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Redes sociales campusa

Lucía Sáez Vegas

¿Merece la pena ser sede? Reflexión sobre los grandes eventos deportivos en el País Vasco

Departamento de Economía Financiera II. Facultad de Economía y Empresa

  • Cathedra

Lehenengo argitaratze data: 2026/06/04

La profesora Lucía Sáez Vegas | Argazkia: Fernando Gómez. EHU.
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El debate abierto en torno a la idoneidad y conveniencia de que Bilbao y Donostia sean finalmente sedes del Mundial de Fútbol 2030 invita a una reflexión que va más allá de cuestiones organizativas. En realidad, plantea interrogantes relacionados con el modelo de ciudad, el equilibrio entre turismo y calidad de vida, y el papel que desempeñan los grandes eventos deportivos en destinos ya consolidados a nivel nacional e internacional.

En las últimas décadas, los eventos se han consolidado como un campo de estudio propio dentro de las ciencias sociales, especialmente en ámbitos como el turismo y la gestión, debido a su impacto económico, social, cultural y medioambiental.

A comienzos de la década de 1970 surgen las primeras investigaciones científicas que abordan los eventos como objeto de estudio, destacando el primer trabajo sobre turismo de eventos realizado por Ritchie y Beliveau (1974). Posteriormente, durante la década de 1990 y la primera década del siglo XXI, gran parte de la investigación se centró en el análisis de factores internos del evento, como las actividades, la localización, la creación y la ejecución, así como en sus tipologías y categorías (Crespi Vallbona y Richards, 2007; Getz, 2008; Hawkins y Goldblatt, 1995; Hinkin y Tracey, 2003).

En la segunda década del siglo XXI, el enfoque se desplaza hacia el estudio de los impactos socioculturales y medioambientales de los eventos, así como hacia su articulación con las políticas públicas y la sostenibilidad (Mair y Whitford, 2013). Paralelamente, la experiencia de los participantes adquiere un papel central en la investigación, consolidándose como una dimensión clave en el análisis de los eventos (Breiter y Milman, 2006; Jung y Tanford, 2017; Larson et al., 2015; Liu et al., 2017; Pope et al., 2017).

Un evento se define como un acontecimiento planificado que se desarrolla en un momento y lugar determinados y que, por lo tanto, constituye una oportunidad única. Su finalidad es fomentar la interacción entre una organización anfitriona y su público objetivo, es decir, se trata de una actividad socialmente compartida que tiene el propósito de alcanzar objetivos como comunicar y posicionar marcas o destinos, generar experiencias, motivar y cohesionar a públicos internos y externos, y producir impactos económicos, sociales y turísticos, a ser posible sostenibles y con un legado positivo (Dolasinski et al., 2021; Fonseca et al., 2022). Una característica común a todos los eventos es su carácter efímero, ya que constituyen una atracción que los territorios, generalmente las ciudades, solo pueden ofrecer durante un tiempo limitado.

Los eventos se presentan en una amplia diversidad de formas y dimensiones, pero podemos sintetizarlos en veinte tipologías fundamentales que se agrupan en cuatro categorías principales, definidas a partir de sus características comunes y de su frecuencia de ocurrencia (Getz, 2008):

  1. Los eventos profesionales facilitan la generación y difusión de conocimiento, promueven el desarrollo profesional de los participantes y fortalecen las redes de contacto e intercambio dentro de un campo de actividad específico. Esta categoría incluye reuniones, conferencias, congresos, convenciones, ferias comerciales y académicos.
  2. Los eventos sociales se centran principalmente en eventos de carácter social y familiar. Entre los eventos comprendidos en esta categoría se encuentran los hitos personales, las celebraciones familiares y los eventos de carácter étnico o cultural.
  3. Los eventos de causa común tienen el propósito de apoyar, visibilizar o promover una causa social, solidaria o benéfica de interés colectivo. Suelen estar orientados a generar conciencia, recaudar fondos o movilizar a la ciudadanía en torno a problemáticas compartidas. Esta categoría se incluyen iniciativas como campañas benéficas, eventos solidarios, marchas, actos de sensibilización, espirituales/religiosos o galas de recaudación de fondos.
  4. Los eventos de entretenimiento buscan crear experiencias memorables basadas en el disfrute, la participación y la interacción de los asistentes. Esta categoría incluye viajes de incentivo, exposiciones, exhibiciones, festivales, conciertos, convenciones de aficionados, y eventos deportivos.

En esa última categoría, los eventos deportivos se han consolidado como una herramienta estratégica de carácter transversal, cuyo impacto es multidimensional, ya que se extiende simultáneamente a los ámbitos económico, social, cultural, territorial e incluso simbólico. Müller y Gaffney (2018) plantean que la celebración de eventos deportivos constituye un instrumento clave para la promoción de destinos, al generar notoriedad y contribuir a fortalecer la identidad territorial ante potenciales turistas e inversores. Todo ello les otorga un valor añadido significativo para el territorio que los acoge, ya sean ciudades o regiones.

