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El consultor psicosocial en la selección del jurado

En la actualidad, son pocos los que discuten la idoneidad de la ayuda que un psicólogo jurídico puede prestar a un letrado. Cabe destacar, entre los informes periciales más habituales, la evaluación de posibles trastornos psicopatológicos que puedan repercutir en la responsabilidad penal de un imputado, la evaluación de daño psicológico en agresiones sexuales, violencia intrafamiliar, acoso laboral, etc. o, en aquellos casos que lo requieran, la valoración de la credibilidad de un testimonio. La evaluación de las competencias parentales en litigios por la custodia de menores es también una demanda cada vez más frecuente.

Es menos habitual la solicitud de preparar psicológicamente a una víctima, o a una persona imputada, para afrontar mejor el estrés que inevitablemente provoca la comparecencia en la sala de justicia, aunque, de facto, no son pocas las ocasiones que los psicólogos de parte acabamos prestando este apoyo. Ofrecer la “mejor versión” de uno mismo, no solo contribuye a mejorar la capacidad de afrontamiento de un juicio, también es probable que se obtengan mejores resultados cuando a su señoría le corresponda impartir justicia.

Lo que es ciertamente casi inédito en España es que un letrado se sirva de un consultor psicosocial en el proceso de selección de un jurado, lo que sin duda está relacionado con el tiempo disponible para este trámite. Esta precipitación en el proceso de selección del jurado no parece muy recomendable considerando que se le va a otorgar la responsabilidad de decidir el destino vital de un individuo.

 

Fotograma de la, posiblemente, mejor película de jurados de la historia. Doce hombres sin piedad

 

Nos estamos refiriendo al momento de la audiencia denominada voir-dire en el que cada una de las partes, a través de un mecanismo de “descarte”, pretenden obtener un jurado no solo imparcial, – sin prejuicios muy constatables, – sino, en el mejor de los casos, también potencialmente alineado con la propia estrategia de actuación.  Es un trámite en el que, por decirlo así, el letrado pretende convertirse en un psicólogo intuitivo.

En este escenario, consistente en el descarte de miembros del jurado “impertinentes”, se debería disponer del tiempo y serenidad suficiente para un análisis que contemple que cuando estas personas tomen una decisión, lo harán en virtud de un proceso conformado por dos fases claramente diferenciadas. Una primera, durante la vista oral, basada en un proceso deliberativo individual que está mediatizado por las actitudes, estereotipos, prejuicios sutiles, – o no tan sutiles, – y representaciones sociales de cada miembro del jurado por separado. Estos procesos psicológicos dan lugar al denominado sesgo de confirmación, en virtud del cual los testimonios de los testigos, peritos, agentes de la autoridad, etc. serán percibidos bajo la tendencia a acomodarlos a esas representaciones sociales previas de forma que validen las creencias preexistentes.

En una segunda fase, tras la vista oral, tiene lugar una deliberación grupal de los miembros del jurado donde irremediablemente afloran los sesgos que condicionan nuestras decisiones tomadas en grupo. Efectivamente, los procesos de influencia grupal adquieren una importancia enorme en las deliberaciones del jurado. Aquellas personas con un talante conformista, o incluso sumiso, les resultará más difícil expresar sus planteamientos cuando su opinión es contraria a la mayoría, o simplemente la tienen que contrastar con la de otros miembros del jurado con un talante más autoritario o vehemente. Esta dinámica tiene lógicamente repercusión en el veredicto que, en ocasiones, puede ser solo “unánime” en apariencia.

Existen cuestiones adicionales, pero muy relevantes, tales como aquellos casos en los que el acusado, por las razones que sean, es muy conocido y visible en los medios de comunicación.  Se ha podido comprobar que una exposición destacable en los medios de comunicación provoca una mayor percepción de culpabilidad[1].

Por su parte, Crocker y Kovera[2] descubrieron que las actitudes hacia las enfermedades mentales correlacionan con el veredicto en el sentido que aquellos miembros del jurado con actitudes más recelosas hacia estas patologías son más propensos a votar culpabilidad que aquellos con actitudes más positivas o comprensivas.

La consultoría psicosocial de litigios, que cuenta con especialistas en psicología jurídica, sociología, criminología, puede contribuir a mejorar los métodos de selección de jurados y quizás paliar, al menos en parte, las críticas de no pocos operadores jurídicos hacia esta fórmula. En esta línea, también se han presentado propuestas de escaso recorrido, pero que compartimos, acerca de la idoneidad de instaurar la denominada selección científica del jurado desde el principio de dicho proceso. Esto implica el concurso de científicos psicosociales no solo como asistentes de las partes en la fase del voir dire, sino como un servicio al sistema de justicia que, entendemos, solo alberga el objetivo de dictar las sentencias más justas que sea posible.

 

[1] Otis, C.C. et al. (2014). Hypothesis Testing in Attorney-Conducted Voir Dire. Law and Human Behavior, 38, 4, 392-404.
[2] Crocker, C. B. & Kovera, M. B. (2009). The Effects of Rehabilitative Voir Dire on Juror Bias and Decision Making. Law and Human Behavior, 34,3, 212-226.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La investigación de los casos de agresores sexuales en serie

El caso del presunto violador en serie de Beasain que se está juzgando en estos momentos nos vuelve a situar frente a una de las más oscuras y abominables conductas depredadoras que un ser humano es capaz de perpetrar.

Desde el ámbito de la psicología criminal se viene desarrollando desde hace décadas un notable esfuerzo por desentrañar las motivaciones de los agresores sexuales con el fin de establecer perfiles que contribuyan a mejorar la eficacia de las investigaciones policiales en este tipo de casos.

Lo cierto es que, en contra de lo que se pudiera pensar asistidos por la intuición, el deseo sexual no es la principal pulsión que le lleva a un individuo a cometer una violación. Humillar a la víctima, descargar la ira, ejercer violencia física o regodearse en el poder de someterla a voluntad conforman las atroces motivaciones de un importante porcentaje de agresores sexuales. Es esta la razón por la cual soluciones como la castración química son alternativas de tratamiento absolutamente ineficaces en este tipo de sujetos.

Asistimos ahora al juicio contra un presunto violador y cabe preguntarse si los agresores seriales comparten un perfil diferente a los agresores de una única víctima. La evidencia empírica sugiere que se diferencian en tres aspectos: la planificación criminal, la violencia empleada y la relación con la víctima. En este sentido, los agresores seriales darían muestras de un mayor nivel de planificación a la hora de concebir su modus operandi y optan por neutralizar a la víctima amordazándola o, como el caso que nos ocupa, adormeciéndolas con cloroformo, usando, por lo general, una menor violencia física que los agresores de una única víctima. Finalmente, también parece más probable que elijan víctimas desconocidas al contrario que los casos de agresores de una única víctima que, en un número importante de ocasiones, les vincula algún tipo de relación previa. En el caso del violador confeso de Beasain, este fue precisamente su error, elegir a una víctima relacionada con su círculo social, lo que le iba a situar necesariamente en el grupo de investigados.

