'Mi niño no me come. ¿Qué come mi niño?' Es una campaña de divulgación para padres y madres, profesorado y personal de los comedores escolares que tiene como principal objetivo aclarar bulos y difundir buenos hábitos alimentarios en el entorno escolar. El profesor asociado y pediatra en el Hospital Universitario Cruces, Iñaki Irastorza, es el responsable de esta serie de charlas, que cuenta con el aval el Departamento de Pediatría de la UPV/EHU. Ya ha impartido cinco y la próxima será en la Ikastola Abusu, en Bilbao.
Iñaki Irastorza, profesor de Pediatría
«Enseñar a comer sin prisa, sin pausa y sin discutir»
Aclara bulos y realidades sobre la alimentación infantil en la campaña 'Mi niño no me come'
- Entrevista
Fecha de primera publicación: 29/12/2015
¿En qué consiste esta campaña?
En estas charlas se cuentan algunas cosas muy sabidas y poco cumplidas; y otras muchas basadas en la tradición culinaria, pero deformadas por el paso del tiempo. Así mismo, se incide en los bulos originados por la publicidad televisiva y la presión de productores de carne, lácteos, zumos… transformados en creencias, incluso para profesionales de la sanidad.
¿Cómo reciben esa información los padres y madres?
Con interés y, sobre todo, sorpresa, cuando les explicas de manera muy sencilla y demostrable que comer frutas y verduras es bueno, mientras que comer natillas no lo es tanto y que un zumo no sustituye a la fruta.
Ha mencionado la existencia de bulos y creencias basadas en la historia y en el efecto de los medios de comunicación.
Un bulo típico es el de los zumos. La gente piensa que si a un niño que no le gusta la fruta la puedes sustituir por un zumo, lo cual es absolutamente falso. El otro ejemplo está relacionado con nuestra memoria colectiva y la posguerra civil. En aquel momento se comía mucho pan de maíz o negro, verdura y legumbre, y muy poca carne y pescado porque no era accesible a la población en general. Así, aparece la idea de que ‘comer carne y pescado es bueno' y se sacraliza porque en los años cuarenta había una carencia de proteínas de origen animal en la alimentación. Esa idea se ha inscrito en la memoria y en la actualidad se sigue pensando que es mejor cenar pechuga de pollo, merluza o huevos fritos, que lechuga o purrusalda, a pesar de que no sea necesaria tanta ingesta de proteína animal.
Y ahora nos encontramos en una época donde priman las dietas extremas, por ejemplo comer sólo carne o suprimir toda proteína animal.
Hay que decir que una dieta ovo-lacto-vegetariana es absolutamente sana, no necesita ningún suplemento, y no es criticable aunque sea para un niño. Eso sí en nuestra cultura tradicional siempre hemos comido algo de carne y pescado. Lo adecuado es que un niño obtenga de las proteínas entre un 10 y un 12%de sus calorías y una persona adulta un poco más, pero en ningún caso más del 15%. Sin embargo, las encuestas nutricionales dicen que en la actualidad se come entre un 50 y 100% más de proteínas de origen animal de las necesarias. Eso no es saludable ni en el adulto, ni en el niño. Además, en la sociedad, e incluso en la profesión médica, se cree que la proteína hace crecer al niño cuando en realidad el factor determinante en el crecimiento infantil es una alimentación sana y adecuada.
«La dieta ovo-lacto-vegetariana no es criticable»
Hoy en día se sabe que la ingesta excesiva de proteína en la infancia es uno de los principales factores de riesgo para que en la edad adulta la persona sea obesa, tenga una tensión arterial más alta, o un colesterol más elevado. En definitiva, con una dieta desequilibrada se compran boletos para desarrollar en la edad adulta enfermedades cardiovasculares, sufrir infartos cerebrales, infartos agudos de miocardio o aneurismas. Y todo esto tiene mucho que ver con la dieta que una madre ha tenido antes de quedarse embarazada y en el embarazo, y con lo que come un bebé, o un niño.
Sin embargo, entre padres y madres más que la calidad de la dieta parece que lo que más preocupa es que las niñas y los niños coman.
