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Vacunas: Herramientas de gran importancia para el bienestar social (con Sergio Quindós González)

En mayo de 2016, la Revista Mensajero, dirigida por Marta Barrio Hernáez, ha publicado un nuevo artículo de divulgación que hemos escrito juntos mi hijo Sergio y yo. Esta vez el tema abordado son las vacunas, gran avance de la Humanidad pero que por desgracia tantos bulos y falsos mitos levanta.

El contenido del artículo publicado en Mensajero viene a continuación. Deseamos que os guste.

Vacunas. Herramientas de gran importancia para el bienestar social

En 1980 se consiguió un gran triunfo para la humanidad. Ese año, la Organización Mundial de la Salud declaró que la viruela había sido completamente erradicada de nuestro planeta después de una titánica empresa de vacunación global. El último paciente con viruela fue atendido en Somalia en 1977. Hasta ese momento, la viruela había sido durante milenios una causa de enfermedad grave para miles de millones de seres humanos y responsable de la muerte de más de trescientos millones de personas, muchas más muertes que las registradas entre las dos grandes guerras mundiales del siglo XX. La tenacidad humana y una herramienta imprescindible, la vacuna contra la viruela, fueron las responsables directas de este éxito médico.

¿Cuándo comenzó esta lucha para erradicar la viruela? En 1796, más de cien años antes de conocerse la causa vírica de la viruela y casi doscientos años antes de su erradicación, el médico Edward Jenner comenzó con sus experimentos de vacunación para proteger a las personas de esta peligrosa enfermedad. Al parecer, una joven ordeñadora le contó que no sufría la enfermedad porque había padecido una infección cutánea leve, la viruela de las vacas, causada por el virus de la viruela vacuna. Jenner empezó a inocular el material de las lesiones de la viruela vacuna en la piel de voluntarios sanos («escarificación») que desarrollaron una enfermedad leve que les confirió una defensa («inmunidad») duradera tanto contra la viruela vacuna como contra la humana. Los nombres de vacuna y vacunación los acuñó Louis Pasteur en honor a Jenner.

Años antes, en 1717, Mary Montagu observó en Turquía a mujeres dedicadas a inocular a las personas sanas fluidos de las lesiones de viruela. Este proceso denominado «variolización» se hizo habitual en Europa y aunque se asociaba con una mortalidad del 2%, constituía una mejora en comparación con el 50% de mortalidad de la viruela. Hoy se sabe también que los médicos chinos, desde tiempos inmemoriales, habían obtenido, secado y molido las costras de los enfermos con viruela leve, para proteger a las personas sanas que inhalaran este fino polvo.

Además de la viruela hay muchas enfermedades que dejan importantes secuelas, como los defectos congénitos que provoca la rubéola, las parálisis de la poliomielitis o el sufrimiento respiratorio causado por la tos ferina en los niños lactantes. De hecho, muchas enfermedades causadas por virus no tienen tratamiento y la única manera de prevenirlas es la vacunación, cuando existe una vacuna. Durante más de dos siglos, las vacunas han sido fundamentales para el control de las infecciones graves. Junto con la higiene, la potabilización del agua y los antibióticos han reducido la mortalidad infantil, y aumentado la esperanza y calidad de vida. Las vacunas salvan millones de vidas cada año pero las enfermedades infecciosas son todavía la primera causa de muerte en muchos países pobres donde dos de cada tres niños menores de cinco años mueren por infecciones digestivas y respiratorias que se podrían evitar con la vacunación.

Animados por la erradicación de la viruela, se están realizando acciones globales para la erradicación de otras enfermedades, como la poliomielitis y el sarampión, que si no se hubieran encontrado con los graves problemas de las guerras, las migraciones de poblaciones o la intransigencia de grupos fundamentalistas religiosos, se habrían concluido con éxito.

