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Luismi Uharte

Venezuela en la geopolítica del imperialismo

Profesor-investigador del Departamento de Antropología Social. Área de estudios de América Latina (grupo de investigación ‘Parte Hartuz’)

  • Cathedra

Lehenengo argitaratze data: 2026/01/15

Luismi Uharte, investigador de Parte Hartuz | Argazkia: Eneka Tamayo. EHU.
Artikulu hau jatorriz idatzitako hizkuntzan argitaratu da.

El ataque militar contra Venezuela y el secuestro de su presidente el pasado 3 de enero supusieron un nuevo salto cualitativo en la política de EE.UU. de asedio y derribo contra el país caribeño, mostrando descarnadamente no solo la brutalidad del gobierno de Trump sino también las nuevas coordenadas de la geopolítica del imperialismo (Borón, 2012) estadounidense en relación a su ‘patio trasero’ (América Latina).

¿Por qué ahora?

Hay que situar la agresión militar y el secuestro dentro de una secuencia larga de más de una década que tiene como objetivo el derrocamiento del gobierno venezolano. En cierta medida replica otras experiencias históricas en las que, tras años de políticas de asfixia, se generan las condiciones para la caída de un régimen (el caso del Irak de Saddam Hussein es paradigmático).

No hay que olvidar que tras la muerte de Chávez en 2013 y en época de Obama, Washington da un salto cualitativo en su política contra Venezuela y promueve un plan para destruir la economía venezolana, declarándole la guerra económica a través de un bloqueo (comercial, financiero) similar al que sufre Cuba (Curcio, 2017). Un plan que en gran medida tuvo éxito y que provocó un éxodo masivo de millones de personas hacia diferentes países del continente, además de destruir sustancialmente las bases materiales del país. En los últimos meses, la estrategia se radicalizó con el despliegue naval y militar más grande de las últimas décadas en el Caribe y el bloqueo y secuestro de barcos con crudo venezolano. Por tanto, se daban las condiciones objetivas (destrucción de las bases materiales) y subjetivas (cansancio y agotamiento de amplias franjas de la población por las carencias de la cotidianidad) para una agresión de este calibre.

Balance del ataque

A pesar de los graves efectos del ataque (más de 100 personas asesinadas y el secuestro de un presidente), hay que relativizar el éxito de la operación militar, ya que el objetivo estratégico de la Casa Blanca siempre ha sido el derrocamiento del gobierno y la imposición de un régimen servil y, de nuevo, no lo ha logrado debido a la combinación de diversos factores. Por un lado, el imperialismo convive con la paradoja de haber provocado una migración masiva que ha expulsado del país a un porcentaje sustancial de la base social de la oposición de derechas. Paralelamente, la fragmentación al interior de la oposición es una constante de los últimos años. En contraposición, el movimiento bolivariano sigue manteniendo una estructura política fuerte, amplia y unida, tanto en los puestos de liderazgo como en las bases. A su vez, las Fuerzas Armadas mantienen su lealtad al gobierno y continúan siendo un actor decisivo para garantizar el actual status quo. Además, millones de personas han sido entrenadas en las milicias bolivarianas durante las dos últimas décadas, bajo el concepto de la ‘guerra de todo el pueblo’, lo cual les ha convertido en un agente clave en la política de defensa del país. En consecuencia, un escenario de gobierno ‘cipayo’ o de invasión permanente podría provocar un caos poco funcional a los negocios de las transnacionales estadounidenses.

Objetivos

Resulta complejo predecir qué ocurrirá a corto y medio plazo porque hay muchas variables en juego y algunas muy volátiles. De cualquier manera, las pretensiones de la actual administración estadounidense son diversas. Por un lado, pretenden lograr un acceso preferencial al crudo venezolano. Habrá que ver si será directamente por la vía del expolio en alta mar (secuestro de barcos) o si se dará algún tipo de negociación-extorsión para lograr un suministro amplio y a ‘buenos’ precios. Por otro lado, parece que ansían el regreso de sus grandes transnacionales a la Faja Petrolífera del Orinoco, especialmente Exxon Mobil y ConocoPhillips, que decidieron voluntariamente marcharse hace 20 años (Chevron se quedó) debido a la nueva legalidad bolivariana de soberanía petrolera. A su vez, Washington presionará para garantizarse una parte sustancial de las reservas minerales estratégicas (oro, bauxita, cobre, níquel, titanio, coltán…) y tierras raras existentes en el país. A todo eso hay que sumar la agresiva hoja de ruta por recuperar su peso económico en Venezuela, reduciendo el de China y Rusia. Hay que recalcar que a día de hoy China compra más de 2/3 del crudo venezolano, mientras que EE.UU. recibe menos del 25 %, muy lejos de los años 90 cuando el país caribeño era su principal proveedor, por delante de Arabia Saudí.

En cuanto al gobierno venezolano, a pesar de haber logrado sostenerse, se encuentra en una posición muy complicada en todos los frentes. En primer lugar, tiene que mantener la unidad cívico-militar (doctrina oficial del chavismo desde hace un cuarto de siglo), ya que ésta es la garantía de la estabilidad política interna. En segundo lugar, en el ámbito económico tiene que negociar con EE.UU. en un contexto muy desfavorable (bloqueo militar y comercial y amenaza de otra agresión militar de mayor calibre). Necesita lograr un acuerdo económico integral (que vaya mucho más allá de lo petrolero) que le permita subsistir y que sea medianamente coherente con un discurso de soberanía y de dignidad nacional.

Repliegue geopolítico

La pérdida progresiva de su carácter hegemónico a nivel planetario ha obligado a EE.UU. a replegarse, priorizando ahora el control de su ‘patio trasero’ a través de una adaptación al siglo XXI de la doctrina Monroe del siglo XIX. Hay un plan claro para redefinir el mapa continental y derrocar o someter a los gobiernos no sumisos (Venezuela, Cuba, Colombia, México…). En los últimos años, el avance de la agenda ultra de la Casa Blanca es indiscutible, con cada vez más gobiernos de extrema derecha afines (menos de un 25 % de los 33 países de América Latina y el Caribe están gobernados por fuerzas progresistas). El hecho de no controlar en este momento los dos gigantes de la región (Brasil y México) les otorga cierto respiro a los movimientos progresistas. Por ahora…