La posibilidad de determinar en una fase temprana de la investigación policial si una violación ha sido cometida por un violador en serie podría otorgar alguna ventaja para agilizar su captura e impedir que actúe de nuevo. Lo cierto, sin embargo, es que todavía serían necesarios más estudios criminológicos para obtener conclusiones más fiables.

En este sentido son particularmente interesantes en las agresiones seriales el diseño de un perfil geográfico haciendo uso de un Sistema de Información Geográfica que nos ayude a priorizar líneas de investigación una vez que hemos identificado las coordenadas de varias agresiones sexuales que, en virtud de un modus operandi y apparendi similar, sospechamos que son obra del mismo autor. El perfil geográfico se ha utilizado en la investigación de cientos de casos seriales con diversos tipos de software que generan en un mapa una superficie de riesgo que indica dónde es más probable que el autor tenga su residencia.

Zona de residencia probable de un agresor en serie

 

De lo que no cabe duda es que el delito de violación es, comparativamente, uno de los que menos se denuncia. Y si la mujer ha sido drogada durante la agresión sexual, este miedo a cursar una denuncia es aún mayor. Una de las razones para esta decisión se debe a que la víctima considera que, al no disponer de un relato de los hechos, su acción no va a servir de nada.  Esta realidad sugiere que no sería descabellado suponer que existan mujeres violadas por este presunto depredador sexual que no han reunido las fuerzas necesarias para denunciarlo. Si es el caso, sirva esta tribuna para animarles a dar ese paso.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Ed. Síntesis.

Veintiún formas de explicar un tiroteo

Dr. César San Juan. Prof. de Psicología Criminal de la UPV/EHU

El incidente

El pasado 13 de octubre, un estudiante de 21 años irrumpió en el campus de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) en Leioa disparando una escopeta sembrando el pánico entre estudiantes, profesores y personal administrativo universitario. Pese a la intensidad del tiroteo, nadie salió herido y sólo se registraron daños materiales en cristaleras y fachadas.

El arma en cuestión la había adquirido previamente por Internet, antes de proceder a legalizarla en un cuartel de la Guardia Civil de Bilbao.

Este incidente ha hecho saliente, una vez más, el debate sobre la accesibilidad a las armas como factor de riesgo de la incidencia de homicidios, en general, o de las asesinatos múltiples que han tenido lugar en centros educativos norteamericanos, en particular.

También se ha hecho referencia al buen expediente del asaltante para subrayar lo incomprensible del suceso, como si tener un mal expediente explicara mejor las razones para liarse a tiros en una Universidad.

Lo cierto es que explicar sucesos que son complejos desde un punto de vista psicológico con una única variable, como puede ser la accesibilidad a las armas o el fracaso escolar, es una idea muy poco recomendable en ciencias criminológicas.

 

Accesos a armas y masacres

Para ilustrar esta sugerencia, podemos pensar en el caso de Islandia que, con cerca de 300.000 habitantes, es uno de los países con menor tasa de criminalidad del mundo. Podríamos atribuir su prácticamente nula tasa de homicidios a la ausencia de armas, pero no es el caso. Islandia ocupa el décimo lugar, junto con Austria y Alemania, en el ranking de posesión legal de armas per cápita según se detalla en el informe Smalls Armey Survey (2017). Un arma cada tres personas, aproximadamente, lo que puede significar, en la práctica, un arma en cada hogar. Que las usen para la caza puede suscitar otro debate entre partidarios de esta actividad y los que la consideramos totalmente inaceptable. Pero sería, efectivamente, otro debate.

Ese ranking está encabezado, como es previsible, por los Estados Unidos con 89 armas por cada 100 habitantes lo que implica, no ya un arma en cada hogar, sino casi un arma, de media, para cada miembro de la familia. En el contexto europeo, también puede resultar llamativo el caso de Alemania, que con la misma ratio de posesión de armas que Islandia, tiene una tasa similar de homicidios que España, es decir, una de las más bajas de Europa.

En síntesis, la conclusión de este careo entre Europa y EE.UU. es que la accesibilidad a las armas entre la población no es suficiente, ni mucho menos decisiva, para explicar su uso contra miembros de nuestra propia especie. Aunque, lógicamente, no es una variable que debamos despreciar.

 

¿Era un asesino múltiple?

Llegados a este punto, cabría preguntarse si nos encontramos ante un asesino múltiple en el caso que nos ocupa. Para Vicente Garrido, en su interesantísimo libro “Asesinos múltiples y otros depredadores sociales”, existen, genéricamente, varios tipos de este perfil criminal:

  1. Los que matan por frustración ira y venganza.
  2. Los que matan porque han desarrollado una grave enfermedad mental, generalmente asociada a un discurso paranoide.
  3. Los familicidas.
  4. Los que matan siguiendo fines delictivos para no dejar testigos o escapar de la policía.
  5. Los terroristas que cometen masacres entre la población para diseminar su terror.

Parece razonable pensar que la frustración, la ira y la venganza eran las principales motivaciones del joven universitario que apareció en el campus de Leioa escopeta en ristre. Pero eso no implica que nos encontremos ante un asesino múltiple. De hecho, todo parece indicar que nunca tuvo intención homicida a pesar de descerrajar decenas de cartuchos de perdigones.

 

                                                               Tiroteo en la Universidad de Texas (1966)

 

La narrativa periodística

En los medios de comunicación, como ya hemos adelantado, se ha insistido en lo “inexplicable” del suceso, pero es obvio que existe una explicación. Diferentes grados de presión social, ambiental, académica, la saturación producida por una acumulación de problemas y ciertos déficits en los recursos para gestionar adecuadamente todas estas demandas del entorno pueden tener como consecuencia reacciones imprevisibles, pero no inexplicables. Y, siguiendo con los titulares de prensa, parece ciertamente inapropiado el calificativo de “lobo solitario del campus de Leioa” cuando es evidente que este caso no tiene nada que ver con los terroristas yihadistas acreedores de dicha etiqueta.

El relato mediático, en fin, parece empeñado en situarnos ante un potencial asesino múltiple frustrado en lo que podría ser el primer caso de una previsible sucesión de masacres en centros educativos españoles “como sucede en EE.UU.”

La separación de residuos informativos de un relato que siquiera se aproxime a la realidad, está resultando una tarea cada vez más exigente.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Ed. Síntesis.

Sexo, ensañamiento y cintas “do not cross crime scene”

El ensañamiento no siempre es sádico

No es infrecuente apreciar en los medios de comunicación o, lo que es peor, en algunas sentencias, una cierta confusión en relación al concepto de ensañamiento. Uno de los errores más frecuentes consiste en intercambiarlo inadecuadamente con el concepto de sadismo, atribuyendo a ambos términos una inexistente sinonimia. El ensañamiento y el sadismo pueden tener resultados de similar naturaleza médico-forense, pero varían sustancialmente en su motivación psicológica. Son, por tanto, dos conductas distintas.

El ensañamiento es una circunstancia agravante de la responsabilidad criminal que, tal como se especifica en el artículo 22.5 del C.P. consiste en aumentar deliberada e inhumanamente el sufrimiento de la víctima, causando a ésta padecimientos innecesarios para la ejecución del delito.

Es importante señalar que para su valoración no se tiene en cuenta si el aumento deliberado del sufrimiento de la víctima le ha suscitado alguna suerte de disfrute sexual al victimario, elemento que resulta sustantivo para incluir el componente sádico en la agresión, pero que resulta prescindible para la calificación de ensañamiento. El sadismo implica, efectivamente, que el sufrimiento de la víctima provoca la excitación sexual del agresor, siendo ésta respuesta su motivación fundamental. Cabe decir que también se han dado casos en los que, en un primer crimen sangriento, el asesino “descubre” que le ha excitado sexualmente el terrorífico padecimiento de su víctima experimentando una especie de súbita hematofilia, lo que ha dado lugar a ulteriores crímenes de motivación sádica.

 

Requisitos para apreciar ensañamiento

Llegados a este punto, serían dos los requisitos exigibles para apreciar ensañamiento:

  1. La intención de ensañarse no siempre es ensañamiento

El primero de ellos se refiere a infligir una agresión física que sea “objetivamente” innecesaria para conseguir el objetivo delictivo, y que, además de innecesaria, aumente el sufrimiento de la víctima. La primera parte de este requisito, – que el grado de violencia sobrepase lo “necesario”, – nos invita a distinguir entre lo que se considera una violencia puramente instrumental, – dirigida a la contención o neutralización de la víctima, – de la violencia “expresiva”, entendida como una manifestación de las motivaciones emocionales subyacentes, tales como la venganza, los celos, el odio, o como ya hemos mencionado, la gratificación sexual en el caso del sadismo. La segunda consideración de este requisito,- aumentar el sufrimiento de la víctima,- invoca ineludiblemente a los profesionales de la medicina forense, toda vez que en el supuesto de que a una persona le hayan propinado, por poner el caso, 14 golpes con un bate de béisbol, si el primero de ellos hubiera resultado fulminantemente mortal, no podría considerarse ensañamiento, aun cuando la intención del agresor fuera ensañarse, ya que no ha existido un aumento del sufrimiento de la víctima en los 13 golpes restantes. A esto habría que añadir el matiz que, en este caso, el número de golpes, tampoco sería un agravante.

  1. Provocar sufrimiento a la víctima no supone necesariamente ensañamiento

El segundo requisito, quizás más pantanoso, tiene un carácter subjetivo, por cuanto se refiere al acto de deliberación consciente del autor encaminados a provocar dolor y sufrimiento en su víctima. Este proceso presenta, desde un punto de vista psicoforense, dos posibilidades: La primera, que realmente no haya existido tal deliberación por parte del atacante, lo que implica que deberíamos descartar aquellos casos en los que la furia ciega del agresor anule cualquier posible episodio deliberativo o, dicho de otra forma, deberemos descartar aquellos casos en los que estuvieran anuladas sus competencias volitivas, y esto es así aunque sea indiscutible que la víctima haya sufrido enormemente. La otra posibilidad es que, efectivamente, se haya producido esa “deliberación, o lo que en jurisprudencia se ha denominado “maldad  reflexiva”,  sin que detectemos merma alguna en sus competencias volitivas, lo que nos enfrenta a una frontera, en ocasiones ciertamente difusa, en virtud de la cual deberemos determinar, como ya hemos adelantado anteriormente, si la violencia ejercida por el agresor tenía desde su subjetiva perspectiva un carácter puramente instrumental, funcional, o, por el contrario, existía esa motivación psicológica de provocar dolor y sufrimiento.

La respuesta, …siempre forense.

Sea como fuere, no son pocos los litigios en los que la determinación de si ha existido o no ensañamiento en un asesinato se ha pretendido dirimir entre letrados en un campo de juego puramente jurídico, pero, como pretendo poner en evidencia, aunque asumamos con agrado una definición jurídica del término, los elementos de juicio para dilucidar si hubo ensañamiento, o no lo hubo, deben ser facilitados tanto por peritajes médicos como psicológicos.

Cabe decir que este tipo de dictámenes forenses generan en ocasiones gran pesadumbre e indignación en los familiares de las víctimas de asesinatos, que identifican la eventual brutalidad del crimen como una prueba de ensañamiento. La verdad jurídica es que no se ensañó el falso monje shaolin con Maureen Ada Otuya, a la que golpeó y estranguló en su gimnasio, de Bilbao al no apreciarse el elemento objetivo de violencia innecesaria; ni apreció ensañamiento el tribunal en el caso de Ana María García que asestó 35 puñaladas a su novio tras una discusión por celos, al no apreciarse el elemento subjetivo de deliberación previa.

Los agravantes, en fin, deben probarse.

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Ed. Síntesis.

“Yo no lo asesiné, fue mi cerebro”: La encrucijada de la Neuropsicología forense

Patrick Nogueira acudió la tarde del 17 de agosto de 2016 a la vivienda en la que residían sus familiares en la localidad alcarreña de Pioz. Allí, utilizando un cuchillo que había comprado un par días antes, asesinó a sus tíos y a sus dos hijos pequeños. Antes de abandonar la casa, desmembró los cuerpos de los adultos y metió todos los cadáveres en bolsas. En la sentencia dictada en el juicio de este crimen quedó acreditado que Nogueira padece “daño neuronal del lóbulo temporal”. Efectivamente, según el informe de uno de los peritos experto en medicina nuclear, el PET-TAC (una técnica de neuroimagen) que se realizó a Nogueira dos años después del suceso, reveló que el lóbulo temporal derecho del cerebro estaba afectado y “no funciona como debería”. En dicho informe se sostiene que, “si su cerebro hubiese sido normal, no hubieran pasado estos hechos”.

A mi juicio, creo que la cuestión esencial no es esta, ya que individuos con un cerebro “normal” han cometido crímenes de semejante naturaleza. La pregunta clave, a efectos de responsabilidad penal, sería si, incluso admitiendo que este individuo tiene un cerebro que no es normal, hubiera sido capaz de tomar una decisión diferente a la de perpetrar el crimen. En este sentido, las dos psicólogas del Instituto de Medicina Legal de Guadalajara encargadas por el juzgado de valorar su mente, determinaron que era un psicópata altamente peligroso, con grandes probabilidades de reincidir y que distingue el bien del mal. Este dictamen estaba alineado con el meridiano informe del psicólogo Vicente Garrido que sostenía que la conducta criminal de Nogueira fue “claramente elegida, con plena voluntad y un deseo manifiesto de realizar los homicidios”.

 

Neuroimagen del cerebro de Patrick Nogueira

 

El que sin duda no tuvo elección fue Antonio Solaverrieta que, en la madrugada del 19 de febrero de 2010, tras fugarse del psiquiátrico en el que estaba internado, se presentó en el domicilio de su madre a la que torturó con una espeluznante e indescriptible crueldad. Para ello, utilizó diversos utensilios, como una navaja, destornilladores, un formón, alicates, un punzón, e incluso una cuchara con la que le sacó los ojos, según consta en los hechos probados de la sentencia. Tras una inhumana agonía, la mujer falleció “por destrucción de centros vitales encefálicos”. Este individuo, tras su detención, fue incapaz de realizar un relato coherente de lo sucedido, aunque es posible establecer una conexión entre la temática del cuadro delirante que manifestaba, centrado en matar a un “monstruo con forma de mujer”, y los hechos juzgados. Sea como fuere se le declaró inimputable en virtud de la esquizofrenia paranoide con la que fue diagnosticado.

Resulta evidente que, en la última década, los avances tecnológicos dedicados a capturar en imágenes el funcionamiento del cerebro han experimentado una notable evolución. Todo apunta, en fin, a que los logros en este ámbito van a ser progresivos e imparables, lo que ya está situando a la Neuropsicología forense en la controvertida tesitura de sugerir el grado de responsabilidad de un criminal en virtud de un posible determinismo biológico o, dicho de otra forma, en virtud de los fundamentos neuroquímicos que pudieran explicar su elección.

Una posición ciertamente extrema puede estar representada por Dawkins (2006)[1] quien afirma que “una visión verdaderamente científica y mecanicista del sistema nervioso hace que no tenga sentido la idea misma de responsabilidad” apoyando así la idea de que la capacidad y la libertad de decisión son solo una ilusión. Desde esta perspectiva, es evidente que no habría juicio en el que el concurso de las neurociencias no fuera totalmente determinante.

Por otra parte, desde una propuesta más posibilista, parece razonable defender que lo que el psicólogo forense ha de evaluar en un imputado es la motivación y su posible intención de querer transgredir la ley, si éste conoce que los hechos juzgados colisionan con las normas y la convivencia, para así, finalmente, contribuir al esclarecimiento de los hechos.

Desde mi punto de vista, con la quizás ingenua intención de resolver el dilema sin la profundidad que requeriría,[2] sostengo que incluso asumiendo un absoluto determinismo biológico, éste no debería interferir en la conciencia sobre lo que es apropiado y lo que no, lo que es considerado socialmente aceptable y lo que no. En definitiva, la atribución de responsabilidad penal se basaría en dos elementos básicos: por un lado, en la experiencia subjetiva de poder elegir voluntariamente entre cruzar la línea roja, o decidir no hacerlo. Y, por otra, compartir el mismo principio de realidad que se ha consensuado en un determinado contexto social e histórico, ya que, atendiendo al último caso que nos ocupa, un monstruo con forma de mujer, quedaría fuera de dicho principio de realidad.

 

La forma del agua

En otras palabras, una cosa es apelar a que una determinada anomalía cerebral en un individuo, – a causa de un incorrecto funcionamiento neuroquímico, por algún tipo de lesión cerebral traumática, o por un tumor que pudiera comprometer su voluntad, –  le imposibilite actuar acorde a las normas, y otra bien distinta es eludir la acción penal porque la conducta objeto de reproche no la perpetró el delincuente, sino su cerebro, por muy peculiar que resulte su lóbulo temporal.

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Síntesis

[1] DAWKINS, Richard: The God Delusion. Houghton Miffilin Company, Boston, 2006, 406 pp.
[2] El lector puede sacar sus propias conclusiones, quizás diferentes a mi propuesta, a partir de la exhaustiva revisión de Greely, Henry & Farahany, Nita. (2019). Neuroscience and the Criminal Justice System. Annual Review of Criminology. 2(1), 451-471.

El asesinato de John Lennon: Perfil del asesino y teorías de la conspiración.

Hace 40 años que John Lennon fue asesinado por Mark David Chapman a escasos metros del portal de su residencia en el edificio “Dakota” de Nueva York tras regresar de los estudios de grabación “Record Plant”. Uno de los testigos del crimen fue el portero del inmueble, José Sanjenis Perdomo.

Sanjenis fue un policía cubano a las órdenes de Batista y que en su exilio a Estados Unidos trabajó como agente de la CIA, siendo una de sus más importantes responsabilidades la dirección de nada menos que la Operación 40, una misión encubierta de la agencia americana cuyo objetivo era el derrocamiento de Jefes de Estado contrarios a la política de Estados Unidos. Este individuo también fue colaborador directo de Frank Sturgis, que estuvo involucrado en el asesinato de Kennedy y, años más tarde, en el escándalo del Watergate. De hecho, fue Sturgis quien informó a la familia de Sanjenis de su supuesta muerte por causas naturales en 1974. Se cierra el telón. Se abre el telón y este hombre aparece de nuevo de portero suplente en el edifico Dakota en 1980 convirtiéndose en el principal testigo en el juicio contra Chapman. Fue él quien quitó de su mano la pistola todavía humeante a un catatónico Chapman después de que acabara con la vida de John Lennon que, a su vez, estaba siendo investigado por el FBI por su implicación, entre otras actividades, en las protestas contra la guerra de Vietnam o por su afinidad con Bobby Seale, el líder de los Panteras Negras.

Pero dejemos por un momento al margen el hecho de que Lennon, investigado por el FBI, fuera asesinado justo el día que trabaja de portero del Dakota un exagente de la CIA dado por muerto, y centrémonos en el asesino.

Mark David Chapman era hijo de un maltratador. Tenía miedo a su padre que agredía físicamente a su madre y, con casi total certeza, al propio Chapman. A los catorce años, acosado por sus compañeros de colegio, consumía entre otras drogas cocaína, LSD y heroína. Sufrió depresiones siendo adolescente y con 22 años se intentó suicidar conectando con una manguera de aspiradora el tubo de escape de su coche con el interior del vehículo. Su intento fracasó ya que la manguera se derritió rápidamente. Esta serie de elementos en la peripecia vital de un individuo podrían ser suficientes para predecir alguna patología con una significativa relevancia clínica. El hecho de que Chapman se casara precisamente con una japonesa parece un indicio de la identificación con el personaje, muy propia de los acosadores de celebridades, de forma que asesinando a Lennon expiaría sus propios demonios internos. Esta obsesión, muchas veces delirante, unida a las alucinaciones auditivas que confiesa en sus declaraciones, nos indica que Chapman podía padecer una esquizofrenia de tipo paranoide.

Cuando se comete un crimen en el contexto de una patología psiquiátrica es lógico que en el proceso judicial correspondiente se plantee una discusión forense sobre el grado de imputabilidad del acusado. Pero Chapman, en contra del criterio de su abogado, admitió su culpabilidad y se negó a hacer ninguna valoración pericial sobre su estado mental. En el año 2000, cuando ya llevaba 20 años en prisión, pudo acogerse al derecho de solicitar libertad vigilada, pero fue denegada. Su posible esquizofrenia paranoide jamás ha sido tratada ya que él no lo ha consentido. De alguna forma Chapman no quiere diluir ni un ápice de su protagonismo en el crimen con el diagnóstico de una posible patología. Sea como fuere, según la ley del estado de Nueva York, Chapman ha tenido derecho a una audiencia de libertad condicional cada dos años, habiendo sido denegadas las diez solicitudes que ha cursado desde el año 2000.

Con la repercusión mediática que tuvo este caso, también entra dentro de lo posible que haya inspirado crímenes posteriores. Apenas cuatro meses después del asesinato de Lennon, John Hinckley intentó asesinar al presidente Ronald Reagan con el único propósito de impresionar a Jodie Foster que, por aquella época, solo empezaba a brillar gracias a su papel de prostituta adolescente en Taxi Driver.  Se da la circunstancia que la policía encontró una copia de “El Guardián entre el centeno” entre las pertenencias de este desequilibrado, que era, precisamente, el libro de cabecera de David Chapman. Por si fuera poca la conexión, el padre de Hinckley, era presidente de la asociación cristiana World Vision, organización en la que estuvo empleado Chapman.

Lo curioso de esta conexión, muy cinematográfica pero real, es que World Vision actuó como un caballo de Troya para la inteligencia y los intereses de EE.UU. en América Central durante su apoyo a la contra nicaragüense. De hecho, era notoria la relación de alguno de sus responsables con el presidente Somoza. World Vision tuvo, además, un papel muy relevante en la ayuda y captación de los cubanos huidos tras la llegada de Castro al poder para, en algunos casos, reconvertirlos en agentes al servicio de la inteligencia norteamericana. Es decir, todo parece indicar que José Sanjenis podría haber sido reclutado por World Vision, con lo que podemos cerrar un círculo en el que quizás sea mejor no seguir escarbando.

En definitiva, en el juicio a David Chapman, no hubo pericial psicológica ni, como es lógico, tuvo ningún recorrido la teoría de la conspiración que acabamos de sugerir, a pesar de la presencia de Sanjenis en la escena del crimen y del hecho que jamás se haya vuelto a saber nada de este hombre tras su declaración en sala. Tampoco se mencionó algo que pudo percibir Lennon en la actitud de Chapman cuando éste le pidió que le firmara un ejemplar del álbum Double Fantasy, ya que el autor de Imagine le preguntó a quien se convirtió en su asesino: ¿Es esto todo lo que quieres?

John Lennon firmando el último autógrafo de su vida a David Chapman

 

Para saber más: San Juan, C. (2017). Una historia de los Beatles: Las claves del porqué son el mejor grupo de la historia. Barcelona: Ed. Ma non Troppo.

Porqué mata una mujer.

El perfil de las asesinas seriales

Desde que Gesche Gottfried fue sentenciada a muerte en 1831 por envenenar con arsénico a 15 personas, todas ellas próximas a su círculo social, se diría que este elemento químico ha tenido cierta popularidad en asesinas en serie posteriores. Nannie Doss, seducida por el afán de lucro, envenenó con arsénico a sus cuatro maridos, así como Judy Buenoano, que con idéntico móvil y con la misma sustancia, acabó con la vida de su marido, un novio y su hijo de 19 años.

Además de los casos citados, podemos recordar ahora a Kristen Gilbert, enfermera condenada por matar a cuatro pacientes inyectándoles epinefrina. O Dorothea Puente que fue acusada de envenenar a sus inquilinos más ancianos con el fin de cobrar sus pensiones. Hay notables excepciones a estos patrones, como es el caso de Aileen Wuornos ejecutada por los asesinatos de seis hombres a los que disparó a sangre fría después de recogerla haciendo autostop. O Rosemary West y Karla Homolka que, con la connivencia de sus respectivos maridos, violaron y asesinaron brutalmente a varias chicas adolescentes.

Como podemos constatar, las asesinas en serie existen, pero sus motivaciones difieren significativamente de las de sus homólogos varones, para quienes el sexo y el sadismo tienen un mayor protagonismo. Ellas tienden a adoptar un enfoque más pragmático en sus crímenes ya que son más propensas que los hombres a matar por lucro o venganza. Así mismo, a diferencia de los asesinos en serie masculinos que suelen atacar a víctimas desconocidas, las mujeres tienden a matar a personas dentro de su círculo familiar y social, bien sean menores o ancianos, novios y maridos. Y finalmente, siguiendo con las diferencias en el modus operandi, también podemos señalar la tendencia de las asesinas seriales al envenenamiento.

 

La educación y el contexto socio-cultural

Sea como fuere, parece que referirse al comportamiento violento de la mujer supone poner el foco de atención en un fenómeno extraordinario ya que, efectivamente, si atendemos al informe sobre homicidios en España, podemos comprobar que solo un 11% ha sido perpetrado por mujeres. La ratio de género que de forma abrumadora señala el ser “varón” como principal factor de riesgo del comportamiento violento ha propiciado, entre otras cosas, que hoy día sepamos tan poco acerca de la etiología del comportamiento agresivo en las mujeres. Este déficit de conocimiento es debido a que, por lo general, se ha intentado explicar la delincuencia femenina desde la perspectiva de las teorías existentes en relación a la delincuencia en general, lo que podría resultar poco pertinente considerando las diferencias de género existentes en lo que concierne, cuando menos, a la gestión de las emociones y los conflictos, o a las diferencias de crianza familiar con las niñas y con los niños. Por ejemplo, parece indiscutible que se ejerce más control en muchos aspectos de la vida de las niñas, en particular, en cómo pasan su tiempo libre y la clase de riesgos que se les permite asumir. Así, resulta evidente que para entender la etiología del comportamiento violento en las mujeres precisamos diferentes niveles de análisis y fijarnos en ellas, no en los hombres.

 

En relación a las causas: ¿Somos nuestro cerebro?

En este sentido es particularmente interesante la revisión realizada por Denson, O´Dean, Blake & Beames (2018) en la que se pone en evidencia que la magnitud de lo que ignoramos es muy superior a lo que verdaderamente sabemos.

A pesar de todo lo que popularmente se da por sentado y asumimos sin margen de réplica, incluso desde las ciencias criminológicas, estos autores constatan que los mecanismos neuronales que subyacen a la agresión siguen siendo poco conocidos en las mujeres. Dado que en la mayor parte de los estudios no se exploraron las diferencias de género, es imposible llegar a conclusiones firmes en este momento.

