es grande, así como el interés de la iniciativa privada, pero no parece resolverse, porque los problemas son estructurales: deterioro de la vivienda antigua y exigencia de una vivienda propia del siglo XXI, existencia de infraviviendas, aumento de la población (la baja natalidad es compensada por la inmigración), concentración exclusiva de la población en determinadas zonas (por ejemplo, Bilbao y Uribe Kosta en Bizkaia), la gentrificación o los alquileres turísticos, exigencias constructivas muy altas, exceso de reglamentación y burocracia que ralentiza, complica y encarece la vivienda, por citar algunos. A ello se suma el problema del suelo, cuya escasez (por nuestra topografía singular, por la falta de gestión y por los intereses derivados de lo lucrativo del negocio) complica y encarece extraordinariamente el precio final de la vivienda. 

Esto en cuanto al principal problema social del alojamiento: vivienda de calidad y asequible, cuya solución, vistos los inconvenientes, parece difícil a corto plazo. Los problemas son conocidos. 

Hay otra cuestión que entiendo de dimensión fenomenológica, personal, y es el hecho de ‘habitar’, porque creo que nos hemos olvidado de ‘habitar’. Heidegger, en su ensayo de 1951 ‘Construir, habitar, pensar’, entre muchas ideas, afirmaba que tener alojamiento no es ‘habitar’. Podemos inferir que ‘habitar’ es, de alguna manera, vivir. Vivimos en cuanto habitamos. ‘Habitar’ es, entonces, una cuestión propia del individuo. 

No es este el lugar para definir en profundidad lo que puede significar el hecho de ‘habitar’, pero sí podemos pensar sus propiedades (los universales): permanencia, refugio, recogimiento, confort, intimidad, estar, pensar, atmósfera, reposo… un habitar contingente y esencial. De esto también debemos hablar. 

Para ‘habitar’, para ‘habitar’ con condición, una vez hemos reaprendido a ‘habitar’ y hemos adquirido la consciencia del ‘habitar’, debemos encontrar el “espacio” para ello. En nuestro mundo cambiante y vertiginoso, donde el trabajo, las rutinas cotidianas y las ofertas de entretenimiento nos absorben, es difícil encontrar tiempo para ‘habitar’. Y, quizás, el espacio para ‘habitar’ esté en una pequeña parte de nuestro ocio. 

El ocio es el tiempo libre, el tiempo no dedicado al trabajo, tampoco a temas relacionados con la religión, la política o todas aquellas actividades humanas cuyo motivo esencial es atender a las necesidades de la vida (comer, beber, vestirse, dormir...), lo que Hannah Arendt definía como “labor”. Hay un ocio activo, que permanentemente nos demanda actividades para hacer: ir al cine, al fútbol, viajar o hacer deporte. Hay también un ocio pasivo: leer, escuchar música, descansar… cuidar las plantas; en definitiva, la inacción, no hacer nada. Es ahí, en esa parte de nuestro tiempo de “no hacer nada”, donde reside el ‘habitar’. 

Quizás –seguro– que estas reflexiones corresponden a alguien cuya juventud ha quedado en el camino, que ya disfruta con la calma, con demorarse y que percibe lo complicado del ‘habitar’ con condición hoy día. Difícil tarea, porque, como dijo Pascal: «La infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: es incapaz de quedarse quieto en su habitación». 

Termino con Hannah Arendt, quien resume lo que quiero expresar con una cita de Catón al final de ‘La condición humana’: «Nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo».