euskaraespañol

en boga

Sare sozialak campusa

Luis V. Solar Cubillas

Río 16: la historia continúa

Director del Centro de Estudios Olímpicos de la UPV/EHU

  • Cathedra

Fecha de primera publicación: 22/07/2016

Ciento veinte años separan las inauguraciones de los Juegos Olímpicos de la primera, Atenas, y de la trigésimo primera, Río de Janeiro.

Ha trascurrido casi siglo y cuarto desde que, en 1896, la Grecia de Jorge I acogiese, con cierto escepticismo, la organización de un nuevo intento de relanzamiento de los antiguos Juegos Olímpicos. Hoy, ciento veinte años después, el convulso Brasil, interinamente gobernado por Michel Temer, acoge en Río la XXXI Olimpiada: la historia continúa. Una historia que comenzó en la Universidad de La Sorbona en 1894.

En junio de aquel año, el día dieciséis, en el anfiteatro universitario se inauguraba el ‘Congreso Internacional de París para el Estudio y la Propagación de los Principios del Amateurismo'.  El secretario general del congreso y el auspiciador del mismo era el joven licenciado en Ciencias Políticas Pierre de Coubertin (1863-1937).

El programa contemplaba ocho puntos. Los siete primeros trataban de los problemas derivados de la definición de amateur. Pero el octavo punto decía: "De existir la posibilidad de restablecimiento de los Juegos Olímpicos. ¿En qué condiciones podían ser restablecidos?". Así se disimulaba, en palabras de Coubertin, lo que era, en el fondo, la idea matriz del congreso.

Pierre de Coubertin, que contaba entonces con treinta y un años, había soñado, al comienzo del evento, con la constitución de un Comité Organizador que abordase unos Juegos Olímpicos en París, coincidiendo con la exposición universal de 1900.

Pero los acontecimientos en La Sorbona se precipitaron: el entusiasmo generalizado concluyó con la designación de Atenas para organizar los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Dos años más tarde, en 1896, y con la elección del pedagogo griego Demetrius Bikelas como primer presidente del recién elegido Comité Olímpico Internacional (COI) Coubertin, que había entrado en el Congreso con la condición de Secretario General, salía con el mismo cargo, pero ahora del COI.

El barón francés habría de esperar dos años, hasta la celebración ateniense, para acceder a la presidencia de ‘su criatura'.

Pero, ¿para qué debían ser ‘recreados' los Juegos Olímpicos Clásicos, o de la Antigüedad?1. En realidad, lo que pretendía Coubertin era revolucionar el sistema pedagógico francés, importando métodos didácticos experimentados en Inglaterra y en las universidades de Norteamérica. Se trataba de introducir la competición deportiva en los planes de estudio, sustituyendo las gimnasias de preparación premilitar que existían en buena parte de los países del continente, instauradas o favorecidas por las guerras napoleónicas.

Los Juegos Olímpicos deberían tener la función de popularizar en todo el mundo el deporte de competición, cuyo ámbito de desarrollo, en el siglo XIX, estaba muy restringido a Inglaterra y a su ámbito de influencia. Dicho de otra forma, la revolución pedagógica de Coubertin, basada en la necesidad del educando de ‘aprender a competir', podía y debía ser popularizada por una gran fiesta cuatrienal, de carácter universal: los Juegos Olímpicos.

Con la perspectiva que nos ofrecen los ciento veinte años de historia olímpica moderna, podemos extraer algunas conclusiones, no todas tan positivas como pueda pregonar algún entusiasta, ni todas tan negativas como escuchamos frecuentemente por parte de quienes se ciñen a los aspectos visiblemente desmesurados y mejorables de la alta competición deportiva, y , en consecuencia, también de la olímpica.

Consideramos negativa la imagen clasista y un tanto opaca que trasmite la composición del COI y su peculiar democracia. Nos parece anacrónica, cara y poco ‘olímpica' la forma de la designación de ciudades ‘sede'.