Cuando los padres dicen que no comen, en realidad nos encontramos con tres escenarios diferentes: el niño o la niña que come poco, quien no come de manera adecuada y quien come lo suficiente pero a sus padres les parece que come poco. Este último es el perfil de padres preocupados porque les parece que sus hijos o hijas estén comiendo raciones pequeñas, aunque en realidad son adecuada y están bien alimentados, pero los padres quieren que coman más porque creen que estarán más sanos o serán más altos. En segundo lugar, encontramos niños malos comedores pero que sí comen lo que les gusta. Los padres o las madres explican que sus hijos comen poca verdura, poca carne, poca fruta, pero toman mucha leche con cereales, galletas, kínder sorpresa o gominolas. Es decir, ingieren más de lo que parece, aunque en la mesa no coman primer plato, segundo y postre. En definitiva, el niño come pero mal.
«Comer más no es sinónimo de estar más sano»
Por último, tenemos el perfil más infrecuente: el que realmente come poco. Tenemos dos perfiles diferentes, el niño que consume poco, pero es jovial, divertido y se mueve; crece y engorda de manera adecuada y va en su percentil. Ahora bien, podemos encontrar el niño que siendo divertido y movido ralentiza su velocidad de crecimiento en el tiempo, un año está en percentil 75 y en años sucesivos van cayendo al percentil 50, al 25... De este niño sí hay que preocuparse, porque aunque sea feliz es posible que tenga una enfermedad. Por último, el niño enfermo que come poco, está triste y no juega. Estos dos últmos casos son los menos habituales en pediatría de atención primaria y son los que vamos a encuentrar en los pasillos del hospital.
Y en niñas o niños sanos, ¿de qué manera se puede cambiar la alimentación para comer de forma adecuada?
Cambiar cualquier hábito es tremendamente difícil y nunca se puede pretender hacerlo en una semana. Si una persona nunca ha hecho deporte, lo que no debe hacer es comprar un chándal y unas zapatillas y salir a correr el primer día diez kilómetros.
¿Qué recomendaciones se les puede ofrecer a los padres?
Las primeras recomendaciones son: evitar situaciones conflictivas, no insistir para que coma, ser conscientes de que cuando se come, se come; y que nunca coman solos, pero tampoco con la televisión o la play. En definitiva, un niño debe comer y cenar con sus padres, o en el colegio con sus compañeros. Hay que evitar las discusiones por la comida y procurar no ceder ante la presión del niño. No se puede permitir que el niño se niegue a comer patatas con puerros, pero sí quiera salchichas con tomate. Además, el tiempo ante la mesa también es importante. Si la comida dura media hora, el primer plato se quita a los 10/15 minutos y el segundo igual, coma o no coma. Si el niño más tarde pide comida, no hay que dársela; pero nunca discutir con él. A partir de un año, los niños entienden a la primera lo que se les dice y cuando no hacen caso están retando a los padres.
¿Cómo aprenden a comer los niños?
Con los padres y madres. Si los padres tienen malos hábitos alimentarios, probablemente sus hijos e hijas coman mal. No se puede pedir a un niño que coma verduras, hortalizas y ensalada siete veces a la semana, si no predican con el ejemplo. Tampoco se puede pretender que un niño de 4, 6 u 8 años pase de apenas probar la fruta a comer 15 piezas a la semana, que sería lo mínimamente aceptable. Y como ocurre con otros hábitos, este cambio necesita meses o años. Es decir, hay que comenzar con pequeñas raciones de fruta, por ejemplo un trozo de manzana o un gajo de mandarina, hasta que el niño coma una pieza completa. Se necesita tiempo.
¿La edad importa para adquirir buenos hábitos?
En realidad, los hábitos alimentarios comienzan con los padres, como hemos dicho antes, incluso cuando la madre está embarazada, porque dependiendo de lo que coma el líquido amniótico cambia de sabor. Si la madre hace una dieta variada, el feto, al tragar líquido amniótico, se irá acostumbrando a esa dieta variada. Al nacer, cuando le dé el pecho también influirá en la alimentación del bebé, ya que la leche cambia de sabor según lo que haya comido. Si hace una dieta correcta, es más fácil que el niño tenga una mayor apetencia por una dieta correcta y se muestre más favorable a los nuevos alimentos que irá probando en sus primeros meses de vida.
