“Yo no lo asesiné, fue mi cerebro”: La encrucijada de la Neuropsicología forense

Patrick Nogueira acudió la tarde del 17 de agosto de 2016 a la vivienda en la que residían sus familiares en la localidad alcarreña de Pioz. Allí, utilizando un cuchillo que había comprado un par días antes, asesinó a sus tíos y a sus dos hijos pequeños. Antes de abandonar la casa, desmembró los cuerpos de los adultos y metió todos los cadáveres en bolsas. En la sentencia dictada en el juicio de este crimen quedó acreditado que Nogueira padece “daño neuronal del lóbulo temporal”. Efectivamente, según el informe de uno de los peritos experto en medicina nuclear, el PET-TAC (una técnica de neuroimagen) que se realizó a Nogueira dos años después del suceso, reveló que el lóbulo temporal derecho del cerebro estaba afectado y “no funciona como debería”. En dicho informe se sostiene que, “si su cerebro hubiese sido normal, no hubieran pasado estos hechos”.

A mi juicio, creo que la cuestión esencial no es esta, ya que individuos con un cerebro “normal” han cometido crímenes de semejante naturaleza. La pregunta clave, a efectos de responsabilidad penal, sería si, incluso admitiendo que este individuo tiene un cerebro que no es normal, hubiera sido capaz de tomar una decisión diferente a la de perpetrar el crimen. En este sentido, las dos psicólogas del Instituto de Medicina Legal de Guadalajara encargadas por el juzgado de valorar su mente, determinaron que era un psicópata altamente peligroso, con grandes probabilidades de reincidir y que distingue el bien del mal. Este dictamen estaba alineado con el meridiano informe del psicólogo Vicente Garrido que sostenía que la conducta criminal de Nogueira fue “claramente elegida, con plena voluntad y un deseo manifiesto de realizar los homicidios”.

 

Neuroimagen del cerebro de Patrick Nogueira

 

El que sin duda no tuvo elección fue Antonio Solaverrieta que, en la madrugada del 19 de febrero de 2010, tras fugarse del psiquiátrico en el que estaba internado, se presentó en el domicilio de su madre a la que torturó con una espeluznante e indescriptible crueldad. Para ello, utilizó diversos utensilios, como una navaja, destornilladores, un formón, alicates, un punzón, e incluso una cuchara con la que le sacó los ojos, según consta en los hechos probados de la sentencia. Tras una inhumana agonía, la mujer falleció “por destrucción de centros vitales encefálicos”. Este individuo, tras su detención, fue incapaz de realizar un relato coherente de lo sucedido, aunque es posible establecer una conexión entre la temática del cuadro delirante que manifestaba, centrado en matar a un “monstruo con forma de mujer”, y los hechos juzgados. Sea como fuere se le declaró inimputable en virtud de la esquizofrenia paranoide con la que fue diagnosticado.

Resulta evidente que, en la última década, los avances tecnológicos dedicados a capturar en imágenes el funcionamiento del cerebro han experimentado una notable evolución. Todo apunta, en fin, a que los logros en este ámbito van a ser progresivos e imparables, lo que ya está situando a la Neuropsicología forense en la controvertida tesitura de sugerir el grado de responsabilidad de un criminal en virtud de un posible determinismo biológico o, dicho de otra forma, en virtud de los fundamentos neuroquímicos que pudieran explicar su elección.

Una posición ciertamente extrema puede estar representada por Dawkins (2006)[1] quien afirma que “una visión verdaderamente científica y mecanicista del sistema nervioso hace que no tenga sentido la idea misma de responsabilidad” apoyando así la idea de que la capacidad y la libertad de decisión son solo una ilusión. Desde esta perspectiva, es evidente que no habría juicio en el que el concurso de las neurociencias no fuera totalmente determinante.

Por otra parte, desde una propuesta más posibilista, parece razonable defender que lo que el psicólogo forense ha de evaluar en un imputado es la motivación y su posible intención de querer transgredir la ley, si éste conoce que los hechos juzgados colisionan con las normas y la convivencia, para así, finalmente, contribuir al esclarecimiento de los hechos.

Desde mi punto de vista, con la quizás ingenua intención de resolver el dilema sin la profundidad que requeriría,[2] sostengo que incluso asumiendo un absoluto determinismo biológico, éste no debería interferir en la conciencia sobre lo que es apropiado y lo que no, lo que es considerado socialmente aceptable y lo que no. En definitiva, la atribución de responsabilidad penal se basaría en dos elementos básicos: por un lado, en la experiencia subjetiva de poder elegir voluntariamente entre cruzar la línea roja, o decidir no hacerlo. Y, por otra, compartir el mismo principio de realidad que se ha consensuado en un determinado contexto social e histórico, ya que, atendiendo al último caso que nos ocupa, un monstruo con forma de mujer, quedaría fuera de dicho principio de realidad.

 

La forma del agua

En otras palabras, una cosa es apelar a que una determinada anomalía cerebral en un individuo, – a causa de un incorrecto funcionamiento neuroquímico, por algún tipo de lesión cerebral traumática, o por un tumor que pudiera comprometer su voluntad, –  le imposibilite actuar acorde a las normas, y otra bien distinta es eludir la acción penal porque la conducta objeto de reproche no la perpetró el delincuente, sino su cerebro, por muy peculiar que resulte su lóbulo temporal.

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Síntesis

[1] DAWKINS, Richard: The God Delusion. Houghton Miffilin Company, Boston, 2006, 406 pp.
[2] El lector puede sacar sus propias conclusiones, quizás diferentes a mi propuesta, a partir de la exhaustiva revisión de Greely, Henry & Farahany, Nita. (2019). Neuroscience and the Criminal Justice System. Annual Review of Criminology. 2(1), 451-471.

El asesinato de John Lennon: Pericia psicológica y teorías de la conspiración.

Hace 40 años que John Lennon fue asesinado por Mark David Chapman a escasos metros del portal de su residencia en el edificio “Dakota” de Nueva York tras regresar de los estudios de grabación “Record Plant”. Uno de los testigos del crimen fue el portero del inmueble, José Sanjenis Perdomo.

Sanjenis fue un policía cubano a las órdenes de Batista y que en su exilio a Estados Unidos trabajó como agente de la CIA, siendo una de sus más importantes responsabilidades la dirección de nada menos que la Operación 40, una misión encubierta de la agencia americana cuyo objetivo era el derrocamiento de Jefes de Estado contrarios a la política de Estados Unidos. Este individuo también fue colaborador directo de Frank Sturgis, que estuvo involucrado en el asesinato de Kennedy y, años más tarde, en el escándalo del Watergate. De hecho, fue Sturgis quien informó a la familia de Sanjenis de su supuesta muerte por causas naturales en 1974. Se cierra el telón. Se abre el telón y este hombre aparece de nuevo de portero suplente en el edifico Dakota en 1980 convirtiéndose en el principal testigo en el juicio contra Chapman. Fue él quien quitó de su mano la pistola todavía humeante a un catatónico Chapman después de que acabara con la vida de John Lennon que, a su vez, estaba siendo investigado por el FBI por su implicación, entre otras actividades, en las protestas contra la guerra de Vietnam o por su afinidad con Bobby Seale, el líder de los Panteras Negras.

Pero dejemos por un momento al margen el hecho de que Lennon, investigado por el FBI, fuera asesinado justo el día que trabaja de portero del Dakota un exagente de la CIA dado por muerto, y centrémonos en el asesino.

Mark David Chapman era hijo de un maltratador. Tenía miedo a su padre que agredía físicamente a su madre y, con casi total certeza, al propio Chapman. A los catorce años, acosado por sus compañeros de colegio, consumía entre otras drogas cocaína, LSD y heroína. Sufrió depresiones siendo adolescente y con 22 años se intentó suicidar conectando con una manguera de aspiradora el tubo de escape de su coche con el interior del vehículo. Su intento fracasó ya que la manguera se derritió rápidamente. Esta serie de elementos en la peripecia vital de un individuo podrían ser suficientes para predecir alguna patología con una significativa relevancia clínica. El hecho de que Chapman se casara precisamente con una japonesa parece un indicio de la identificación con el personaje, muy propia de los acosadores de celebridades, de forma que asesinando a Lennon expiaría sus propios demonios internos. Esta obsesión, muchas veces delirante, unida a las alucinaciones auditivas que confiesa en sus declaraciones, nos indica que Chapman podía padecer una esquizofrenia de tipo paranoide.

Cuando se comete un crimen en el contexto de una patología psiquiátrica es lógico que en el proceso judicial correspondiente se plantee una discusión forense sobre el grado de imputabilidad del acusado. Pero Chapman, en contra del criterio de su abogado, admitió su culpabilidad y se negó a hacer ninguna valoración pericial sobre su estado mental. En el año 2000, cuando ya llevaba 20 años en prisión, pudo acogerse al derecho de solicitar libertad vigilada, pero fue denegada. Su posible esquizofrenia paranoide jamás ha sido tratada ya que él no lo ha consentido. De alguna forma Chapman no quiere diluir ni un ápice de su protagonismo en el crimen con el diagnóstico de una posible patología. Sea como fuere, según la ley del estado de Nueva York, Chapman ha tenido derecho a una audiencia de libertad condicional cada dos años, habiendo sido denegadas las diez solicitudes que ha cursado desde el año 2000.

Con la repercusión mediática que tuvo este caso, también entra dentro de lo posible que haya inspirado crímenes posteriores. Apenas cuatro meses después del asesinato de Lennon, John Hinckley intentó asesinar al presidente Ronald Reagan con el único propósito de impresionar a Jodie Foster que, por aquella época, solo empezaba a brillar gracias a su papel de prostituta adolescente en Taxi Driver.  Se da la circunstancia que la policía encontró una copia de “El Guardián entre el centeno” entre las pertenencias de este desequilibrado, que era, precisamente, el libro de cabecera de David Chapman. Por si fuera poca la conexión, el padre de Hinckley, era presidente de la asociación cristiana World Vision, organización en la que estuvo empleado Chapman.

Lo curioso de esta conexión, muy cinematográfica pero real, es que World Vision actuó como un caballo de Troya para la inteligencia y los intereses de EE.UU. en América Central durante su apoyo a la contra nicaragüense. De hecho, era notoria la relación de alguno de sus responsables con el presidente Somoza. World Vision tuvo, además, un papel muy relevante en la ayuda y captación de los cubanos huidos tras la llegada de Castro al poder para, en algunos casos, reconvertirlos en agentes al servicio de la inteligencia norteamericana. Es decir, todo parece indicar que José Sanjenis podría haber sido reclutado por World Vision, con lo que podemos cerrar un círculo en el que quizás sea mejor no seguir escarbando.

En definitiva, en el juicio a David Chapman, no hubo pericial psicológica ni, como es lógico, tuvo ningún recorrido la teoría de la conspiración que acabamos de sugerir, a pesar de la presencia de Sanjenis en la escena del crimen y del hecho que jamás se haya vuelto a saber nada de este hombre tras su declaración en sala. Tampoco se mencionó algo que pudo percibir Lennon en la actitud de Chapman cuando éste le pidió que le firmara un ejemplar del álbum Double Fantasy, ya que el autor de Imagine le preguntó a quien se convirtió en su asesino: ¿Es esto todo lo que quieres?

John Lennon firmando el último autógrafo de su vida a David Chapman

 

Para saber más: San Juan, C. (2017). Una historia de los Beatles: Las claves del porqué son el mejor grupo de la historia. Barcelona: Ed. Ma non Troppo.

Porqué mata una mujer

El perfil de las asesinas seriales

Desde que Gesche Gottfried fue sentenciada a muerte en 1831 por envenenar con arsénico a 15 personas, todas ellas próximas a su círculo social, se diría que este elemento químico ha tenido cierta popularidad en asesinas en serie posteriores. Nannie Doss, seducida por el afán de lucro, envenenó con arsénico a sus cuatro maridos, así como Judy Buenoano, que con idéntico móvil y con la misma sustancia, acabó con la vida de su marido, un novio y su hijo de 19 años.

Además de los casos citados, podemos recordar ahora a Kristen Gilbert, enfermera condenada por matar a cuatro pacientes inyectándoles epinefrina. O Dorothea Puente que fue acusada de envenenar a sus inquilinos más ancianos con el fin de cobrar sus pensiones. Hay notables excepciones a estos patrones, como es el caso de Aileen Wuornos ejecutada por los asesinatos de seis hombres a los que disparó a sangre fría después de recogerla haciendo autostop. O Rosemary West y Karla Homolka que, con la connivencia de sus respectivos maridos, violaron y asesinaron brutalmente a varias chicas adolescentes.

Como podemos constatar, las asesinas en serie existen, pero sus motivaciones difieren significativamente de las de sus homólogos varones, para quienes el sexo y el sadismo tienen un mayor protagonismo. Ellas tienden a adoptar un enfoque más pragmático en sus crímenes ya que son más propensas que los hombres a matar por lucro o venganza. Así mismo, a diferencia de los asesinos en serie masculinos que suelen atacar a víctimas desconocidas, las mujeres tienden a matar a personas dentro de su círculo familiar y social, bien sean menores o ancianos, novios y maridos. Y finalmente, siguiendo con las diferencias en el modus operandi, también podemos señalar la tendencia de las asesinas seriales al envenenamiento.

 

La educación y el contexto socio-cultural

Sea como fuere, parece que referirse al comportamiento violento de la mujer supone poner el foco de atención en un fenómeno extraordinario ya que, efectivamente, si atendemos al informe sobre homicidios en España, podemos comprobar que solo un 11% ha sido perpetrado por mujeres. La ratio de género que de forma abrumadora señala el ser “varón” como principal factor de riesgo del comportamiento violento ha propiciado, entre otras cosas, que hoy día sepamos tan poco acerca de la etiología del comportamiento agresivo en las mujeres. Este déficit de conocimiento es debido a que, por lo general, se ha intentado explicar la delincuencia femenina desde la perspectiva de las teorías existentes en relación a la delincuencia en general, lo que podría resultar poco pertinente considerando las diferencias de género existentes en lo que concierne, cuando menos, a la gestión de las emociones y los conflictos, o a las diferencias de crianza familiar con las niñas y con los niños. Por ejemplo, parece indiscutible que se ejerce más control en muchos aspectos de la vida de las niñas, en particular, en cómo pasan su tiempo libre y la clase de riesgos que se les permite asumir. Así, resulta evidente que para entender la etiología del comportamiento violento en las mujeres precisamos diferentes niveles de análisis y fijarnos en ellas, no en los hombres.

