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Kepa Sojo

El maravilloso mundo del cine en pequeño formato

Profesor de Historia del Cine en la UPV/EHU y Director de Cine

  • Cathedra

Lehenengo argitaratze data: 2016/10/06

Artikulu hau jatorriz idatzitako hizkuntzan argitaratu da.

A finales de la pasada centuria hacer cine era algo heroico a la par que complicado. Además, era muy costoso. Si querías rodar un cortometraje tenías dos opciones. Lo podías hacer de manera más profesional, filmando en 35 mm., con equipo técnico experimentado en largometrajes y con actores profesionales que se prestaban a interpretar un papel en tu locura con el objetivo de que si tú, talentoso cineasta, lograbas un éxito sin precedentes con tu obra maestra, luego podrías llamarles a la hora de hacer tu primer largometraje. La otra opción para rodar un corto era hacerlo en vídeo con tus compañeros de facultad y con actores no tan cualificados o colegas que hacían las veces de intérpretes.

La diferencia era abismal entre los llamados cortos en cine y cortos en vídeo. Los certámenes y festivales distinguían en algunos casos estas dos categorías. Un cortometraje medio en cine costaba unos 5 o 6 millones de las antiguas pesetas (entre 30.000 y 36.000 euros aproximadamente). Mucha gente probaba suerte haciendo un corto en vídeo con cuatro perras y, si funcionaba bien y tenía una calidad mínima, podía hacer un kinescopado, pasarlo a 35 mm. y competir en festivales de más categoría habiendo gastado menos dinero.

Hoy la situación ha cambiado. Hemos vivido una de las grandes revoluciones de la historia del cine: el final del celuloide y el paso al formato digital. Esta transformación, que es tan importante como la obtención de imágenes en movimiento por parte de los pioneros del cine, el paso del mudo al sonoro, el perfeccionamiento del color y del sonido o la irrupción de la televisión, primero, y del vídeo, después, ha conseguido, asimismo, democratizar la elaboración de materiales audiovisuales. Ahora mismo se puede rodar un cortometraje con una cámara fotográfica o incluso con un teléfono móvil. Cualquiera puede tener en su ordenador un programa básico de montaje de imagen. Los que hacían cortos en vídeo en los años 90 eran aquellos que no podían acceder a contar sus historias en cine. Actualmente, con la igualación del digital, es complicado para un festival distinguir las categorías canónicas del cortometraje. Cualquiera puede filmar un corto, como cualquiera puede hacer una crítica literaria o cinematográfica en un blog o en las redes sociales. Se ha democratizado tanto el proceso que, por una parte, es bueno que la gente tenga acceso a herramientas con las que era imposible soñar a finales del siglo pasado, pero, por otra, la abundancia de cortometrajes y otros contenidos audiovisuales, por medio de los nuevos canales de distribución, hacen que los procesos de selección en festivales sean más complejos y cansinos.

Volviendo a la heroicidad de intentar emprender una carrera cinematográfica, es bastante frecuente encontrar en este país directores con más de un largo a sus espaldas completando sus ingresos con clases, conferencias, filmando publicidad o aceptando trabajos alimenticios televisivos. Sin decir nombres, es bastante penoso ver a ganadores de premios Goya o a referentes del cine español de diversas épocas, muchas veces homenajeados en festivalillos de pueblo, teniendo dificultades para salir adelante. En mi caso, compagino la docencia y la investigación en Historia del Cine con la práctica cinematográfica, utilizando mis conocimientos prácticos en clases, artículos, libros y conferencias, así como empleando mi experiencia como historiador y docente para los rodajes. Casi sin darme cuenta, en 20 años de recorrido he dirigido seis cortos, un largometraje y 13 episodios de una serie de televisión. No hace falta decir que la experiencia que tengo ahora nada tiene que ver con la osadía y bisoñez con que planteé mi primer rodaje allá por 1997. Al no conseguir subvención alguna, por ser un novato y desconocido cortometrajista en ciernes, pedí dos préstamos a dos entidades bancarias que gracias a Dios pude pagar. No obstante, aunque hacer cine sea algo muy gratificante desde el punto de vista creativo y personal, también entraña algunas cuestiones que son complicadas de llevar adelante si tu obra tiene una pequeña relevancia.

Por un lado está el tema de las subvenciones. Mucha gente piensa que el cine se hace porque el dinero proviene de fondos públicos. En parte es así, pero el cultivo de la remolacha, el plan renove automovilístico y la cría del alimoche en cautividad también pueden desarrollarse gracias a las subvenciones públicas. Si no obtienes una subvención, algo más común de lo que la gente piensa, hay muchas maneras de logran fondos para un cortometraje. Está eso que llaman crowdfunding, que hace veinte años se llamaba pedir dinero a familia y amigos. Lo que no hay que hacer es desesperar porque no hayas obtenido una subvención. Que te den un premio, seleccionen tu trabajo o te den dinero para hacer un corto es tan subjetivo que no merece la pena darle vueltas.

Por otro lado, hay que estar expuesto a las críticas. El día que estrenas una película se desarrolla toda una liturgia en la que, aunque hayas hecho un mal trabajo, todo el mundo te va a adular y a felicitar. Hay unas normas no escritas que se cumplen en este ceremonial y que suelen ser similares a las de los actos académicos universitarios o a las celebraciones de la vida común. El problema de las críticas no estriba en que el crítico de turno ponga a caldo tu "obra maestra", que puede pasar, sino que cualquier persona sin un máster en Harvard, y sin una formación fundada, en su blog personal haga lo propio, o que en las redes sociales se genere una opinión desfavorable hacia lo que haces. Como todo el mundo puede opinar, esto es algo que suele ocurrir.

Otra situación negativa que si haces cine tienes que sobrellevar es que no seleccionen tu "gran creación" en los más de 200 festivales de cortometrajes que hay en España, y en los del resto del mundo mundial. Si un certamen recibe 1.200 trabajos, de los que seleccionan 25, es bastante difícil, por probabilidades matemáticas, entrar en esa rueda, aunque no imposible. Con mi primer cortometraje recibí unas 10 negativas y amenacé al mundo del cine con dejar mi talento ocupado en otros menesteres, pero una carta (entonces no había e-mails) de un festival internacional muy importante, me hizo recapacitar y seguir adelante. Luego vinieron algunos premios, nuevos trabajos y una nominación a los Goya que hizo que me felicitara gente insospechada sin ninguna relación con el cine. De todos modos, pasan los premios Goya, emprendes un nuevo proyecto y sigues teniendo el miedo de si tu nueva propuesta gustará, si será seleccionada en festivales, si tendrá repercusión en el extranjero. En fin, que cada vez que emprendes un nuevo proyecto partes de cero otra vez. Tienes que pasar tantas cribas como el PDI de la universidad actual. La Aneca, complementos, Docentiaz y sexenios del cine son las subvenciones, selecciones o premios en los festivales que califican para los Goya, para los Bafta, para los Oscar… Estás todo el día rellenando papeles y mandando tu trabajo a sitios ignotos. Pero eres feliz porque haces lo que te agrada. En mi caso, hago las dos cosas que más me gustan: el cine y la docencia universitaria. Me considero un privilegiado, aunque haya un día en que llore en silencio porque no hayan seleccionado mi gran film en el festival de Mozoncillo de Abajo.

 

Fotos: Nuria González. UPV/EHU.