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Gaurko irudia

Iñigo García Odiaga

Por qué importa la arquitectura

Profesor de Proyectos y subdirector de Cultura y Comunicación de la Escuela de Arquitectura

  • Cathedra

Lehenengo argitaratze data: 2022/09/29

Iñigo García Odiaga
Iñigo García Odiaga | Argazkia: Nagore Iraola. UPV/EHU.

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El 3 de octubre se celebra el Día Mundial de la Arquitectura. Teniendo en cuenta que estos “días” pretenden sensibilizar a la sociedad sobre temas de interés relacionados con la salud, los derechos humanos, la cultura o el medio ambiente, cabría preguntarse qué papel juega la arquitectura en ese escenario.

La opinión pública, e incluso la más cualificada, a menudo confunde construcción con arquitectura, entendiendo que la arquitectura sería aquella definición de diccionario que resume la disciplina como el arte de proyectar y construir edificios. De alguna manera, esa segunda cuestión, la del objeto construido, tiende a eclipsar en el ideario colectivo la verdadera razón de ser de la arquitectura: proyectar.

Podríamos, por lo tanto, coincidir en que esta celebración del Día Mundial viene a insistir en los valores que la arquitectura aporta a la sociedad y en el valor de esta característica fundamental de la práctica de la arquitectura: proyectar, es decir, establecer una proyección sobre algo que va a ocurrir, narrar hoy algo que sucederá mañana. De esta manera, la arquitectura sería la prospección del futuro, de un futuro posible, y especialmente de un futuro mejor.

En el año 2012 Paul Goldberger, publicaba el libro ‘Por qué importa la arquitectura’. El crítico de arquitectura estadounidense más influyente de las últimas décadas se posicionaba ante sus lectores para explicar cómo nos afectan los edificios y cómo la arquitectura no sólo nos proporciona refugio, sino que configura de forma determinante nuestra vida. La arquitectura es el escenario de nuestra cotidianeidad y fija nuestra relación con el espacio y el tiempo, tanto como individuos como sociedad.

Estamos rodeados de construcción, descansamos, trabajamos, jugamos o nos divertimos en edificios, pero de todos ellos sólo forman parte de la arquitectura aquellos que han conseguido crear lugares significativos, aquellos que son portadores de nuestra memoria colectiva y que tienen, por todo ello, un profundo valor simbólico, cívico y ético.

En la esencia de la naturaleza humana está, en cierto modo, la necesidad de confrontar con la naturaleza. Para combatir las inclemencias del tiempo, inventamos el control del fuego; para paliar el hambre, la agricultura. La arquitectura es parte de ese proceso para acomodar el medio, evidentemente transformándolo y alterándolo, pero, a cambio, el mundo debería ser mejor. Desde este punto de vista, la presencia de la arquitectura se demostraría con el compromiso de la misma para participar en las decisiones y en las conversaciones que ayuden a construir un futuro mejor.

Futuros Mejores

La arquitectura no puede, y no debe ser ajena a las realidades y problemáticas de su tiempo. Las inquietudes actuales, compartidas por todas las disciplinas, son evidentes. El cambio climático, la reducción de las desigualdades sociales o el aumento de la calidad de la vida en las ciudades son, por lo tanto, material de trabajo de la disciplina.

La arquitectura ha estado en el origen de estas incertidumbres. El sector de la construcción representa el 39 % de las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera y, al mismo tiempo, genera el 30 % de los residuos sólidos y el 20 % de la contaminación de las aguas.

La ciudad, el gran producto de la arquitectura, su campo de trabajo más consagrado, es la acumulación de todos los sueños compartidos, pero también es el botín de todas las codicias.

Que la arquitectura produce un impacto, y que necesita la inversión de enormes cantidades de energía para ponerse en pie es una obviedad. Por eso su necesidad no debe sólo justificarse desde el menor gasto posible, o desde el consuelo del bajo impacto, sino que debe basarse en el compromiso de generar un beneficio a la sociedad en su conjunto.

La arquitectura, desde ese objetivo, es una disciplina de tremenda complejidad, con gran cantidad de agentes implicados en su resolución. Ya no vale proponer respuestas para los arquitectos o para los críticos de la disciplina, sin atender el coste, la energía, la huella ecológica o su capacidad de transformación.

Por ese motivo el papel del arquitecto actual no consiste en ponerse en el centro de la obra, sino más bien en, desde un cierto anonimato, encontrar los lugares de coincidencia y encuentro entre todos los agentes implicados, por lo que hacen falta grandes dotes para escuchar y un incansable espíritu creativo para articular soluciones. Ese y no otro debería ser el papel del arquitecto en la sociedad actual.

La arquitectura está sufriendo una catarsis profunda con la incorporación de innumerables agendas sociales, climáticas o políticas a su práctica. Es labor de instituciones como la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la UPV/EHU, formar a aquellos que imaginarán futuros mejores y que, ante situaciones de complejidad, escasez de recursos o precariedad, sepan producir arquitectura.

Arquitectura entendida como el producto construido, un edificio, un espacio público, una pequeña reforma; que cuando surge en nuestro deambular por un pequeño pueblo o una ciudad se revela como un proyecto que ha tenido detrás un arquitecto que, bien informado, hace las cosas lo mejor que puede para servir a la sociedad.