El mismo problema comparten los estudios de ERP (potencial relacionado con evento) medidos con electroencefalografía y las investigaciones que analizan el papel de determinadas hormonas (testosterona, cortisol, estradiol, progesterona y oxitocina). Efectivamente, no son concluyentes los mecanismos hormonales que subyacen a la agresión en las mujeres y serían precisos más estudios sobre las condiciones sociales específicas en las que algunas hormonas aumentan o inhiben su conducta agresiva.

 

En relación a las consecuencias: Violencia contra la pareja. Agresiones sexuales. Filicidios.

Algunos autores sostienen que las mujeres tienen la misma probabilidad que los hombres de cometer violencia contra la pareja aunque, obviamente, los hombres cometen un mayor número de agresiones físicas graves. En el caso de las agresiones sexuales, aunque son perpetradas principalmente por los hombres, Denson y cols. constatan que una pequeña proporción de estos delitos son perpetrados por mujeres, y es una casuística sobre la que no sabemos nada. Es fundamental que las investigaciones futuras confirmen o descarten lo que tal vez sean suposiciones simplistas sobre estos fenómenos y consideren el papel de la mujer en las relaciones agresivas.

Y qué decir del filicidio. Pese a que es constatable la alta prevalencia de asesinatos de menores a manos de sus padres, también existen mujeres que matan a sus hijos. Sin embargo, por ser actos tan execrables que se escapan a nuestra comprensión se tiende a pensar que ellos son intrínsecamente “asesinos” y ellas intrínsecamente “enfermas”, por lo que es más probable encontrar padres filicidas en la cárcel y madres filicidas en el psiquiátrico.

Si seguimos renunciando a explorar nuestra propia naturaleza por inercias ideológicas o por irrelevancia estadística, estaremos un poco más lejos de entender la etiología de la respuesta violenta en las mujeres y diseñar estrategias de prevención eficaces basadas en la evidencia.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Síntesis

Cuándo deja de matar un asesino en serie

César San Juan. Profesor de Psicología Criminal (UPV/EHU)

‘Un asesino en serie deja de matar cuando se le detiene’, es la respuesta más obvia. Efectivamente, si tuviéramos constancia de que un asesino en serie anda suelto, sin duda la opción más tranquilizadora, en relación a la pregunta inicial, sería que dejara de matar porque la policía lo ha detenido y lo ha puesto a disposición judicial con un arsenal de evidencias que lo incriminan.

Lamentablemente, esto no siempre es así y nos encontramos con investigaciones policiales que, por diferentes razones, son infructuosas. En estos casos, solo quedan dos opciones posibles: a) que el asesino siga actuando implacablemente, o b) que, contra todo pronóstico, desista de seguir matando.

Aunque finalmente fue detenido, un caso célebre fue el de Mad Bomber, que mantuvo aterrorizada a la ciudad de Nueva York con los explosivos que fue colocando en diversos lugares públicos de la ciudad pero que tuvo un periodo de inactividad durante los años en los que EE.UU. participó en la Segunda Guerra Mundial. En las razones que él mismo explicó para esta tregua apelaba a sus “sentimientos patrióticos”.

Sea como fuere, ahora no nos estamos refiriendo a un periodo de inactividad de casos de asesinatos seriales esclarecidos. Lo que nos ocupa en estas líneas son casos pretéritos que nunca fueron resueltos, lo que implica que sus perpetradores quizás se encuentren en estos momentos conviviendo entre nosotros.

Manuel Ubeda en su obra “El asesino de los barrancos” documenta el caso real de un asesino en serie que, entre agosto de 1989 y abril de 1996, acabó de forma execrable con la vida de una decena de prostitutas cuyos cuerpos fueron hallados desnudos en barrancos, zonas escarpadas o arcenes de carreteras en la provincia de Almería. Todas las víctimas tenían una serie de características en común: eran jóvenes, morenas, con el pelo largo, y ejercían la prostitución en distintos barrios de la capital almeriense. La policía puso en marcha la Operación Indalo, que acabó sin ningún resultado que llevara a la detención de un asesino que, en todo caso, se desvaneció para siempre sin dejar ningún rastro.

No es, ni mucho menos, el primer asesino en serie de trabajadoras del sexo. West Mesa, el Coleccionista de Huesos; Gary Ridgway, el asesino de Green River, o Peter Sutcliffe, más conocido como el Destripador de York, compartían esta criminal obsesión.

Recientemente, la película de Liz Garbus titulada “Lost girls” nos recuerda los asesinatos no resueltos de Suffolk, en la costa de Long Island (Nueva York). En esa zona, la Policía halló diez cadáveres en diferentes momentos de búsqueda entre diciembre de 2010 y abril de 2011, por lo que todo parece indicar que este macabro rastro de muerte era obra de un asesino serial, aunque también hay analistas que sugieren la participación de un segundo asesino.

 

 

Quizás algún día se descubra quien mató a todas estas personas. A veces ocurre: El pasado abril de 2018, 42 años después de su primer crimen, fue detenido en Sacramento (California) el apodado Golden State Killer, considerado uno de los mayores asesinos y violadores de la historia de los Estados Unidos. Entraba de noche en las casas de sus víctimas a través de una ventana abierta o una puerta trasera. Una vez en el dormitorio las despertaba con una linterna sobre la cara, y tras amenazarlas con un cuchillo, las violaba. En total, 45 violaciones y 12 asesinatos entre 1976 y 1986. Después, y a pesar de esa aparente sed insaciable de sangre y violencia, dejó de actuar. Lo llamativo de este individuo, como el caso de Long Island, Almería y otros de similar naturaleza es, ¿Por qué dejaron de matar?

En el ámbito de la Psicología Criminal, suelen barajarse, entre otras, dos razones para este desistimiento de los casos no resueltos de asesinos seriales. La primera, que el asesino haya encontrado una vía más adaptativa para canalizar sus emociones y su pulsión criminal. Un modus apparendi, en fin, no criminal. La otra razón aludida, y compatible con la primera, tiene que ver con la edad. Efectivamente, una vez cumplidos los 40 años los niveles de testosterona descienden y la motivación para agredir sexualmente y actuar violentamente, se debilita. Cuando se dan estas circunstancias, y la investigación policial acaba entrando en vía muerta, deja a los familiares de las víctimas en un duelo indefinido difícilmente soportable agravado por el hecho de que probablemente, jamás se haga justicia.

