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Alberto López Basaguren

Brexit: la Unión Europea y el Reino Unido ante el futuro

Catedrático de Derecho Constitucional de la UPV/EHU

  • Cathedra

Fecha de primera publicación: 08/07/2016

El resultado del referéndum en el Reino Unido (RU) sobre su permanencia en la Unión Europea, con la inesperada victoria del Brexit, ha provocado un shock generalizado. Los países de la UE habían tenido sobradas muestras de la actitud renuente del partner británico; pero nunca llegaron a imaginarse que decidiera marcharse. El propio RU parecía no haber pensado nunca en serio en esa alternativa; ni tan siquiera los defensores del Brexit, como están poniendo de relieve las reacciones de sus líderes tras la victoria. El RU parecía aparentemente cómodo en esa relación, desde su actitud displicente, carente de pasión y contenidamente conflictiva. Por lo que parece, un tipo de relación bastante común, también en los consorcios humanos, sin que aboque a la ruptura, salvo entre los románticos impenitentes. No es el caso del RU.


La cuestión es que, con una participación del 72,21% de los electores registrados, el 51,89% (algo menos de diecisiete millones y medio) votó a favor de que el RU abandone la UE (Leave), frente al 48,11% (más de dieciséis millones) que votó a favor de la permanencia (Remain). Algo más de un millón doscientos cincuenta mil votos de diferencia sobre algo más de treinta y tres millones y medio de votos totales. Un estrecho margen; pero, en opinión general, un resultado claro.
De entre las múltiples cuestiones que plantea el referéndum británico hay dos singularmente relevantes, en la medida en que marcarán profundamente el futuro, cuando menos, de Europa.

El proceso de integración europea se ha hecho de espaldas a la ciudadanía, olvidando que, en los sistemas democráticos, la legitimidad popular directa es condición indispensable. La legitimación indirecta, a través de los Estados, ha dado como resultado un proceso de integración en el que la responsabilidad política (accountability) aparece diluida. En situaciones de crisis como la actual, esa separación tiene serios riesgos de convertirse en letal. El resultado del referéndum británico, que no es más que la última -aunque la más brutal- muestra de la crisis de legitimidad del proceso de integración, obliga a replantearse las formas y las políticas europeas e, incluso, el propio modelo, a riesgo de una crisis generalizada que lo haga fracasar. Ante esa perspectiva, deberíamos recordar que la UE surgió como respuesta a la carnicería que asoló Europa durante gran parte de la primera mitad del siglo XX, provocada, fundamentalmente, por la exacerbación de los nacionalismos de todo tipo.


Por otra parte, el éxito del Brexit pone ante el espejo al propio RU. El país se enfrenta a un futuro en el que no solo su situación económica puede quedar seriamente deteriorada; se enfrenta al riesgo de sucumbir como país. Los unionistas brexiters, en su inconsciencia, han roto el statu quo logrado tras el fracaso del independentismo escocés en el referéndum de septiembre de 2014 en uno de sus elementos esenciales, lo que provoca el riesgo de reabrir la demanda de un segundo referéndum en unas condiciones aparentemente más favorables para el independentismo. La potentísima Inglaterra -los unionistas- tendrá que plantearse la creciente incompatibilidad entre su visión del RU y la de las demás naciones que lo integran, a las que debe convencer con un proyecto común y a las que ya no puede someter con las técnicas de los tiempos pasados. Inglaterra tendrá que adaptarse a las necesidades, fundamentalmente de Escocia, o correrá el riesgo de quedarse sola. Incluso, tendrán que plantearse lo que significa el surgimiento de dos Inglaterras: las que algunos han comenzado a denominar, respectivamente, Brexitland -envejecida, rural, de zonas degradadas por la crisis y con muy bajo nivel de estudios- y Londonia -mayoritariamente joven, con alto nivel de estudios, urbana, cosmopolita y de las zonas más dinámicas del país-.

En cualquier caso, el reto inmediato es qué hacer con el resultado del referéndum. Puede parecer una pregunta gratuita; o, aún peor, irrespetuosa con la voluntad democrática. Pero no está claro qué va a ocurrir en el RU. Los analistas -juristas y politólogos-, así como los observadores de la política británica, no están nada seguros de que la victoria del Brexit vaya a suponer, de forma inevitable, una decisión firme del RU por el abandono de la UE, cuando menos, a corto plazo.


El artículo 50 del Tratado de la UE (TUE), que regula el proceso de abandono de la UE por cualquiera de sus miembros, deja la iniciativa del proceso en manos del país que quiera hacerlo; que deberá operar de acuerdo a su sistema constitucional interno. La realidad ha puesto de relieve la simpleza de lo que parecía razonable: la UE -y el mundo- ya conocen la voluntad manifestada por el electorado del RU; pero el RU no ha tomado aún ninguna decisión. ¿La tomará? ¿Y cuándo?

El escenario político del RU está sumido en el caos. En el campo del Remain la crisis no solo afecta al Gobierno (y a su partido, los tories), que de la mano de David Cameron, convocó -en el peor momento... salvo para sus intereses políticos personales y de partido- el referéndum, sino también al Partido Laborista, sumido en una crisis, probablemente, aun más profunda que la de los tories. Aunque pueda parecer sorprendente, el caos es aún mayor, si cabe, entre quienes vencieron en el referéndum: sin liderazgo, tras las dimisiones de sus líderes más significativos, y sin ningún plan para una victoria inesperada. La victoria del Brexit la van a tener que gestionar líderes políticos contrarios a esa opción. Líderes y partidos que tampoco la esperaban y para cuya eventualidad carecen, todavía hoy, de cualquier plan de contingencia.


El sistema constitucional británico -asentado sobre el principio de soberanía del Parlamento- es refractario a los referenda, que no son jurídicamente vinculantes. Pero para la mentalidad política británica sería difícilmente digerible que, llamada a manifestarse la voluntad popular, el sistema político no actúe de acuerdo a ella. Gestionar una hipotética marcha atrás es, por tanto, muy complicado políticamente, desde un punto de vista democrático.

Sin embargo, no debiera descartarse la posibilidad de que ocurra. La clave estará en el panorama que plantee la posibilidad real del Brexit, tras el proceso de negociaciones con la UE, tanto hacia dentro como hacia fuera del RU (acceso al mercado interior europeo y sus contrapartidas) y tanto en el ámbito político (riesgo de disgregación del país) como en el económico y financiero (cotización de la libra esterlina o mantenimiento de la City como el gran mercado financiero de Europa). Ante un panorama negativo, ¿cómo superar el referéndum ya realizado? Una decisión directa del Parlamento británico, desmarcándose del resultado del referéndum, preconizada por algunos, no parece muy factible a corto plazo.

Desde el punto de vista lógico, lo razonable parecería un segundo referéndum, una vez concretado el acuerdo de salida con la UE. Pero parece poco viable políticamente: la credibilidad del RU quedaría dramáticamente descalificada. Unas nuevas elecciones, con la victoria de un claro mensaje por el Remain, que a corto plazo es poco factible, parece la única vía a medio plazo. Pero el RU necesitará tiempo. La incertidumbre -y sus consecuencias, sobre todo económicas, ¿impedirá que la UE se lo conceda?