Los eventos deportivos abarcan una amplia variedad de formatos y escalas, desde competiciones locales y regionales hasta megaeventos internacionales como los Juegos Olímpicos o la Copa Mundial de Fútbol. Esta variedad permite que tanto grandes ciudades como destinos de menor tamaño encuentren en el deporte una oportunidad para atraer flujos turísticos, generar gasto en alojamiento, restauración y transporte, y contribuir a la reducción de la estacionalidad turística en determinados destinos (Getz, 2008). Además, los eventos deportivos desempeñan un papel clave en la construcción y proyección de la imagen del territorio que actúa como sede del evento. Así, los eventos deportivos de alcance nacional o internacional incrementan la visibilidad mediática del territorio, refuerzan su posicionamiento y contribuyen a asociar su imagen con los valores positivos inherentes al deporte.

En la última década, el País Vasco ha desarrollado una estrategia clara para consolidarse como un territorio de referencia en la organización de eventos deportivos. En ese contexto, se distinguen, por un lado, los eventos deportivos de carácter recurrente, que se celebran anualmente con fechas y formatos consolidados, y, por otro, los eventos deportivos de carácter extraordinario o único, que tienen lugar de forma puntual y cuya organización implica, habitualmente, competir con otros territorios para convertirse en sede. Aunque diferentes en su naturaleza, ambas comparten elementos comunes que explican su relevancia e impacto.

Por un lado, los eventos deportivos recurrentes, como la Behobia–San Sebastián (B/SS), el Ironman de Vitoria-Gasteiz o el Bilbao Night Running Fest, forman parte ya del calendario habitual y de la imagen e identidad de sus respectivas ciudades. Esas citas atraen cada año a miles de participantes y acompañantes, lo que genera un importante flujo turístico y un impacto directo en sectores como la hostelería, el alojamiento, el comercio o el transporte. Pero, más allá de su dimensión económica, esos eventos destacan por su carácter participativo y colectivo. Su continuidad en el tiempo permite consolidar una comunidad fiel en torno al evento, reforzando su arraigo social. La implicación de la ciudadanía, ya sea como voluntariado, público o participante, convierte esos eventos deportivos en celebraciones populares, que fomentan la cohesión social y el sentimiento de pertenencia. Al mismo tiempo, contribuyen a proyectar la imagen de una ciudad activa y vinculada a los valores positivos del deporte, transformando el espacio urbano en un escenario que combina actividad deportiva, ocio y espectáculo.

Por otro lado, los eventos deportivos de carácter extraordinario o único, como la salida del Tour de Francia de 2023 (Grand Départ), la final de la Europa League de 2025 o las Finales Europeas de Rugby celebradas en Bilbao en 2018 y 2026, presentan una escala y una proyección internacional superior. La llegada masiva de turistas y su retransmisión a escala global sitúan a las ciudades anfitrionas en el foco de atención internacional, reforzando su imagen y visibilidad. Su impacto económico y mediático suele ser especialmente significativo y, además, esos acontecimientos permiten demostrar la capacidad organizativa del territorio, ya que requieren una compleja coordinación institucional, logística y de seguridad.

A pesar de los beneficios señalados, la organización de grandes eventos deportivos también conlleva efectos negativos y desafíos relevantes que deben ser considerados por parte de las distintas administraciones públicas de cara a valorar y analizar la pertinencia e idoneidad de su celebración.

Los grandes eventos deportivos generan alteraciones en la vida diaria de la ciudadanía. La celebración de competiciones de gran escala implica cortes de tráfico, restricciones de movilidad, saturación del transporte público y dificultades de acceso a determinadas zonas de la ciudad. Por ejemplo, en eventos como las finales de rugby o el Tour de Francia, los dispositivos de seguridad y movilidad obligaron a modificar significativamente el funcionamiento normal de la ciudad.

Por otro lado, existe un incremento de la inversión pública, especialmente en áreas como seguridad o acondicionamiento de espacios públicos en la ciudad. En muchos casos, esas inversiones deben realizarse en plazos muy reducidos y con exigencias elevadas por parte del titular de los derechos del evento. Además, no puede descartarse la posibilidad de incidentes o altercados, especialmente en eventos con gran afluencia de público internacional. Aunque en el caso del País Vasco esos incidentes han sido muy limitados, la gestión de la seguridad constituye uno de los principales retos organizativos. A ello se suma el riesgo de que el impacto económico esperado no se materialice plenamente, lo que cuestiona la rentabilidad real del evento para las administraciones públicas y la propia ciudadanía.

Otro aspecto relevante es el encarecimiento de los precios. Durante la celebración de esos eventos, el coste de alojamientos, restauración y servicios suele aumentar de forma considerable, lo que puede generar rechazo entre la población local y afectar negativamente a la imagen y reputación de la propia ciudad. Asimismo, en ocasiones se produce un fenómeno de turistificación, en el que los turistas ocupan los espacios centrales de la ciudad, desplazando a los residentes y alterando los usos habituales del espacio urbano.