 

En relación a las causas: ¿Somos nuestro cerebro?

En este sentido es particularmente interesante la revisión realizada por Denson, O´Dean, Blake & Beames (2018) en la que se pone en evidencia que la magnitud de lo que ignoramos es muy superior a lo que verdaderamente sabemos.

A pesar de todo lo que popularmente se da por sentado y asumimos sin margen de réplica, incluso desde las ciencias criminológicas, estos autores constatan que los mecanismos neuronales que subyacen a la agresión siguen siendo poco conocidos en las mujeres. Dado que en la mayor parte de los estudios no se exploraron las diferencias de género, es imposible llegar a conclusiones firmes en este momento.

El mismo problema comparten los estudios de ERP (potencial relacionado con evento) medidos con electroencefalografía y las investigaciones que analizan el papel de determinadas hormonas (testosterona, cortisol, estradiol, progesterona y oxitocina). Efectivamente, no son concluyentes los mecanismos hormonales que subyacen a la agresión en las mujeres y serían precisos más estudios sobre las condiciones sociales específicas en las que algunas hormonas aumentan o inhiben su conducta agresiva.

 

En relación a las consecuencias: Violencia contra la pareja. Agresiones sexuales. Filicidios.

Algunos autores sostienen que las mujeres tienen la misma probabilidad que los hombres de cometer violencia contra la pareja aunque, obviamente, los hombres cometen un mayor número de agresiones físicas graves. En el caso de las agresiones sexuales, aunque son perpetradas principalmente por los hombres, Denson y cols. constatan que una pequeña proporción de estos delitos son perpetrados por mujeres, y es una casuística sobre la que no sabemos nada. Es fundamental que las investigaciones futuras confirmen o descarten lo que tal vez sean suposiciones simplistas sobre estos fenómenos y consideren el papel de la mujer en las relaciones agresivas.

Y qué decir del filicidio. Pese a que es constatable la alta prevalencia de asesinatos de menores a manos de sus padres, también existen mujeres que matan a sus hijos. Sin embargo, por ser actos tan execrables que se escapan a nuestra comprensión se tiende a pensar que ellos son intrínsecamente “asesinos” y ellas intrínsecamente “enfermas”, por lo que es más probable encontrar padres filicidas en la cárcel y madres filicidas en el psiquiátrico.

Si seguimos renunciando a explorar nuestra propia naturaleza por inercias ideológicas o por irrelevancia estadística, estaremos un poco más lejos de entender la etiología de la respuesta violenta en las mujeres y diseñar estrategias de prevención eficaces basadas en la evidencia.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Síntesis

Cuándo deja de matar un asesino en serie

César San Juan. Profesor de Psicología Criminal (UPV/EHU)

‘Un asesino en serie deja de matar cuando se le detiene’, es la respuesta más obvia. Efectivamente, si tuviéramos constancia de que un asesino en serie anda suelto, sin duda la opción más tranquilizadora, en relación a la pregunta inicial, sería que dejara de matar porque la policía lo ha detenido y lo ha puesto a disposición judicial con un arsenal de evidencias que lo incriminan.

Lamentablemente, esto no siempre es así y nos encontramos con investigaciones policiales que, por diferentes razones, son infructuosas. En estos casos, solo quedan dos opciones posibles: a) que el asesino siga actuando implacablemente, o b) que, contra todo pronóstico, desista de seguir matando.

Aunque finalmente fue detenido, un caso célebre fue el de Mad Bomber, que mantuvo aterrorizada a la ciudad de Nueva York con los explosivos que fue colocando en diversos lugares públicos de la ciudad pero que tuvo un periodo de inactividad durante los años en los que EE.UU. participó en la Segunda Guerra Mundial. En las razones que él mismo explicó para esta tregua apelaba a sus “sentimientos patrióticos”.

Sea como fuere, ahora no nos estamos refiriendo a un periodo de inactividad de casos de asesinatos seriales esclarecidos. Lo que nos ocupa en estas líneas son casos pretéritos que nunca fueron resueltos, lo que implica que sus perpetradores quizás se encuentren en estos momentos conviviendo entre nosotros.

Manuel Ubeda en su obra “El asesino de los barrancos” documenta el caso real de un asesino en serie que, entre agosto de 1989 y abril de 1996, acabó de forma execrable con la vida de una decena de prostitutas cuyos cuerpos fueron hallados desnudos en barrancos, zonas escarpadas o arcenes de carreteras en la provincia de Almería. Todas las víctimas tenían una serie de características en común: eran jóvenes, morenas, con el pelo largo, y ejercían la prostitución en distintos barrios de la capital almeriense. La policía puso en marcha la Operación Indalo, que acabó sin ningún resultado que llevara a la detención de un asesino que, en todo caso, se desvaneció para siempre sin dejar ningún rastro.

No es, ni mucho menos, el primer asesino en serie de trabajadoras del sexo. West Mesa, el Coleccionista de Huesos; Gary Ridgway, el asesino de Green River, o Peter Sutcliffe, más conocido como el Destripador de York, compartían esta criminal obsesión.

Recientemente, la película de Liz Garbus titulada “Lost girls” nos recuerda los asesinatos no resueltos de Suffolk, en la costa de Long Island (Nueva York). En esa zona, la Policía halló diez cadáveres en diferentes momentos de búsqueda entre diciembre de 2010 y abril de 2011, por lo que todo parece indicar que este macabro rastro de muerte era obra de un asesino serial, aunque también hay analistas que sugieren la participación de un segundo asesino.

 

 

Quizás algún día se descubra quien mató a todas estas personas. A veces ocurre: El pasado abril de 2018, 42 años después de su primer crimen, fue detenido en Sacramento (California) el apodado Golden State Killer, considerado uno de los mayores asesinos y violadores de la historia de los Estados Unidos. Entraba de noche en las casas de sus víctimas a través de una ventana abierta o una puerta trasera. Una vez en el dormitorio las despertaba con una linterna sobre la cara, y tras amenazarlas con un cuchillo, las violaba. En total, 45 violaciones y 12 asesinatos entre 1976 y 1986. Después, y a pesar de esa aparente sed insaciable de sangre y violencia, dejó de actuar. Lo llamativo de este individuo, como el caso de Long Island, Almería y otros de similar naturaleza es, ¿Por qué dejaron de matar?

En el ámbito de la Psicología Criminal, suelen barajarse, entre otras, dos razones para este desistimiento de los casos no resueltos de asesinos seriales. La primera, que el asesino haya encontrado una vía más adaptativa para canalizar sus emociones y su pulsión criminal. Un modus apparendi, en fin, no criminal. La otra razón aludida, y compatible con la primera, tiene que ver con la edad. Efectivamente, una vez cumplidos los 40 años los niveles de testosterona descienden y la motivación para agredir sexualmente y actuar violentamente, se debilita. Cuando se dan estas circunstancias, y la investigación policial acaba entrando en vía muerta, deja a los familiares de las víctimas en un duelo indefinido difícilmente soportable agravado por el hecho de que probablemente, jamás se haga justicia.

Habría una tercera posibilidad para explicar el desistimiento en el asesino serial, no muy frecuente desde luego en personalidades psicopáticas, y es el carácter egodistónico de la conducta desviada en contraposición al carácter egosintónico. Se denomina comportamiento egosintónico aquel que no genera malestar psicológico. En este sentido, la psicopatía, o algunos casos de pedofilia, son trastornos egosintónicos ya que, quien los padece siempre encuentra una perfecta justificación de sus perversiones o, directamente, está encantado con ellas. Por el contrario, se considera una respuesta egodistónica cuando los propios pensamientos o conductas entran en conflicto con la autoimagen personal a la que se aspira.  Quizás, en algún momento de su periplo depredador, a estos asesinos seriales les resultó insoportable su propia deriva criminal. Solo ellos lo saben.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Editorial Síntesis.

Daños colaterales en la guerra contra el coronavirus: la violencia intrafamiliar

Dr. César San Juan. Prof. de Psicología Criminal de la UPV/EHU

El estado de alerta que ha vaciado las calles de nuestras ciudades va a tener un impredecible impacto criminológico. Hay antecedentes, como el acusado descenso de la delincuencia en Washington el 15 de agosto de 1965 coincidiendo con el concierto de The Beatles en el Shea Stadium. Nadie quiso perdérselo. Tampoco los delincuentes. ¿Pero qué ocurre de puertas para adentro?

Existe entre la opinión pública, e incluso en las referencias científicas especializadas, un amplio catálogo de conceptos para referirse a los actos violentos cometidos en el ámbito familiar o de las relaciones afectivas. Se apela a la violencia de género, a la violencia doméstica o a la violencia contra la pareja para, desde los matices semánticos propios de cada etiqueta, subrayar o poner el acento en la asimetría de las relaciones, el escenario de conducta o el rol criminógeno masculino. También es frecuente el uso del término violencia intrafamiliar ya que, al margen de cómo se defina la “familia”, las conductas inapropiadas se producen en un contexto que es reconocido como “familiar”. En todo caso, en este artículo nos queremos referir específicamente a la conducta negligente, abuso de poder o conducta violenta (psicológica, física o sexual) que tiene lugar en el entorno social de un grupo de individuos que vive bajo el mismo techo. En este sentido, aunque en algunas unidades convivenciales puede llegar a instalarse una dinámica de violencia crónica y multi-lineal, centraremos nuestra atención, no solo en las mujeres, sino también en las que podríamos considerar las víctimas más vulnerables en este tipo de escenarios, es decir, los menores y las personas de avanzada edad dependientes.

En lo que concierne a la violencia ejercida contra estos dos colectivos, encontramos una realidad cuya denuncia es inaplazable: la invisibilidad. Sí bien es cierto que en el caso de la violencia contra la mujer existe una inaceptable cifra negra, debemos admitir que se trata de un fenómeno que cuenta con el bienvenido altavoz del movimiento feminista. Sin embargo, los menores y las personas ancianas dependientes no tienen portavoces, ni tan siquiera “portavozas”, a pesar de que en un alto porcentaje se trata de niñas y mujeres adultas víctimas.

En lo relativo a los menores, el miedo, la sensación de culpabilidad y su corta edad inciden en esta falta de visibilidad. Por otra parte, en el caso de las personas de edad avanzada, la ausencia de registros o estimaciones reales de la dimensión del maltrato, así como la escasez de denuncias debido a la incapacidad de moverse por sí mismos y la poca credibilidad que se les otorga, ha permitido que este fenómeno sea prácticamente invisible. Uno de los factores que explica el maltrato hacia las personas ancianas tiene que ver con nuestra propia cultura, en la que se ha consolidado una representación social de la ancianidad próxima a lo inservible e inútil. Las personas ancianas son percibidas como una carga, por lo que no es de extrañar que el tipo más frecuente de maltrato sea el abandono y la falta de cuidados. El hecho de que, en estos momentos, algunos medios de comunicación nos inviten al optimismo y a respirar tranquilos tras constatar que son nuestros mayores las principales víctimas del coronavirus, debemos enmarcarlo en esta perversa actitud hacia la “tercera edad”.

Sea como fuere, las evidencias empíricas sobre los factores de riesgo que hacen más probable que un varón se convierta en un maltratador han sido ampliamente puestas en evidencia por la literatura especializada. Es más extraño encontrar estudios sobre los factores de riesgo para que una mujer se convierta en víctima porque, en el contexto de la demoledora corrección política, se ha instalado la idea de que la divulgación de dichos factores de riesgo constituye una especie de “justificación” de la conducta del maltratador. El argumento es absolutamente nefasto y entorpece enormemente el diseño de políticas de prevención eficaces. En este sentido, por ejemplo, un trabajo de Muller y colaboradores (2004)[1] sostiene que aquellas mujeres que, cuando eran niñas, sufrieron violencia por parte de su padre y/o su madre, ya sea con frecuencia u ocasionalmente, tenían tres veces más probabilidades que otras mujeres de ser víctimas de violencia por parte de su pareja en la edad adulta. En este estudio, el nivel educativo o el estado social no influyeron en este resultado.

 

 

Otro bloque de factores de riesgo poco estudiado está relacionado con el contexto y el espacio físico. Efectivamente, una alta densidad ocupacional de la vivienda genera estrés y facilita la tensión en las interacciones cotidianas. De esta forma, un periodo más o menos prolongado de confinamiento forzoso como consecuencia del estado de alerta que se ha decretado en España, va a poner las cosas muy difíciles a aquellas personas que padezcan unas inadecuadas condiciones de habitabilidad de la vivienda, tales como cantidad de espacio disponible, privacidad, contaminación acústica o temperaturas extremas [2]. Si en estos hogares, además, se dan antecedentes de abusos, amenazas, sexo no consentido o consumo excesivo de alcohol, la bomba de relojería está servida. Estaría bien que, en vez de increpar a los runners durante este periodo de alerta, estemos más pendientes de detectar posibles episodios de violencia intrafamiliar. Lamentablemente, es esperable un aumento de su incidencia en el actual contexto de emergencia sanitaria.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, Laura. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Síntesis

[1] Müller U, Schröttle M. (2004). Lebenssituationen, Sicherheit und Gesundheit von Frauen in Deutschland. Eine repräsentative Untersuchung zur Gewalt gegen Frauen in Deutschland. Zusammenfassung zentraler Studienergebnisse. Berlin: Bundesministerium für Familie, Senioren, Frauen und Jugend (BMFSFJ, Hrg.).

[2] Corral-Verdugo, V., Frías-Armenta, M., & González-Lomeli, D. (2010). Environmental factors in housing habitability as determinants of family violence. In M. Frías-Armenta & V. Corral-Verdugo (Eds.), Psychology of emotions, motivations and actions. Bio-psycho-social perspectives on interpersonal violence (p. 125–142). Nova Science Publishers.

El análisis de la vivienda como estrategia de perfilado criminal indirecto: Una perspectiva psicoambiental

Dr. César San Juan. Prof. de Psicología Criminal de la UPV/EHU

El perfilado criminal consiste en predecir las características de personalidad más relevantes de un delincuente desconocido a partir de las “huellas comportamentales” que vemos reflejadas en la escena del crimen. Las técnicas empleadas para este fin suelen clasificarse en: el perfilado deductivo, el inductivo, el análisis geográfico y, finalmente, el denominado perfilado indirecto[1]. El problema de esta clasificación es que alberga categorías redundantes. En sentido estricto todo el perfilado criminal es indirecto ya que las características del perpetrador desconocido de un crimen no las vamos a poder obtener aplicándole un test de personalidad, precisamente debido al hecho de que se trata de un individuo desconocido para los investigadores. La aplicación de una batería de test de personalidad a un sospechoso conocido sería la única forma “directa” de perfilado criminal. Por otra parte, el perfilado geográfico siempre debe estar basado en técnicas estadísticas, por lo que debemos asimilarlo necesariamente al enfoque inductivo.