Habría una tercera posibilidad para explicar el desistimiento en el asesino serial, no muy frecuente desde luego en personalidades psicopáticas, y es el carácter egodistónico de la conducta desviada en contraposición al carácter egosintónico. Se denomina comportamiento egosintónico aquel que no genera malestar psicológico. En este sentido, la psicopatía, o algunos casos de pedofilia, son trastornos egosintónicos ya que, quien los padece siempre encuentra una perfecta justificación de sus perversiones o, directamente, está encantado con ellas. Por el contrario, se considera una respuesta egodistónica cuando los propios pensamientos o conductas entran en conflicto con la autoimagen personal a la que se aspira.  Quizás, en algún momento de su periplo depredador, a estos asesinos seriales les resultó insoportable su propia deriva criminal. Solo ellos lo saben.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, L. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Editorial Síntesis.

Daños colaterales en la guerra contra el coronavirus: la violencia intrafamiliar

Dr. César San Juan. Prof. de Psicología Criminal de la UPV/EHU

El estado de alerta que ha vaciado las calles de nuestras ciudades va a tener un impredecible impacto criminológico. Hay antecedentes, como el acusado descenso de la delincuencia en Washington el 15 de agosto de 1965 coincidiendo con el concierto de The Beatles en el Shea Stadium. Nadie quiso perdérselo. Tampoco los delincuentes. ¿Pero qué ocurre de puertas para adentro?

Existe entre la opinión pública, e incluso en las referencias científicas especializadas, un amplio catálogo de conceptos para referirse a los actos violentos cometidos en el ámbito familiar o de las relaciones afectivas. Se apela a la violencia de género, a la violencia doméstica o a la violencia contra la pareja para, desde los matices semánticos propios de cada etiqueta, subrayar o poner el acento en la asimetría de las relaciones, el escenario de conducta o el rol criminógeno masculino. También es frecuente el uso del término violencia intrafamiliar ya que, al margen de cómo se defina la “familia”, las conductas inapropiadas se producen en un contexto que es reconocido como “familiar”. En todo caso, en este artículo nos queremos referir específicamente a la conducta negligente, abuso de poder o conducta violenta (psicológica, física o sexual) que tiene lugar en el entorno social de un grupo de individuos que vive bajo el mismo techo. En este sentido, aunque en algunas unidades convivenciales puede llegar a instalarse una dinámica de violencia crónica y multi-lineal, centraremos nuestra atención, no solo en las mujeres, sino también en las que podríamos considerar las víctimas más vulnerables en este tipo de escenarios, es decir, los menores y las personas de avanzada edad dependientes.

En lo que concierne a la violencia ejercida contra estos dos colectivos, encontramos una realidad cuya denuncia es inaplazable: la invisibilidad. Sí bien es cierto que en el caso de la violencia contra la mujer existe una inaceptable cifra negra, debemos admitir que se trata de un fenómeno que cuenta con el bienvenido altavoz del movimiento feminista. Sin embargo, los menores y las personas ancianas dependientes no tienen portavoces, ni tan siquiera “portavozas”, a pesar de que en un alto porcentaje se trata de niñas y mujeres adultas víctimas.

En lo relativo a los menores, el miedo, la sensación de culpabilidad y su corta edad inciden en esta falta de visibilidad. Por otra parte, en el caso de las personas de edad avanzada, la ausencia de registros o estimaciones reales de la dimensión del maltrato, así como la escasez de denuncias debido a la incapacidad de moverse por sí mismos y la poca credibilidad que se les otorga, ha permitido que este fenómeno sea prácticamente invisible. Uno de los factores que explica el maltrato hacia las personas ancianas tiene que ver con nuestra propia cultura, en la que se ha consolidado una representación social de la ancianidad próxima a lo inservible e inútil. Las personas ancianas son percibidas como una carga, por lo que no es de extrañar que el tipo más frecuente de maltrato sea el abandono y la falta de cuidados. El hecho de que, en estos momentos, algunos medios de comunicación nos inviten al optimismo y a respirar tranquilos tras constatar que son nuestros mayores las principales víctimas del coronavirus, debemos enmarcarlo en esta perversa actitud hacia la “tercera edad”.

Sea como fuere, las evidencias empíricas sobre los factores de riesgo que hacen más probable que un varón se convierta en un maltratador han sido ampliamente puestas en evidencia por la literatura especializada. Es más extraño encontrar estudios sobre los factores de riesgo para que una mujer se convierta en víctima porque, en el contexto de la demoledora corrección política, se ha instalado la idea de que la divulgación de dichos factores de riesgo constituye una especie de “justificación” de la conducta del maltratador. El argumento es absolutamente nefasto y entorpece enormemente el diseño de políticas de prevención eficaces. En este sentido, por ejemplo, un trabajo de Muller y colaboradores (2004)[1] sostiene que aquellas mujeres que, cuando eran niñas, sufrieron violencia por parte de su padre y/o su madre, ya sea con frecuencia u ocasionalmente, tenían tres veces más probabilidades que otras mujeres de ser víctimas de violencia por parte de su pareja en la edad adulta. En este estudio, el nivel educativo o el estado social no influyeron en este resultado.

 

 

Otro bloque de factores de riesgo poco estudiado está relacionado con el contexto y el espacio físico. Efectivamente, una alta densidad ocupacional de la vivienda genera estrés y facilita la tensión en las interacciones cotidianas. De esta forma, un periodo más o menos prolongado de confinamiento forzoso como consecuencia del estado de alerta que se ha decretado en España, va a poner las cosas muy difíciles a aquellas personas que padezcan unas inadecuadas condiciones de habitabilidad de la vivienda, tales como cantidad de espacio disponible, privacidad, contaminación acústica o temperaturas extremas [2]. Si en estos hogares, además, se dan antecedentes de abusos, amenazas, sexo no consentido o consumo excesivo de alcohol, la bomba de relojería está servida. Estaría bien que, en vez de increpar a los runners durante este periodo de alerta, estemos más pendientes de detectar posibles episodios de violencia intrafamiliar. Lamentablemente, es esperable un aumento de su incidencia en el actual contexto de emergencia sanitaria.

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, Laura. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Síntesis

[1] Müller U, Schröttle M. (2004). Lebenssituationen, Sicherheit und Gesundheit von Frauen in Deutschland. Eine repräsentative Untersuchung zur Gewalt gegen Frauen in Deutschland. Zusammenfassung zentraler Studienergebnisse. Berlin: Bundesministerium für Familie, Senioren, Frauen und Jugend (BMFSFJ, Hrg.).

[2] Corral-Verdugo, V., Frías-Armenta, M., & González-Lomeli, D. (2010). Environmental factors in housing habitability as determinants of family violence. In M. Frías-Armenta & V. Corral-Verdugo (Eds.), Psychology of emotions, motivations and actions. Bio-psycho-social perspectives on interpersonal violence (p. 125–142). Nova Science Publishers.