Todas esas cuestiones pueden explicar el debate abierto en torno a la conveniencia de acoger el Mundial de fútbol 2030 en las ciudades de Bilbao y San Sebastián. A pesar de haber sido seleccionadas como sedes, distintas instituciones han planteado la necesidad de reflexionar sobre su participación debido a las exigencias de la FIFA, que implican importantes inversiones económicas, logísticas, técnicas y de seguridad. Entre esas condiciones destacan las posibles restricciones de uso de los estadios, inversiones adicionales o exigencias fiscales que podrían afectar a las arcas públicas.

En esta situación se hace necesario plantear un espacio de reflexión sobre el modelo de ciudad y de desarrollo que se desea promover. Si bien, tal y como hemos señalado, ese tipo de eventos se asocia habitualmente a beneficios económicos, visibilidad internacional y proyección de imagen y reputación, también plantea interrogantes relevantes en territorios que ya cuentan con una elevada afluencia turística. En el caso de Donostia, por ejemplo, cabe preguntarse si resulta realmente necesario acoger un evento de esa magnitud para reforzar su imagen o incrementar su atractivo, cuando ya se trata de un destino consolidado a nivel internacional. Del mismo modo, surge la duda de si el incremento puntual de turistas compensa los posibles efectos negativos, como la saturación en el centro histórico, el encarecimiento de precios o la presión sobre los servicios públicos.

En Bilbao, aunque la trayectoria reciente en la organización de grandes eventos demuestra una notable capacidad logística y de organización, así como un claro retorno en términos económicos y de imagen, el debate se centra en la sostenibilidad a medio y largo plazo de ese tipo de eventos deportivos. La inversión pública requerida, las exigencias organizativas y el riesgo de que los beneficios económicos no sean tan elevados como se prevé obligan a analizar con prudencia la conveniencia de participar.

Por lo tanto, la cuestión no es únicamente si estas ciudades pueden acoger y organizar un evento como el Mundial de Fútbol 2030, sino si deben hacerlo. Esa decisión requiere equilibrar el impacto económico con el bienestar ciudadano, la sostenibilidad urbana y el modelo de desarrollo turístico, incorporando la voz de la ciudadanía para garantizar que el evento, en caso de celebrarse, sea percibido como una oportunidad compartida y no como una imposición externa.

 

Referencias bibliográficas

Breiter D., Milman A. (2006). Attendees’ needs and service priorities in a large convention center: Application of the importance-performance theory. Tourism Management, 27(6), 1364-1370. https://doi.org/10.1016/j.tourman.2005.09.008

Crespi-Vallbona, Richards G. (2007). The meaning of cultural festivals: Stakeholder perspectives in Catalunya. International Journal of Cultural Policy, 13(1), 103-122. https://doi.org/10.1080/10286630701201830

Dolasinski, M. J., Roberts, C., Reynolds, J., & Johanson, M. (2021). Defining the field of events. Journal of Hospitality & Tourism Research, 45(3), 553-572. https://doi.org/10.1177/1096348020978266

Fonseca, I., Bernate, J., & Tuay, D. (2022). La responsabilidad social corporativa y los eventos deportivos. Una revisión sistemática de la producción científica. Sport TK: revista euroamericana de ciencias del deporte, (11), 156-176. https://doi.org/10.6018/sportk.470131

Getz D. (2008). Event tourism: Definition, evolution, and research. Tourism Management, 29(3), 403-428. https://doi.org/10.1016/j.tourman.2007.07.017

Hawkins D. E., Goldblatt J. J. (1995). Event management implications for tourism education. Tourism Recreation Research, 20(2), 42-45. https://doi.org/10.1080/02508281.1995.11014747

Hinkin T. R., Tracey J. B. (2003). The service imperative: Factors driving meeting effectiveness. Cornell Hotel and Restaurant Administration Quarterly, 44(5-6), 17-26. https://doi.org/10.1016/S0010-8804(03)90103-0

Jung S., Tanford S. (2017). What contributes to convention attendee satisfaction and loyalty? A meta-analysis. Journal of Convention & Event Tourism, 18(2), 118-134. https://doi.org/10.1080/15470148.2017.1290565

Larson M., Getz D., Pastras P. (2015). The legitimacy of festivals and their stakeholders: Concepts and propositions. Event Management, 19(2), 159-174. https://doi.org/10.3727/152599515X14297053839539

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Mair, J., & Smith, A. (2021). Events and sustainability: Why making events more sustainable is not enough. Journal of sustainable tourism, 29(11-12), 1739-1755. https://doi.org/10.1080/09669582.2021.1942480

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Pope J. A., Isely P., Agbetunsin B. (2017). How do we keep them coming back? A look at individual factors impacting attendee satisfaction and intention to return to festivals. International Journal of Event and Festival Management, 8(2), 102-120. https://doi.org/10.1108/IJEFM-04-2016-0028

Ritchie, J. B., & Beliveau, D. (1974). Hallmark events: An evaluation of a strategic response to seasonality in the travel market. Journal of travel research, 13(2), 14-20.  https://doi.org/10.1177/004728757401300202