Dicho esto, no tenemos más remedio que concluir que el perfilado criminal es siempre indirecto, – salvo en el caso de que el individuo que precisa de evaluación colabore y se ponga a total disposición del evaluador, – y puede ser desarrollado mediante dos técnicas genéricas compatibles entre sí, a saber:

  1. la deductiva, a partir del análisis de la escena del crimen que, en nuestro contexto, tiene su más sobresaliente exponente en el método VERA, diseñado por Juan Enrique Soto[2]
  2. y la inductiva, a partir de la identificación de correlaciones significativas entre las características del caso objeto de estudio y la muestra disponible de eventos delictivos registrados previamente. Es un enfoque cuyo método estadístico más prototípico podría ser el Smallest Space Analysis. Para el análisis geográfico son empleados habitualmente programas GIS (Sistemas de Información Geográfica como por ejemplo Crime Stat, ArcGIS, o software libres como QGis)

Si no tenemos sospechoso a quien aplicar nuestro protocolo psicológico de análisis de la personalidad, estas técnicas constituyen necesariamente la casilla de salida de la investigación policial. No obstante, en una fase posterior, puede darse la circunstancia de que, por ejemplo, tras una serie de agresiones sexuales y, gracias al análisis geográfico, identifiquemos una zona residencial donde vive, precisamente, un individuo con antecedentes de este delito. Tras proceder a su detención como sospechoso sería conveniente recabar información adicional sobre él con el fin de preparar adecuadamente el interrogatorio, pero no nos interesa aplicarle un test de personalidad. También puede ocurrir que sobrevenga la necesidad de llevar a cabo un perfil criminal en situaciones especiales en las que sí conocemos al individuo objeto de nuestro análisis, pero tampoco es viable la aplicación de un protocolo de análisis directo de personalidad, como puede ser en el contexto de una negociación de rehenes o en las autopsias psicológicas. Para este tipo de casos que acabamos de detallar, Halty, Gonzalez y Sotoca (2017) proponen su protocolo encuist como modelo parsimonioso de evaluación de la personalidad, inspirado en la teoría de rasgos, con el fin de facilitar la técnica de perfilado indirecto. Está estructurado en los siguientes parámetros: extroversión/búsqueda de sensaciones, neuroticismo (ansiedad, ira y asco), insensibilidad emocional, impulsividad/agresividad y necesidad de cognición.

En este contexto de perfilado criminal en el que conocemos a la persona objeto de nuestra evaluación, pero no procede o es inviable la aplicación directa de un test de personalidad, dispondríamos de un recurso adicional muy conocido en el ámbito de la psicología ambiental: el análisis de la vivienda. Efectivamente, nuestro hogar, más allá de un espacio físico donde guarecernos y cocinar alimentos, es un espacio estrechamente vinculado a nuestra identidad, a nuestras reglas sociales y a nuestras relaciones interpersonales. Desde este punto de vista, no resultaría descabellado inferir el perfil de la personalidad de un individuo mediante el análisis de su vivienda, su dormitorio, su cocina y, en fin, de la disposición y características de los objetos que su ocupante ha acumulado a lo largo de un determinado periodo de su existencia. Además, por supuesto, nos permitiría obtener una gran cantidad de información sobre sus aficiones, gustos musicales o literarios y, eventualmente, sus perversiones más o menos ocultas. De hecho, una investigación de Pérez López (2011) vincula precisamente algunas características de los dormitorios con los factores de los Cinco Grandes, de tal forma que podríamos encontrar interesantes sinergias con el modelo encuist, citado anteriormente. En cierto modo, además, los ocupantes de un espacio actúan activamente sobre el mismo como una forma de presentarse ante el mundo. Es decir, la manipulación de los espacios personales no tiene una mera función decorativa para satisfacer la experiencia estética de su ocupante, sino que es un mensaje sobre su estatus, valores e ideales. En esta línea, en un estudio de Amaturo, Costagliola Y Ragone (1987) se observó que los residentes con altos ingresos, pero con bajos niveles de educación adoptaban un patrón de personalización del espacio basado en el valor de los objetos, más que en su funcionalidad. Por su parte, en un trabajo de 2009 Aragonés y Pérez-López relacionaron diferentes categorías de estilos de vida y sentimientos con la decoración de los dormitorios de una muestra de estudiantes universitarios.

 

Mina Murray en la película Drácula (F.F. Coppola)

 

Aunque es evidente que la aplicación la Psicología Ambiental en este ámbito concreto de la investigación criminal necesita mucha más evidencia empírica, la práctica de evaluar a los individuos examinando sus entornos no es nueva. De hecho, en mayo de 1942, la Oficina de Servicios Estratégicos (predecesora de los que es hoy la CIA) inició un programa de reclutamiento de espías en el que una de las pruebas de selección fue el “test de pertenencias” mediante la cual los candidatos debían describir a otros individuos únicamente analizando sus dormitorios y las pertenencias que en ellos encontraban (MacKinnon, 1977)[3]. En definitiva, se puede aprender mucho sobre las personas a partir de los espacios en los que habitan, incluidos los delincuentes.

 

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, Laura. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Síntesis

P.D. Debe usarse siempre el concepto “perfilado” (criminal). “Perfilación”, mala traducción de “profiling” y “perfilamiento”, son palabros no contemplados en nuestro idioma.

[1] Gimenez-Salinas, A. y González Álvarez, J.L. (2015). Investigación criminal: principios, técnicas y aplicaciones. Madrid: LID.

[2] Soto Castro, J.E. (2014). Manual de investigación psicológica del delito: El método VERA. Madrid: Pirámide.

[3] MacKinnon, D.W. (1977). From selecting spies to selecting managers: The OSS selection program. In J.L. Moses & W.C. Byham (Eds.), Applying the assessment center method. New York: Pergamon Press, pp.13–30.

Las motivaciones de un depredador sexual: el caso de Beasain

Dr. César San Juan. Prof. Psicología Criminal. UPV/EHU.

 

En la madrugada del pasado 13 de julio, una joven denunció ante la Ertzaintza haber sido víctima de una agresión sexual en Beasain cuando se dirigía a su centro de trabajo. Esta violación solo pudo haberse cometido conociendo algunos aspectos muy específicos de las rutinas de la víctima, lo que reveló que el agresor pertenecía al círculo social o laboral, más o menos amplio, de la mujer.

Considerando que la Ertzaintza relaciona a este violador en serie con otras cinco agresiones sexuales sin resolver, cometidas en las localidades guipuzcoanas de Beasain, Lasarte, Andoain, Anoeta y Tolosa desde el año 2012,- es decir, en el tramo de unos 30 kilómetros a lo largo de la N-1,- podemos concluir que el agresor ha podido ser capturado como consecuencia de un error muy relevante en su modus operandi: elegir una víctima que, en el curso de una investigación policial, iba a situarle necesariamente en el círculo de sospechosos. En los casos anteriores, cuyas pesquisas estaban en vía muerta, la elección de las víctimas, a pesar de haber estado sometidas a seguimiento previo, fueron probablemente elegidas al azar. Afortunadamente, esta sensación de impunidad derivada del carácter infructuoso de las investigaciones previas, le llevó al depredador sexual a cometer el citado y decisivo error.

