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Antonio Rivera
El tuit que mató a la estrella del atril
Catedrático de Historia Contemporánea y autor de ‘Antología del discurso político'
- Cathedra
Fecha de primera publicación: 20/05/2016
¿Son peores oradores nuestros políticos actuales que los de antaño? Es una pregunta recurrente que me vienen haciendo cuando presento estos días mi último libro, ‘Antología del discurso político' (Ed. La Catarata de los Libros). Y sé que estaría en la onda decir que sí, pero creo que no sería justo sumarse a la misma. Nuestros políticos de hoy no son de naturaleza distinta de los de ayer. El último discurso de Navidad de Angela Merkel es un ejemplo de narrativa, incluso para una fecha en la que la oración se mueve por los lugares comunes de la celebración y sus vaporosos contenidos políticos parecerían no dar para más que, como sucede en España, un previsible escrutinio de los posos del café a cargo de los portavoces partidarios de guardia. Al contrario de nuestros augustos mensajes navideños, el de la canciller alemana entraba directo al tema acuciante de los refugiados y recordaba a sus compatriotas lo mucho que los demás habían hecho por ellos y la necesidad de seguir contemplando su país como acogedor, mestizo, tolerante y democrático. En resumen, un extraordinario discurso en pleno siglo XXI.
El asunto, entonces, no tiene que ver tanto con las personas como con las condiciones y medios a través de los que se produce la comunicación política. Las dos últimas centurias fueron las del discurso político. Y esto por dos razones básicas. Primero, por la progresiva (o revolucionaria) evolución de los medios de comunicación (e información), desde la extensión de la imprenta y la prensa popular hasta la llegada de los soportes audiovisuales, y ahora Internet y las redes sociales. El medio permitió multiplicar los mensajes, hacerlos accesibles y cercanos cada vez a más gente, al punto de que hoy resulta imposible permanecer ajeno o sordo a ellos. Segundo, porque la Modernidad arranca cuestionando la existencia de un paradigma único y defendiendo la relatividad de la percepción de lo real, en razón de los factores en que esta se produce. A partir de ahí se asume que el ágora es el escenario donde las diferentes interpretaciones de la realidad compiten entre sí para ser elegidas por el sujeto colectivo llamado ahora a decidir: las élites, las masas, los votantes, el público, los consumidores… El discurso, en cualquiera de sus versiones –oral clásica, iconográfica, audiovisual…-, es la forma que adquiere el mensaje público cuando debe dirigirse a una multitud y no a las minorías selectas que antaño monopolizaban el poder (cualquier tipo de poder). La sociedad de masas que inauguramos hace un siglo constituye el escenario por excelencia del discurso político. En él, el orador ha de estimular a un tiempo el cerebro, el corazón y las vísceras de una muchedumbre caracterizada por su indeterminación y heterogeneidad. Encontrar el mínimo común denominador, la oferta o el estímulo, la propuesta o la pasión que la mueva –al menos a parte de la misma- es tarea heroica, propia de los grandes oradores de la historia.
Sin embargo, otra paradoja más de nuestra existencia, aquello que incrementa sus dimensiones y posibilidades hasta el extremo acaba convirtiéndose en la amenaza de su extinción. Es la eterna ‘destrucción creativa' de nuestra voraz modernidad. La revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, así como los derroteros de la política y la cultura de masas, acaban amenazando el género del discurso político. Y lo hacen al menos por tres razones.
Primera: el tiempo que vivimos es efímero y episódico. El discurso es propio de alguien con sentido de la trascendencia, de que lo que va a decir influirá largamente en su momento y en lo futuro. Hace falta mucha valentía, seguridad en uno mismo y conciencia histórica para subirse a un atril o a un bidón y pronunciar un discurso. Pero ahora prima la coyuntura, el presente sobre cualquier otro tiempo pretérito o posterior, la táctica sobre la estrategia, la toma de posición sobre el relato. Nada hay tan solemne, importante o sólido como para llenar, como antaño, toda la plana de un diario o diez minutos en una pantalla.
Muy ligado a esto anterior, causa y consecuencia de ello: disponemos de unos medios de información y comunicación tan abundantes y omnipresentes que deben competir por captar la atención de un usuario hiperestimulado. En esa pugna prospera mejor la banalidad que el pensamiento complejo. El ‘zasca', la originalidad pasajera, navegan en nuestros medios más cómodas que el razonamiento que exige algún tiempo. Y se aceptan mejor por todos. Los líderes políticos y hasta los presidentes del gobierno se expresan oficialmente mediante tuites de ciento cuarenta caracteres, incapaces por definición de albergar algo profundo. Un discurso político, cualquiera que sea, tiene en los informativos el mismo tiempo asignado que un spot publicitario: veinte segundos. Van en el mismo formato porque valen lo mismo y porque merecen similar atención. Contrasten con sus imaginaciones una pausada y decimonónica sala de personas sentadas, escuchando durante una hora larga una oración hilada, trufada de cultismos y erudición, y salten de ahí al tipo de conocimiento múltiple y eléctrico (y por fuerza superficial) de la actualidad. Cada formato de discurso va con los medios de su tiempo.
Por último, la técnica política se ha adaptado a esa realidad parcelada típica de la postmodernidad. En la política ‘hecha migajas', aunque eternamente jerarquizada, solo el líder máximo parece tener la posibilidad de emitir un relato completo y complejo sobre lo que ocurre. El discurso político es solo un relato que interpreta la realidad y lo traslada al oyente. Pero los que nosotros vemos y oímos cada día son los producidos por miles de secundarios de la política que tratan de hacerse un hueco en un sistema competitivo y denso. Y lo hacen por medio de la ocurrencia o de microrrelatos de la realidad parcial que tienen asignada. Por eso, por irrelevantes, nos cansan sus repiqueteos, cada vez más cercanos a las ‘peleas de vecinas' (con perdón) de los reality shows. Y vuelve otra vez la paradoja de nuestro tiempo: sentimos nostalgia de aquellos grandes discursos y oradores, pero no estamos dispuestos a prestarles la atención que les dispensaron nuestros padres y abuelos. Simplemente, nuestros medios no nos dejan, y el medio -¡cómo lo vio aquel!- acaba siendo lo sustantivo del mensaje.
Fotos: Nuria González. UPV/EHU.