Que los Juegos Olímpicos del siglo XXI se hayan otorgado a Sídney, Atenas, Pekín, Londres, Río de Janeiro y Tokio parece eliminar de las posibilidades organizativas a concentraciones urbanas menores de cinco millones de habitantes. Creemos que eso es negativo. Además, si la razón de la designación de tales ciudades tiene relación directa con las posibilidades presupuestarias de las mismas y con su capacidad de recepción de visitantes, aún el tema nos parece más negativo: la reducción del ‘universo olímpico' parece drástica.

Hoy la universalización de los Juegos es un hecho, posibilitado por la televisión y por internet, vías bien estudiadas y conocidas por el COI, que sin embargo parece haber restringido sus designaciones a ciudades con posibilidades para albergar al espectador directo, aspecto este poco coubertiniano.

Naturalmente no incidiremos en lo obvio, al COI se le debe exigir toda la pulcritud ética que necesita una propuesta pedagógica basada en la competición deportiva, pulcritud que en determinados momentos no tuvo, posibilitando o reaccionando con cierta tardanza ante situaciones de corrupción, como sobornos, prevaricaciones o dopaje.

Pero en el lado opuesto de la balanza existen razones de peso para seguir creyendo en el proyecto de Coubertin: hoy el deporte escolar está instaurado en buena parte del mundo evolucionado e independizar su implantación del devenir olímpico es desconocer la historia de ambas cuestiones. No es demasiado sabido, por ejemplo, que el lema olímpico ‘citius, altius, fortius' fue, en realidad, el lema de los primeros juegos escolares de París, organizados por el sacerdote dominico, Padre Henri Didón, amigo y colaborador de Coubertin.

El actual COI mantiene como uno de sus programas estrella el denominado ‘Solidaridad Olímpica', cuya principal misión sigue siendo, básicamente, la promoción del deporte en los ámbitos geográficos, sociales o políticos más desfavorecidos, es decir, allá donde el deporte no está generalizado en la población en edad de escolarización.

El deporte para todos y todas (‘sociedad activa' lo denomina el COI), la promoción deportiva de la mujer, el deporte y la sostenibilidad, o el legado social y deportivo de las celebraciones olímpicas, son hoy, mucho más que en otras épocas históricas, preocupaciones reales del comité y, como no puede ser de otra forma, destino de una buena parte de sus abundantes recursos presupuestarios.

Creemos que, aún en nuestros días, la fiesta mundial que suponen unos Juegos Olímpicos muestra la cara más positiva de las posibilidades de relación y entendimiento internacionales, en un mundo que contrapone a la bandera olímpica, su significado y alegoría2, guerras de carácter económico, de origen religioso o con fundamentos racistas. En tal sentido, entendemos el olimpismo como un movimiento filosófico, en pos de la paz y del entendimiento, un planteamiento pedagógico en busca de una juventud formada para competir, en el deporte y en la vida, con sujeción a  las normas y las leyes que democráticamente nos proporcionamos, y como una plataforma diplomática internacional cuyos efectos y bondades han sido manifiestos en los últimos treinta años.

Sinceramente, pensamos que el olimpismo está obligado a reconsiderar algunos de los caminos que ha tomado, fundamentalmente los derivados de un gigantismo que consideramos buscado. También creemos que puede y debe mejorar en aspectos relacionados con la designación  de sedes olímpicas, con la democratización interna, o con el reparto presupuestario. Pero, así mismo, estamos firmemente convencidos de que, si no existiese, un nuevo Coubertin debería reinventarlo: el movimiento olímpico es absolutamente necesario para el mundo en que vivimos.

 

1 Los JJ. OO. clásicos o de la antigüedad se celebraron en Grecia durante más de mil años. Se trataba de juegos para celebrar la entrada de una nueva olimpiada, o periodo de cuatro años. Los registros de que disponemos tratan del periodo comprendido entre el 776 a. d. C. al 393 de nuestra era.

2 La bandera olímpica propone desde 1914, año de la aprobación de su diseño, la unión de razas y continentes, representados por cinco anillos de distintos colores entrelazados, sobre fondo blanco, el color de la paz. Paradojas de la vida y el destino: no pudo estrenarse en una celebración olímpica, hasta los Juegos de Amberes, en 1920. La primera Guerra Mundial imposibilitó la celebración de la Olimpiada de 1916.

 

Fotos: Mikel Mtz. de Trespuentes. UPV/EHU.