El análisis de la vivienda como estrategia de perfilado criminal indirecto: Una perspectiva psicoambiental

Dr. César San Juan. Prof. de Psicología Criminal de la UPV/EHU

El perfilado criminal consiste en predecir las características de personalidad más relevantes de un delincuente desconocido a partir de las “huellas comportamentales” que vemos reflejadas en la escena del crimen. Las técnicas empleadas para este fin suelen clasificarse en: el perfilado deductivo, el inductivo, el análisis geográfico y, finalmente, el denominado perfilado indirecto[1]. El problema de esta clasificación es que alberga categorías redundantes. En sentido estricto todo el perfilado criminal es indirecto ya que las características del perpetrador desconocido de un crimen no las vamos a poder obtener aplicándole un test de personalidad, precisamente debido al hecho de que se trata de un individuo desconocido para los investigadores. La aplicación de una batería de test de personalidad a un sospechoso conocido sería la única forma “directa” de perfilado criminal. Por otra parte, el perfilado geográfico siempre debe estar basado en técnicas estadísticas, por lo que debemos asimilarlo necesariamente al enfoque inductivo.

Dicho esto, no tenemos más remedio que concluir que el perfilado criminal es siempre indirecto, – salvo en el caso de que el individuo que precisa de evaluación colabore y se ponga a total disposición del evaluador, – y puede ser desarrollado mediante dos técnicas genéricas compatibles entre sí, a saber:

  1. la deductiva, a partir del análisis de la escena del crimen que, en nuestro contexto, tiene su más sobresaliente exponente en el método VERA, diseñado por Juan Enrique Soto[2]
  2. y la inductiva, a partir de la identificación de correlaciones significativas entre las características del caso objeto de estudio y la muestra disponible de eventos delictivos registrados previamente. Es un enfoque cuyo método estadístico más prototípico podría ser el Smallest Space Analysis. Para el análisis geográfico son empleados habitualmente programas GIS (Sistemas de Información Geográfica como por ejemplo Crime Stat, ArcGIS, o software libres como QGis)

Si no tenemos sospechoso a quien aplicar nuestro protocolo psicológico de análisis de la personalidad, estas técnicas constituyen necesariamente la casilla de salida de la investigación policial. No obstante, en una fase posterior, puede darse la circunstancia de que, por ejemplo, tras una serie de agresiones sexuales y, gracias al análisis geográfico, identifiquemos una zona residencial donde vive, precisamente, un individuo con antecedentes de este delito. Tras proceder a su detención como sospechoso sería conveniente recabar información adicional sobre él con el fin de preparar adecuadamente el interrogatorio, pero no nos interesa aplicarle un test de personalidad. También puede ocurrir que sobrevenga la necesidad de llevar a cabo un perfil criminal en situaciones especiales en las que sí conocemos al individuo objeto de nuestro análisis, pero tampoco es viable la aplicación de un protocolo de análisis directo de personalidad, como puede ser en el contexto de una negociación de rehenes o en las autopsias psicológicas. Para este tipo de casos que acabamos de detallar, Halty, Gonzalez y Sotoca (2017) proponen su protocolo encuist como modelo parsimonioso de evaluación de la personalidad, inspirado en la teoría de rasgos, con el fin de facilitar la técnica de perfilado indirecto. Está estructurado en los siguientes parámetros: extroversión/búsqueda de sensaciones, neuroticismo (ansiedad, ira y asco), insensibilidad emocional, impulsividad/agresividad y necesidad de cognición.

En este contexto de perfilado criminal en el que conocemos a la persona objeto de nuestra evaluación, pero no procede o es inviable la aplicación directa de un test de personalidad, dispondríamos de un recurso adicional muy conocido en el ámbito de la psicología ambiental: el análisis de la vivienda. Efectivamente, nuestro hogar, más allá de un espacio físico donde guarecernos y cocinar alimentos, es un espacio estrechamente vinculado a nuestra identidad, a nuestras reglas sociales y a nuestras relaciones interpersonales. Desde este punto de vista, no resultaría descabellado inferir el perfil de la personalidad de un individuo mediante el análisis de su vivienda, su dormitorio, su cocina y, en fin, de la disposición y características de los objetos que su ocupante ha acumulado a lo largo de un determinado periodo de su existencia. Además, por supuesto, nos permitiría obtener una gran cantidad de información sobre sus aficiones, gustos musicales o literarios y, eventualmente, sus perversiones más o menos ocultas. De hecho, una investigación de Pérez López (2011) vincula precisamente algunas características de los dormitorios con los factores de los Cinco Grandes, de tal forma que podríamos encontrar interesantes sinergias con el modelo encuist, citado anteriormente. En cierto modo, además, los ocupantes de un espacio actúan activamente sobre el mismo como una forma de presentarse ante el mundo. Es decir, la manipulación de los espacios personales no tiene una mera función decorativa para satisfacer la experiencia estética de su ocupante, sino que es un mensaje sobre su estatus, valores e ideales. En esta línea, en un estudio de Amaturo, Costagliola Y Ragone (1987) se observó que los residentes con altos ingresos, pero con bajos niveles de educación adoptaban un patrón de personalización del espacio basado en el valor de los objetos, más que en su funcionalidad. Por su parte, en un trabajo de 2009 Aragonés y Pérez-López relacionaron diferentes categorías de estilos de vida y sentimientos con la decoración de los dormitorios de una muestra de estudiantes universitarios.

 

Mina Murray en la película Drácula (F.F. Coppola)

 

Aunque es evidente que la aplicación la Psicología Ambiental en este ámbito concreto de la investigación criminal necesita mucha más evidencia empírica, la práctica de evaluar a los individuos examinando sus entornos no es nueva. De hecho, en mayo de 1942, la Oficina de Servicios Estratégicos (predecesora de los que es hoy la CIA) inició un programa de reclutamiento de espías en el que una de las pruebas de selección fue el “test de pertenencias” mediante la cual los candidatos debían describir a otros individuos únicamente analizando sus dormitorios y las pertenencias que en ellos encontraban (MacKinnon, 1977)[3]. En definitiva, se puede aprender mucho sobre las personas a partir de los espacios en los que habitan, incluidos los delincuentes.

 

 

Para saber más: San Juan, C. & Vozmediano, Laura. (2018). Psicología Criminal. Madrid: Síntesis

P.D. Debe usarse siempre el concepto “perfilado” (criminal). “Perfilación”, mala traducción de “profiling” y “perfilamiento”, son palabros no contemplados en nuestro idioma.

[1] Gimenez-Salinas, A. y González Álvarez, J.L. (2015). Investigación criminal: principios, técnicas y aplicaciones. Madrid: LID.

[2] Soto Castro, J.E. (2014). Manual de investigación psicológica del delito: El método VERA. Madrid: Pirámide.

[3] MacKinnon, D.W. (1977). From selecting spies to selecting managers: The OSS selection program. In J.L. Moses & W.C. Byham (Eds.), Applying the assessment center method. New York: Pergamon Press, pp.13–30.