Las vacunas se basan en la exposición de una pequeña cantidad de un microbio patógeno o de sus componentes para enseñar a nuestros defensas («sistema inmunitario») a reconocerlo y las prepara y estimula para combatir lo la próxima vez que se encuentren («inmunización activa»). De esta forma, gracias a la memoria del contacto con la vacuna, nuestras defensas se preparan para agresiones infecciosas futuras. Además de proteger a las personas vacunadas, si un número importante de una población está vacunado, se confiere protección indirecta a las personas más débiles que no han podido ser vacunadas («inmunidad colectiva o de grupo»): Vacunarse es un acto solidario que ayuda a la protección de la comunidad. Es importante saber que no todas las personas responden igual a las vacunas. La protección de las vacunas suele ser menor en las personas mayores de 65 años, cuyas defensas se van debilitando paulatinamente, y en los recién nacidos, con un sistema inmunitario inmaduro.

Las vacunas tienen como objetivo ofrecer una protección duradera contra las infecciones. Para conseguir este ideal, los componentes de las vacunas activan a varias células del sistema inmunitario, como a los centinelas de nuestro cuerpo, los «macrófagos» y las «células dendríticas», que engullen y destruyen a los microbios patógenos, después los descomponen en partículas pequeñas («antígenos») capaces de activar a las células fundamentales para el control de las defensas, los «linfocitos» (T y B). Estas células reconocerán y reaccionarán con energía contra estos microbios en encuentros futuros porque guardan una fiel memoria del primer contacto con la vacuna. En su lucha, los linfocitos producirán proteínas como los anticuerpos o activarán a otras células mediante señales («citocinas») para que neutralicen y destruyan a los agentes infecciosos.

Hay varios tipos de vacunas. Unas están compuestas por virus y otros gérmenes vivos pero atenuados (debilitados) que causan una infección leve y la inmunidad adquirida suele ser permanente pero no pueden utilizarse en mujeres embarazadas, en ancianos y en personas debilitadas porque podrían causarles una infección grave. Entre estas vacunas están la Sabin contra la poliomielitis o la «triple vírica» contra el sarampión, la parotiditis (paperas) y la rubéola.

Otras vacunas se componen de virus o microbios enteros pero muertos o inactivados. Entre estas están la vacuna Salk contra la polimielitis, la vacuna contra la rabia o algunas vacunas contra la gripe. Hay vacunas formadas por fragmentos o partes de los patógenos. Los «toxoides» están compuestos por toxinas microbianas, como la del tétanos o la de la difteria, que han perdido su toxicidad. Otras presentan subunidades o fragmentos del microorganismo («antígenos») capaces de estimular las defensas. Algunas se obtienen por ingeniería genética («vacunas recombinantes») como la vacuna contra la hepatitis B. Todas estas vacunas son más seguras que las que incluyen gérmenes vivos atenuados y pueden utilizarse en todas las personas pero su efecto es más débil, con varias dosis para conseguir una buena inmunización. Se están desarrollando vacunas conjugadas que incluyen componentes que ayudan («adyuvantes») en su acción inmunoestimuladora. Algunos de estos componentes son toxoides, como los toxoides diftérico o tetánico, y son empleados en algunas vacunas contra la meningitis o las infecciones respiratorias graves.

Por último, se están diseñando vacunas de ácidos nucleicos (ADN y ARN) que permiten la producción de proteínas inmunizantes cuando se inyectan en el músculo o la piel. El conocimiento del genoma de un número creciente de microbios está permitiendo la creación de vacunas por «vacunología inversa» basadas en las propiedades de las proteínas que se pueden predecir a partir de secuencias conocidas de genes. Así se están diseñando vacunas contra la meningitis, la caries, el paludismo, el sida o el herpes. Para estas enfermedades el fin que se persigue es doble, tanto protector para prevenir la enfermedad como terapéutico, una vez adquirida.