Según ha precisado la Ertzaintza, actuaba durante la madrugada de los fines de semana o festividades, abordando a sus víctimas y doblegando su voluntad mediante el uso de un spray o con pañuelos impregnados en cloroformo para llevar a cabo la agresión. Esto tenía como consecuencia que, en ocasiones, ni la propia víctima fuera plenamente consciente de lo que había ocurrido, precisamente por haber perdido la consciencia.

 

 

De este modus operandi podemos plantear algunas hipótesis. El delito de violación es, comparativamente, uno de los que menos se denuncia. Y si la mujer ha sido drogada tras la agresión sexual, este desistimiento en cursar una denuncia aumenta aún más. La razón de esto es, entre otras posibles, porque la víctima considera que, al no disponer de un relato de los hechos, no va a servir de ninguna ayuda a los investigadores. ¿Qué podemos deducir, por tanto?: que el número de mujeres violadas por este depredador sexual no sea únicamente el que le atribuye la Ertzaintza ahora, sino aún más elevado.

Una última consideración tiene que ver con las motivaciones de un depredador sexual. O lo que denominamos, modus apparendi. Normalmente, estas motivaciones pivotan sobre tres elementos: el deseo sexual, humillar y denigrar a la víctima y el uso de la violencia física, incluso con un fin exclusivamente sádico. Los diferentes perfiles de violadores generalmente tienen que ver con la intensidad de la presencia de estos tres elementos. Para considerarlo un sádico, la víctima tiene que estar consciente, porque lo verdaderamente excitante para el violador es infligirle daño físico. Parece que no es este el caso que nos ocupa, como tampoco la humillación de la víctima, más frecuente en violaciones en grupo, por la misma razón que el sadismo: la víctima tiene que estar consciente. Nos encontramos entonces ante un violador cuya principal motivación es netamente sexual con una víctima a su merced. No obstante, no se trata de impulsos sexuales que debe satisfacer de inmediato en un contexto de ocio, si tenemos en cuenta la planificación que requerían los casos y el hecho de que sus “cacerías” implicaban desplazarse fuera de su localidad de residencia. En definitiva, un depredador sexual frío y calculador, con una apariencia normalizada, – de esos cuyo entorno estará manifestando estupor al conocer su psicopático periplo-, que probablemente actuó en más ocasiones que las atribuidas en este momento y que, sin duda, hubiera seguido actuando en el futuro.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid. Editorial Síntesis.

Psicopatía de la vida cotidiana

Quizás uno de los temas más interesantes en el campo de la Psicología sea el estudio de la maldad. Obviamente existen diversos grados de maldad de tal forma que, desde un punto de vista psicométrico, nadie sería absolutamente bueno, ni probablemente, absolutamente malo.

Esta dimensión cuantitativa de la maldad la podemos observar, por ejemplo, analizando el coche de la fotografía.

 

 

Si estamos buscando una plaza de aparcamiento en un lugar donde escasean, toparse con la solución propuesta por este ciudadano puede resultar ciertamente irritante. Pero, desde un punto de vista psicológico, cabe preguntarse ¿qué le mueve a una persona a hacer algo así? Son pocas las respuestas posibles a esta cuestión y podrían resumirse en las siguientes tres opciones.

  1. Ha recibido una llamada telefónica de una banda de secuestradores albano-kosovares. Tienen retenida a su hija menor de edad y debe personarse a pie en una iglesia cercana para depositar en una bolsa de deporte una cantidad de dinero X. Por razones obvias, ha tenido que desprenderse del vehículo en el primer parking que ha encontrado.

Siendo esta la situación, se entiende perfectamente la fotografía. Pero hay otras opciones.

  1. Se trata de un individuo cuyo narcisismo y ensimismamiento le impiden asumir que vive en un planeta con otros seres humanos con los que tiene que convivir y, aparcando en esa posición, evita el riesgo de rayar la puerta de su coche con el del vecino.
  2. Es un individuo consciente que vive en un planeta con otros seres humanos, pero obtiene un oscuro placer en complicar o incluso amargar la vida al resto del mundo.

 

Tras estas consideraciones, parece claro que un rasgo de personalidad clave en el análisis de la maldad es la empatía. Y no debemos olvidar que la empatía implica, no solo reconocer e identificar las emociones que experimenta tu prójimo; también implica que su experiencia emocional te importe. Cabe decir que la segunda opción revela una total falta de empatía, pero no así el tercer caso en el que estamos hablando de un sujeto muy empático, pero que orienta esta competencia al sufrimiento y la destrucción del otro.

Para un análisis más profundo de la empatía, la conducción vial nos ofrece incontables ejemplos de lo que yo he denominado: la psicopatía de la vida cotidiana.

Quién no se ha visto dentro de un automóvil en una vía de un solo carril esperando a que una plaza de la calzada sea desocupada por un individuo que, con toda la parsimonia del mundo se toma un tiempo desesperadamente largo para arrancar su vehículo y salir mientras hace caso omiso al atasco que estás provocando tú durante la espera.  En estos casos, prevalece el psicólogo que llevo dentro y mi fantasía es aplicarle al individuo en cuestión, o al dueño del Mercedes de la fotografía, la escala de psicopatía.

Con dicha escala, para ser diagnosticado de psicópata, se necesita alcanzar una puntuación entre 25 y 30 (según los autores), de un total de 40. Lo cierto es que puede darse la circunstancia que nuestros protagonistas no alcancen dicho punto de corte, pero tiene que obtener una puntuación en todo caso muy superior a la mía, que ocupo en los parkings el espacio de plaza que me corresponde y me apresuro angustiado si compruebo que, por mi culpa, alguien a quien no conozco de nada está provocando un atasco de circulación.

Claro que, en honor a la verdad, yo puntuaré más alto en psicopatía que aquellos individuos escrupulosamente respetuosos con la cola del autobús ya que esta norma básica de urbanismo no es una de mis virtudes. Y, en fin, todos los citados puntuaremos más bajo que el banquero despiadado que saquea la entidad para la que trabaja antes de pedir su rescate y este, a su vez, probablemente puntúe más bajo en psicopatía que depredadores como Niels Högel, alias “el enfermero de la muerte” el mayor asesino en serie alemán desde la segunda guerra mundial.

Llegados a este punto, podemos concluir que la psicopatía es un rasgo de la naturaleza humana que lo vemos manifestarse en múltiples gestos de la vida cotidiana, pero en aquellos individuos que superan cierto umbral se convierte en un grave problema para las personas de su entorno social y familiar.

¿Podemos cambiar la naturaleza humana? …ojalá todo se redujera a la proclama de Tolstoi: “No hagáis el mal y no existirá”.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid. Editorial Síntesis.

