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Iban Zaldua

Por qué nos empeñamos en escribir cuentos

Profesor de la UPV/EHU y escritor

  • Cathedra

Fecha de primera publicación: 06/11/2015

Ser escritor de cuentos (y entiéndase también escritora, en todo momento) no es tarea fácil en un universo cultural dominado por la novela, la telerrealidad, la liga de las estrellas, la (supuesta) alta cocina y Twitter. Y, a pesar de todo, nos empeñamos en ello, vaya usted a saber por qué. En este artículo intentaremos encontrar algunas respuestas.

1.- Porque no nos cansamos de que nos tomen por escritores de literatura infantil y juvenil. Es sabido que el castellano tiene un problema de nomenclatura –el euskera también–, ya que la misma palabra designa al "cuento (de hadas)", cuyo destino ha quedado indisolublemente unido al de la literatura infantil, y al género contemporáneo del cuento para adultos, que, aunque comparten algunas raíces comunes, no son lo mismo, ni mucho menos. Al mundo anglosajón, sin embargo, no le afecta esa tara, porque distinguen muy pero que muy bien entre "short story" y "tale", y en el mundo francófono sucede algo parecido, dado que pueden tirar de la alternativa "nouvelle"/"conte". Hemos intentado evitar el problema haciendo uso de parches como "narración" o "relato", pero ha sido inútil, claro: en el 80% de los casos en los que un civil nos pregunta sobre qué escribimos, éste saca la conclusión lógica de que lo hacemos para niños y procura continuar la conversación por esos derroteros –inútilmente, también–. Si seguimos escribiendo cuentos –y reivindicando que somos cuentistas– después de cien o doscientos episodios de este tipo, no cabe la menor duda de que hemos desarrollado la infinita paciencia que requiere este género literario.

2.- Porque nuestra actividad como cuentistas se adapta mejor a los ritmos de la vida moderna y a las servidumbres del amateurismo. Si la literatura exige algo, ese algo es la intensidad, y los escritores de cuentos, estoy seguro, encaramos el proceso de creación de cada uno de nuestros cuentos con la misma energía que los novelistas. Pero, a causa de las características propias del género –es decir, de su brevedad intrínseca–, tenemos la oportunidad de dosificar dicha intensidad mejor en el tiempo, mientras que el novelista tiene que hacerlo durante un período más largo, lo que no siempre resulta fácil a no ser que uno sea profesional (bien pagado), rentista o presentador televisivo. Es, sin duda, el género literario que mejor se amolda a la vida del escritor contemporáneo –aunque los microcuentistas, los poetas y los guionistas de anuncios publicitarios podrían reivindicarlo igualmente, claro está…–.

3.- Y, en relación también con el anterior punto, habría que añadir que los escritores de cuentos podemos librarnos de los productos de nuestra imaginación con mucha mayor facilidad. Ya hemos adelantado más arriba que la única característica incontrovertible de la que goza el cuento, además de su pertenencia al género narrativo, es su longitud, es decir, su brevedad. Eso quiere decir, asimismo, que el tiempo que invertiremos en su creación será también relativamente corto: si la redacción de un cuento se demora más de dos o tres meses y seguimos sin verlo terminado, puede que haya llegado el momento de hacer uso de una de las herramientas –analógica o digital– más efectivas de la que disponemos los escritores: me estoy refiriendo a la papelera. Algo que le costará mucho más al novelista: por una parte, porque es probable que le lleve más tiempo darse cuenta de que eso que está escribiendo no le va a llevar a nada y, por otra, porque llegado a ese punto, seguramente decidirá seguir con el trabajo, teniendo en cuenta todo el esfuerzo y el tiempo ya invertido en el mismo. De manera que no es de extrañar que el porcentaje de malas novelas que se acumula en las estanterías de cualquier librería o biblioteca sea mayor que el de malos libros de relatos…

4.- Porque tenemos conciencia histórica a (más) largo plazo. El cuento, como afirmaba Borges, nos acompañará siempre, mientras que la novela –ese caducifolio subproducto de la revolución burguesa, no por casualidad siempre en crisis– se acabará agotando algún día. De acuerdo, nosotros jamás llegaremos a ver ese día, pero puede que sí lo haga –si la IIIª Guerra Mundial o el apocalipsis zombie no lo impiden– alguno de nuestros lejanos descendientes, de forma que los cuentistas de raza solemos fallecer, serenamente y en paz, imbuidos de esa secreta satisfacción.

5.- Porque no sentimos envidia de nuestros colegas. Atención: no estamos afirmando que no les tengamos envidia a otros escritores –pues de ser así no podríamos considerarnos escritores, sensu estricto–, sino que ese sentimiento apenas existe entre cuentistas: como el fenómeno del best seller apenas es conocido en nuestra comunidad y como, por otro lado, somos portadores de esa firme conciencia histórica ya mencionada –véase el punto 4–, suelen desarrollarse entre nosotros los más tiernos sentimientos de hermandad y solidaridad. Al menos hasta que uno de los miembros de nuestra exclusiva comunidad se pasa, arteramente, al bando de la novela.

6.- Porque nos encanta tener dificultades para encontrar editorial. Es universalmente conocido que la tasa de cartas de rechazo que reciben los manuscritos de libros de cuentos es mucho mayor que la de los manuscrito de novelas –e incluso que la de los proyectos de novelas inacabadas…–; vale, es cierto que en el campo de la literatura en euskera no hemos llegado a ese punto –por cuestiones de escala y de estrechez de mercado, casi con toda seguridad–, pero hay que reconocer que la inclinación hacia la novela está extendiéndose cada vez más, también en nuestro pequeño mundo. Y si algún ingenuo pensara que el mundo de la autoedición digital ofrece mayores oportunidades a las recopilaciones de relatos frente a las novelas, le recomiendo que les eche un vistazo y compare el número de descargas de cada uno de los géneros mencionados. Pero a nosotros nos da igual: los cuentistas nos crecemos y nos curtimos ante las adversidades. Y, como bien saben los editores, no hay escritor más agradecido y servil que el cuentista, una vez recibe su carta de aceptación…

7.- Porque nos gusta la variedad. Los escritores de cuentos no nos conformamos con un solo hilo argumental, un estilo monolítico, un solo ambiente o una única relación de personajes, y por eso solemos incluir en el mismo volumen hilos argumentales, estilos, ambientes y personajes muy diferentes: tantos como relatos contenga, como poco. Hasta que a alguien se le ocurrió –en mala hora– poner de moda los "libros de cuentos" o "ciclos de relatos", centrados en un solo tiempo o lugar…

8.- Porque el santoral de los mártires del cuento está lleno de gente simpática, con la que nos tomaríamos muy a gusto unas cañas, de tener la posibilidad: Angela Carter, Raymond Carver, Antón Chéjov, Julio Cortázar, Franz Kafka, Katherine Mansfield, Guy de Maupassant, Augusto Monterroso, Alice Munro, Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Saki… Comparémosla con cualquier lista de grandes novelistas canónicos, todo prescripción y orgullo: Honoré de Balzac, Pío Baroja, Juan Benet, J.M. Coetzee, Fiodor Dostoievski, George Eliot, Gustave Flaubert, William Faulkner, Henry James, James Joyce, Herta Müller, Lev Tolstoi, Virginia Woolf… No hay color, ¿verdad?

9.- Porque nos apasiona quejarnos, y hacerlo sin parar, sobre todo de la novela y del penoso y absolutamente injusto estado de postración de este nuestro género breve –como bien a las claras deja este manifiesto mismo–. A fin de cuentas, ¿qué es un escritor, si no un quejica? Pues un cuentista es un quejica al cuadrado, o incluso al cubo. Es decir, el más escritor de todos los escritores…

 

Foto: Mikel Martínez de Trespuentes. UPV/EHU