Las vacunas todavía no son perfectas y todas tienen algún efecto desagradable, bien porque provocan una pequeña molestia si son inyectadas o un ligero malestar general a veces acompañado de fiebre. Algunos efectos secundarios pueden ser graves, incluso pueden causar la muerte: en los peores casos, se puede producir una muerte por cada millón de vacunados. Muchos padres de los países económicamente ricos no somos conscientes de los millones de muertos que han impedido las vacunas ni hemos contemplado los sufrimientos de un niño con tos ferina, difteria, poliomielitis o sarampión grave. Tendemos a considerar que el riesgo de estas enfermedades es bajo y el descuido o desidia en la vacunación sistemática de los niños se está convirtiendo en una amenaza seria porque se han descrito brotes de enfermedades prevenibles como el sarampión, la difteria o la poliomielitis que causan secuelas graves e incluso la muerte de niños, como recientemente hemos lamentado en España. Sin embargo, a pesar de las falacias en las que se basan los movimientos antivacunas, no hay ninguna vacuna que no aporte muchos más beneficios que perjuicios y todas son infinitamente más seguras que padecer las enfermedades contra las que protegen. Ninguna vacuna tiene relación con el autismo u otras enfermedades con las que algunas personas con pocos escrúpulos las han querido relacionar, como han demostrado múltiples estudios de gran magnitud, seriedad y rigor científico.

La vacuna ideal sería aquella que pudiese ser ingerida, aplicada a la piel (parche) o inhalada (aerosoles) en lugar de inyectarse. Estas vacunas indoloras sustituirían a las más de veinte inyecciones que se pueden llegar a recibir en la actualidad. De esta forma se evitaría el miedo que nos producen las inyecciones y se estimularían las defensas de nuestros aparatos cutáneo, respiratorio y digestivo, y una inmunización sistémica contra estas enfermedades. Entre las opciones de crear vacunas comestibles están los ensayos exitosos con plantas y frutas (arroz, trigo, plátano, etc.) que mediante ingeniería genética pueden producir grandes cantidades de antígenos. Sus gruesas paredes vegetales resisten el efecto degradante de los ácidos gástricos permitiendo la liberación de los componentes inmunoestimuladores en el intestino. Estas vacunas comestibles, como las producidas en plátanos que tanto gustan a los niños, serían muy eficaces para combatir las enfermedades diarreicas que causan una alta mortalidad infantil en África, América y Asia. Otras propiedades ideales de estas vacunas serían que inmunizaran con una sola dosis, que fueran estables sin refrigeración y no fuera necesaria la denominada cadena de frío que muchas necesitan y que frecuentemente se rompe en los países pobres, que fueran económicas y estuvieran disponibles para todo el mundo. Sin embargo, aún no tenemos vacunas eficaces contra las tres infecciones, paludismo o malaria, tuberculosis y sida, que causan la enfermedad de millones de personas y la muerte anual de alrededor de un millón de seres humanos. Tampoco hay vacunas contra muchas de las enfermedades causadas por parásitos y hongos. Queda mucho trabajo por hacer aunque se encuentran en estudio experimental vacunas contra más de cien enfermedades.

En la consecución de estos objetivos deben implicarse los gobiernos y las entidades multinacionales porque la producción de vacunas no es muy rentable para las empresas privadas a pesar de los grandes beneficios que generan para la sociedad. Entre los retos futuros están además del diseño de vacunas personalizadas para cada grupo de personas que debe ser protegido contra un patógeno específico, el desarrollo de vacunas contra enfermedades no contagiosas, como algunos tipos de cánceres de mama, colon y próstata, las adicciones a algunas drogas, como la cocaína, o contra algunas enfermedades neurodegenerativas, como el Alzheimer.

Enlaces de interés:

Microbiota y eficacia de las vacunas

Vacunas: herramientas imprescindibles contra las enfermedades infecciosas graves

Las vacunas y la protección de la sociedad frente a las enfermedades infecciosas (inmunidad de manada o de rebaño)

 

 

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La resistencia a los antibióticos, fármacos que sirven para combatir las infecciones, es un problema creciente que causa una gran preocupación sanitaria. En este Mundo micro, Eva Caballero (@animalmecanico)  y yo hablamos de la resistencia microbiana a los antibióticos y como los viajes ayudan a la diseminación y dispersión de bacterias y otros microorganismos patógenos con resistencia a estos fármacos. El audio podéis escucharlo a partir del minuto 32:00.