Los controvertidos límites de la gerontofilia

En la película, “Gerontophilia” (2013), su joven protagonista, Lake, comenzará a sentir una atracción muy fuerte por los hombres ancianos de la residencia donde trabaja hasta enamorarse de un octogenario llamado Peabody. El director de esta cinta expresaba en una entrevista que su propuesta es una metáfora acerca de cualquier relación romántica y/o sexual que la sociedad considere tabú y pueda resultar inaceptable. En este sentido, insiste el director, entre adultos que consienten no debería haber juicio alguno.

 

 

Desde esta perspectiva, por tanto, lo único desacertado del film es su título, ya que, para hablar de gerontofilia, como de cualquier otra parafilia, la atracción debe generar un malestar clínicamente significativo a la propia persona y el objeto de deseo acaba siendo prácticamente el único tipo de estímulo que genera atracción sexual, además de generar limitaciones en la propia vida o, en su caso, en la del compañero o compañera sexual. Pero no es el caso que nos ocupa. Se trata de una relación con una diferencia de edad muy considerable, homosexual, interracial, si le quieren poner etiquetas, pero no gerontofílica. Lake y Peabody están encantados de haberse conocido.

En esta aproximación a las parafilias, hay que entender esa alusión a “generar limitaciones en la vida del compañero sexual” de una forma nada restrictiva en los casos concretos de asesinos en serie gerontofílicos. Efectivamente, sería absolutamente inapropiado referirse a las víctimas como “compañeros sexuales”. Por no hablar que la “limitación a sus vidas” consistiría precisamente en arrebatárselas.

En un trabajo de Safarik, Jarvis y Nussbaum (2002) titulado Sexual Homicide of Elderly Females sobre el perfil criminal de los asesinatos sexuales de ancianas, sugieren que el perfil habitual de los asaltantes es el de un joven que reside cerca de sus víctimas, pero sin relación familiar o social. Normalmente la escena del crimen tiene lugar en el domicilio de las mujeres, aunque el agresor ha podido hacer previamente labores de seguimiento, eventualmente trabajos ocasionales (jardinería, reparaciones, albañilería) o, por proximidad residencial, han convergido las actividades rutinarias de ambos (trayectos de autobús, comercio local, etc.) de forma que, aunque los situamos en el contexto de una investigación policial en la esfera de “autor desconocido para la víctima”, en un número importante de casos pudiera ser que ésta conociera a su asesino o, cuando menos, le resultara familiar. No obstante, concluyen estos autores, es probable que el asaltante pertenezca al círculo familiar de la víctima si no se detectan signos de agresión sexual.

Algunos medios escritos se han referido a Remedios Sánchez, la asesina de ancianas de Barcelona como gerontofílica. El mismo calificativo ha recibido Billy Chemirmir de origen keniano y residente en EE.UU. que fue detenido en marzo de 2018 gracias al testimonio de una mujer de 91 años en cuyo apartamento de Plano (Texas) entró por la fuerza. A la mujer le dijo, “váyase a la cama, no luche” antes de ahogarla con una almohada. Afortunadamente, los servicios de emergencia lograron revivirla, y gracias a su testimonio Chemirmir fue detenido. Ahora, la policía revisa la muerte de 750 personas para saber si pudo haber cometido otros crímenes.

Huelga decir que, ni a Remedios Sánchez, ni tampoco a Billy Chemirmir, se les puede atribuir un diagnóstico de gerontofilia. Simplemente, las personas mayores que vivían solas eran las víctimas vulnerables propicias para perpetrar sus robos.

La gerontofilia sí era un rasgo sobresaliente en José Antonio Rodríguez Vega. Este asesino en serie, además de agredirlas sexualmente, acabó con la vida de 16 ancianas en Santander.

El 23 de octubre de 2002, Mark Safarik, autor del artículo referido anteriormente y profesor en la academia del FBI en Quantico, me escribió para preguntarme algunos detalles de este depredador sexual. Justo al día siguiente, casualmente, Rodríguez Vega fue apuñalado con ensañamiento en la prisión de Salamanca. Tuve que responderle a Safarik que tenía a su disposición toda la información requerida en los medios de comunicación españoles ya que “Rodríguez Vega acababa de ser asesinado en prisión”. A lo que él me respondió: “el FBI no ha tenido nada que ver”.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid. Editorial Síntesis.

El Modus Apparendi: propuesta de una delimitación taxonómica de la Firma del criminal.

Móvil y motivación

Para entender adecuadamente el concepto de Modus Apparendi (MA) sería preciso distinguir, en primer lugar, entre el móvil de un crimen, definido como el objetivo que se pretende alcanzar, normalmente económico y, por otro lado, la motivación, entendida como la fuerza tractora de carácter emocional que le impulsa a un individuo a cometer un delito. Pueden ser fuerzas tractoras el narcisismo, el deseo de venganza, los celos, determinadas fantasías sexuales, u otros aspectos psicológicos que el delincuente necesita expresar o satisfacer. En este sentido, igualmente podemos considerar variables motivacionales las impulsadas por diversas patologías, en virtud de las cuales, algunos individuos pueden llegar a mostrar claras tendencias criminales, como pudiera ser en algunos casos de esquizofrenia paranoide, la gerontofilia, el trastorno antisocial de la personalidad, etc.

Desde este punto de vista, el modus operandi (MO), entendido como el conjunto de estrategias orientadas a culminar con éxito un crimen, va estar fundamentalmente vinculado al móvil del delincuente. Sin embargo, hay una serie de comportamientos y acciones llevadas a cabo en el contexto de la acción delictiva que, en contraposición a la funcionalidad del modus operandi, revelarían esa fuerza tractora emocional a la que aludíamos. De hecho, las podríamos considerar como un factor de riesgo en la comisión del delito, toda vez que el criminal suele necesitar un tiempo adicional para expresar sus emociones, una determinada fantasía o dar rienda suelta a las inclinaciones desencadenadas por el trastorno que padece. Este catálogo de comportamientos se conoce genéricamente como la “firma” del delincuente, pero en no pocas ocasiones se solapa con otras manifestaciones, como pueden ser los elementos rituales o la escenificación. Con el fin de aclarar y acotar conceptos nuestra intención es proponer como categoría genérica un nuevo epígrafe que denominaremos modus apparendi y que englobaría el ritual, la firma, la escenificación y la sintomatología.

Etimología del modus apparendi

Lo hemos denominado de tal forma atendiendo a la acepción que el diccionario Vox ofrece del verbo de la 2ª conjugación appareo-ui-itum que significa aparecer, ser visible, mostrarse. Morfológicamente, apparendi, es un gerundio en caso genitivo que funciona como complemento del nombre, acompañando en nuestra propuesta a “modus“, y que tiene mucha tradición con expresiones como “ars dicendi”, ‘el arte de hablar’ o nuestro criminológico modus operandi.

Veamos un ejemplo de cada una de estas expresiones de la motivación criminal.

Elementos rituales

A lo largo de la historia algunas sociedades han buscado el favor de los dioses mediante el sacrificio de seres humanos o, hasta nuestros días, se han hecho valer de la tortura para diferentes propósitos. Estas macabras técnicas y procederes, por alguna oscura razón, emergen con crueldad en las fantasías asesinas de algunos criminales.