«Para comer bien hay que predicar con el ejemplo»
Por otro lado, hay una tendencia a querer tener bebés rollizos, porque se interpreta como un signo de salud, sin embargo es un error. En un bebé sano lo correcto es que triplique su peso de nacimiento al año de vida; así, si un niño al nacer pesó 3,300 kilos, lo mejor es que al año pese 10 kilos. De esta manera, en la vida adulta del bebé se reducirá el riesgo de sufrir infartos, problemas con la tensión o el colesterol.
Y cuando en esos primeros meses de vida, comienzan a rechazar alimentos, ¿qué se puede hacer?
En realidad a veces interpretamos como rechazo el proceso de aprendizaje para comer. Es decir, la succión es un acto reflejo, pero cuando hay que mover la lengua para llevar los alimentos hacia la garganta, es muy normal que los bebés tiren la comida hacia afuera porque no saben hacerlo.
Ante ese proceso de aprendizaje, ¿qué consejos generales se pueden dar a padres y madres?
Recordarles que los niños en los primeros meses de vida están aprendiendo a comer y la mayoría no están rechazando alimentos. También que comprendan que la personalidad de los niños puede influir al aceptar alimentos nuevos, pero que en esas situaciones no hay que traumatizarles con la comida y es muy importante no forzarles a comer, tenga 9 años o 6 meses. Si solo come una cucharada de puré de frutas, pues solo come una, porque si se insiste mucho y el crío acaba llorando, este niño asociará la papilla de frutas con sufrimiento y se crearán fobias. Así cualquier novedad hay que introducirla con calma. Hoy comerá una o dos, al día siguiente se le vuelve a ofrecer y es probable que coma tres. Así, sin prisa pero sin pausa, se enseña a comer. Y sin discutir, pero sin ceder. De hecho, los niños cuyos padres mantienen una conducta coactiva y de enfrentamiento, acaban pesando menos y comiendo peor que los niños con padres que discuten menos. Eso sí, no discutir no es sinónimo de ceder y dejar hacer al niño o la niña lo que le dé la gana.
¿Por qué un niño come en la escuela y no en casa?
La escuela ha adquirido un lugar fundamental en relación con los hábitos de comida. Hay que tener en cuenta que en torno al 80% de los niños y niñas del medio urbano comen en el comedor escolar. En general, aunque la dieta de la escuela es mejorable, sigue siendo más adecuada que en la mayor parte de las casas. Además, las raciones suelen estar más ajustadas a las necesidades del niño.
«La dieta escolar es mejorable, pero adecuada para la infancia»
Si un niño come bien en el colegio y mal en casa, es probable que el desajuste se encuentre en los padres porque tienen unas expectativas exageradas respecto a sus hijos y quieren que en casa coman una ración más grande. Además, la atención en casa es mucho mayor, mientras que en el colegio las personas que les cuidan insisten menos. Y, como se ha dicho, el estar encima no favorece comer más y mejor. Junto a ello, el entorno escolar favorece comer mejor porque el niño ve que su compañera de clase también está comiendo.
¿Las fechas especiales, como las navidades, en qué medida afectan a los hábitos de alimentación infantiles?
El cumpleaños es el cumpleaños, el Olentzero es el Olentzero y el rosco de Reyes, el rosco de Reyes. Porque se salten la dieta y se coma turrón no pasa nada. Lo que hay que hacer es comer bien, sano y variado, como norma general. Cuando se dice que no es bueno comer natillas o copas de chocolate, eso no quiere decir que nunca las puedan comer, sino que un día especial o un domingo se puede introducir en la dieta ese tipo de alimentos o pizza o hamburguesa. Pero en el día a día, la norma es la norma y las excepciones como navidades o cumpleaños son perfectamente asumibles.
Fotografias: Mikel Mtz de Trespuentes eta Laura López. UPV/EHU