Sin duda sobrepasó con creces el guion más abominable, el ritual asesino con el que Antonio Anglés y Miguel Ricart torturaron a las niñas Miriam, Antonia y Desiree en la localidad valenciana de Alcasser. En una casa abandonada, fueron atadas a un poste situado en el centro de la estancia. Una vez inmovilizadas, y según se detalla en el epígrafe de “hechos probados” de la sentencia, arrojaron a Antonia al suelo para violarla repetidamente anal y vaginalmente. La misma suerte corrieron las otras dos menores en momentos diferentes mientras las otras chicas contemplaban horrorizadas la escena atadas al poste. Además, fueron sometidas a golpes y toda suerte de vejaciones llegándole a arrancar a Desiree su pezón derecho con unos alicates. La terrible tortura acabó cuando les dispararon un tiro en la cabeza junto a la fosa donde fueron enterradas. En casos como este no hay ninguna otra pretensión por parte del criminal, salvo satisfacer su inhumano y macabro deleite a costa del sufrimiento de la víctima.

Análisis del crimen de Alcasser en el programa de ETB “El lector de huesos”

Por otro lado, en ocasiones, los elementos rituales en un asesino en serie no están directamente relacionados con comportamientos externos observables, sino que tienen más que ver con mecanismos internos de preferencia en relación a la elección de la víctima: un color de pelo, una profesión, una apariencia, etc.

Escenificación

Vamos a entender este componente del modus apparendi como el conjunto de conductas llevadas a cabo por un asesino, orientadas a manipular y disponer en determinadas posturas el cuerpo de la víctima. Por regla general, son dos tipos de intenciones las que le llevan a un criminal a realizar este tipo de intervenciones en la escena del crimen. Por un lado, imaginarse que la víctima no está realmente muerta, solo durmiendo. Esta disposición suele revelar que existía algún tipo de vínculo familiar o afectivo entre la víctima y su asesino o asesina. Entrecruzar las manos, depositar el cadáver en una cama o adornarlo con algún tipo de complemento usado en vida por la víctima suele ser el reflejo psicológico de un posible remordimiento por parte de la persona que ha cometido el crimen. Nótese que con esta escenografía se presentan los cadáveres a los familiares en los ritos de duelo en la mayor parte de las culturas.

Por otro lado, y con una intención diametralmente opuesta, el asesino puede resolver colocar el cadáver en una posición vejatoria o humillante con el macabro propósito de provocar, ofender, desafiar y herir la sensibilidad de la sociedad. En el trabajo de Douglas y colaboradores (1986)[1] relata el caso de una mujer cuyo cuerpo desnudo fue descubierto en el rellano del edificio donde vivía. Había sido golpeada brutalmente en la cara y estrangulada con la correa de su bolso. Sus pezones habían sido cortados después de muerta y colocados sobre su pecho. En el interior de su muslo el asesino había escrito “No puedes detenerme”, además de introducir un paraguas en la vagina y colocar un peine en el vello púbico de la víctima. Espeluznante.

 

En resumen, la primera opción de la escenificación tiene fundamentalmente un carácter simbólico, puede revelar un vínculo entre víctima y asesino y tiene una función introspectiva, al contrario que la segunda opción que tendría una intención depravadamente exhibicionista.

Analizando la escenografía de un crimen en la serie True Detective. [2]

Sintomatología

Con esta nueva forma de modus apparendi nos estamos refiriendo a aquellas huellas psicológicas que son reflejo de una patología, un trastorno o una desviación comportamental. La gerontofilia, la piromanía, la pedofilia, la psicopatía, etc. son manifestaciones psicológicas desviadas y con relevancia clínica, que expresan las motivaciones más oscuras y perversas de la mente humana y que pueden verse reflejadas en la elección de las víctimas, en la perversidad de las acciones llevadas a cabo o la gratuita brutalidad de la violencia empleada. Cabe decir, no obstante, que existe una cierta tendencia a encorsetar en un diagnóstico clínico la atrocidad de algunos crímenes, pero lo cierto es que, en su mayoría, están perpetrados por individuos, sin duda desviados de las normas sociales, pero plenamente conscientes de sus actos y con capacidad para no haber elegido ese camino.

Firma

Entendemos la firma del delincuente como una forma de mostrarse ante la sociedad, la opinión pública o ante los agentes responsables del caso. Desde esta perspectiva, a su vez, podemos identificar dos versiones diferentes de firma: Por un lado, lo que podríamos entender como una “tarjeta de presentación” con la que, de alguna forma, el criminal reclama la “autoría” de su “obra”. En este sentido, la correspondencia mantenida con la prensa por el conocido como asesino del Zodiaco es una clara manifestación de esta suerte de “tarjeta de visita” del delincuente. Este asesino escribió tres cartas casi idénticas que envió a otros tantos periódicos en las que reconocía sus tres últimos crímenes hasta ese momento e incluía un criptograma de 360 caracteres en el que, supuestamente, desvelaba su identidad. Sin embargo, hoy día todavía se desconoce quién fue el asesino del Zodiaco.

Símbolo utilizado como firma por el asesino del Zodiaco.

 

La segunda categoría de firma la podríamos denominar “seña de identidad” ya que, en este caso, el delincuente no tiene un afán ni propósito de reivindicar su autoría, pero la podemos reconocer mediante sus acciones. Si nos encontramos en el contexto de una investigación policial una serie de asesinatos en serie en los que, a las víctimas, todas mujeres, se les ha introducido un objeto por vía vaginal post mortem, después de amputarles un dedo de la mano izquierda, parece bastante obvio que todos los crímenes han sido obra del mismo autor si atendemos a la peculiar secuencia de elementos rituales detallados.

 

Algunas aclaraciones finales

Llegados a este punto cabe subrayar algunas consideraciones relevantes. La primera de ellas es que el modus apparendi no tiene por qué permanecer invariable en el tiempo. Efectivamente, en algunos casos de violación en serie se ha observado que el agresor aumenta progresivamente el grado de violencia empleada. En otros casos de semejante naturaleza se ha podido comprobar que las ataduras que comienzan simplemente como una forma de inmovilizar a la víctima, acaban convirtiéndose en una deseada perversión.

Por otra parte, cabe destacar que algunos elementos del crimen pueden funcionar tanto como MO, como MA. Efectivamente, en otro caso de violador en serie referido por Hazelwwood y Warren (2003) [3], el atacante controló a punta de pistola y en sus propios hogares a numerosas parejas. Una vez se hacía dueño de la situación, obligaba a las mujeres a atar las manos y los pies de sus esposos con cordones. Dicha conducta se categorizaría correctamente como MO, ya que ayudó al autor a asegurar el control de dos adultos simultáneamente. Sin embargo, el hecho de que la esposa neutralice al “protector” masculino también es probable que sirviera como un rasgo ritual del crimen que excitaba sexualmente al perpetrador de estos hechos.

Finalmente, también puede darse la circunstancia de que una serie de crímenes estén desprovistos totalmente de manifestaciones propias del MA al tratarse de delincuentes impulsivos que actúan con poca o ninguna planificación y para los cuales las fantasías juegan un papel irrelevante en sus delitos.

Sea como fuere, tras el análisis de estas opciones estaremos en disposición de inferir una hipótesis sobre el motivo del crimen, su temática: el poder, la ira, la venganza, los celos…o nada de esto, y todo responda a esos casos en los que el asesino quería únicamente saber “qué se siente al matar”.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid. Editorial Síntesis. Continuar leyendo El Modus Apparendi: propuesta de una delimitación taxonómica de la Firma del criminal.